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Cuestión de desconfianza

Cuestión de desconfianza

miércoles 30 de marzo de 2011, 22:06h
Actualizado: 31 de marzo de 2011, 00:36h
Hay ilustres miembros de la clase política que confunden salir elegidos en unos comicios con el arte de gobernar. Consideran que su constante exposición pública a través de inauguraciones, primeras piedras, abrazos a venerables ancianos y discursos de palabras huecas son suficientes para perpetuarse en el poder. Su conducta se complementa a menudo con un continuo menosprecio a la oposición. Hace unos días en una tertulia radiofónica vespertina un político se atrevió a manifestar que los que no piensan como él a veces no solo tienen razón sino, incluso, algunas ideas aceptables. A sus compañeros de micrófono por poco les da un síncope ante la sorpresa de esta insólita revelación. Los políticos temen aquellas situaciones que soportan a duras penas la demagogia y son comprendidas con claridad por la ciudadanía. Un ejemplo regional es el futuro del condado de Treviño. PP y PSOE piensan de la misma forma. En Castilla y León creen que debe permanecer en la región y en Álava, que debe integrarse en este territorio histórico. Pero es mejor dejarlo pasar. Si se analiza sin pasión alguna, no es un tema trascendental  y probablemente en privado (eufemismo para designar el lugar que utilizan los políticos para hablar con sinceridad), todos, empezando por los propios treviñeses, se manifiestan a favor de pertenecer a Euskadi, aunque no sea más que por razones de operatividad. El problema está en que nadie quiere pasar a la historia por permitir que este enclave encaje en su demarcación geográfica natural. No hay más historias. Me temo que ahora nos encontramos ante una cuestión de mayor calado y que supone una patata caliente para la clase dirigente. Me refiero a Sortu. Es evidente que la creciente debilidad de ETA se debe a una política antiterrorista desarrollada a lo largo de todos estos años. Por consiguiente, sus frutos nos ofrecen un panorama social y político que ha empezado a cambiar como ya se percibe en el País Vasco y en el resto de España. Despachar el asunto de Sortu con el razonamiento de que “son los mismos de Batasuna” solo es un concepto manido porque si no fueran prácticamente los mismos no existiría debate alguno. Y si fueran otros no estaríamos hablando de Sortu. Y no existiría debate alguno.   Una de las recomendaciones más recurrentes de los gobiernos ha consistido en instar a los  violentos a que defiendan sus ideas a través de las vías democráticas. Posiblemente sea demasiado pronto para la legalización de Sortu y haya que esperar a que ETA deje las armas. La sentencia del Tribunal Supremo sobre esta formación  ha sido muy ajustada y se parece mucho a una cuestión de desconfianza, pero la clase política debe prepararse para un futuro sin el paraguas de los tribunales. Es difícil predecir el momento en que la normalidad política  incluirá inevitablemente pretensiones de autodeterminación planteadas en un marco legal. En ese momento ya  no valdrán  las decisiones adoptadas en clave electoral. Será necesario gobernar y acreditarlo, en este tema y en muchos otros, con el sello de la calidad y la coherencia de los gobernantes. Carlos Roldán. Periodista.
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