Deformación, un oficio vil
martes 09 de noviembre de 2010, 16:16h
Actualizado: 26 de noviembre de 2010, 21:49h
Es increíble la manera en que ciertos medios de comunicación, por mostrarse infalibles, dueños del acceso a fuentes confiables y muy importantes del país, pero anónimas o que prefieren que su nombre no aparezca, deforman la realidad.
Y es igual de sorprendente que, aun sin proponérselo, utilicen recursos condenados por la historia, como el de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nazi, para desnaturalizar, según el tristemente célebre funcionario, las falacias del pueblo judío: “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Lo hacen, en el caso que hoy nos ocupa, para minimizar el trabajo de los diarios públicos PP, el verdadero y El Telégrafo, medios a los que muestran como devastados por las pérdidas acumuladas, mala gestión en la distribución y rechazo del público luego de la euforia inicial. También les preocupa que únicamente vaya inserta en sus páginas la publicidad oficial. Pero lo que en realidad no dicen porque les quita el sueño, es que este importante rubro haya dejado de ir a sus arcas –las de los dueños- y constituya una línea en rojo en los balances de pérdidas y ganancias de sus empresas. Además de que la libre competencia pregonada por sus escribanos les molesta, por la misma razón de que el público escoge lo que quiere leer y no la desinformación sobre un régimen que, evidentemente les disgusta y les perturba porque está decidido a poner orden donde antes había una farra interminable con los recursos del Estado.
Constituiría un acto de contrición digno de aplaudir que, así como imaginan lo que no ocurre, ordenen a sus reporteros que vayan al lugar en el que se construye la nueva planta de los periódicos -avenida Carlos Julio Arosemena- y constaten los avances de la obra que estará terminada en diciembre. Sería bueno que también pregunten sobre los niveles de eficiencia que manejan nuestras redacciones; cuando lo sepan entenderán las razones de los despidos.
Ah, no olviden averiguar con los distribuidores y canillitas del país cuántos ejemplares de la competencia venden diariamente frente a los del PP y El Telégrafo, para que adivinen quién camina por el borde del precipicio.