Estos días en los que tanto se habla del poder de la tecnología para ayudar a efectuar profundos cambios en la sociedad, una auténtica revolución surge desde la comunidad educativa, una comunidad injustamente perjudicada por la crisis con recortes económicos que repercuten en la calidad de la educación de los niños y los jóvenes. Cuando los datos nos hablan de una tasa de fracaso escolar alarmante y los profesores, con más ánimo que presupuesto, utilizan las redes, los blogs y las wikis para colaborar, compartir, e intentar que esta auténtica revolución se lleve a cabo con eficacia y rigor sabiendo que la educación es el mayor legado que uno puede ofrecer a la sociedad, otras batallas por el negocio, más silenciosas, se libran entre empresas tecnológicas.
La tecnología no es buena en sí misma, todos lo sabemos, como también sabemos que una buena utilización de ella ayuda mucho a la educación, la enseñanza. El desarrollo de las Tic es indispensable e inevitable, y por ello es necesario que se introduzcan en las aulas con rigor, y que se tutele el cambio desde la administración, que se escuche a los profesores, a los colegios. Otra revolución, más silenciosa, se libra entre compañías tecnológicas por acceder a lo que ven como un claro negocio: la educación de nuestros más jóvenes. Habrá que buscar con ecuanimidad las mejores herramientas, que no siempre tendrán que ser las más caras porque el futuro de las nuevas generaciones está en juego; la tecnología debe servir para aprender más y mejor, para aplicar nuevos métodos consensuados y que no hagan del niño tan sólo un consumidor de aparatos tecnológicos. Los contenidos siguen siendo lo más importante. Nadie quiere una sociedad hiperconectada pero alejada de los contenidos. Las humanidades deben ser potenciadas gracias a la tecnología y no siempre ocurre. Habrá que estar muy atentos a esta revolución en las aulas y desear que se haga con rigor, más allá de batallas tecnológicas.