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MODAS INFAMESEntre la OJE y la mili

lunes 11 de abril de 2011, 08:05h
Actualizado: 11 de abril de 2011, 08:12h
Para general conocimiento  de futuros  historiadores  y nostálgicos  vocacionales, sépase que  en España, y  hasta  2001,  todos  los jóvenes     sin defecto físico  o psíquico  que lo impidiese,  cuando cumplían los 21 años eran   reclutados   obligatoriamente para  formarse en el Ejército y “servir a la patria”. 10 años después,  en 2011, a aquel  Ejército, cuyo sistema   llevaba ya más de 200 años  vigente,  no lo conoce  “ni la madre que lo  parió” –como  dijo en otro momento histórico, tras la llegada  de Felipe González a la presidencia del gobierno  de la nación, su  segundo de a bordo, Alfonso Guerra-. Lo curioso  es que   tan drástica reforma  no  la realizó  un gobierno socialista  sino –ni más ni menos-  otro de signo contrario, capitaneado  por  José María Aznar, pocos meses después de su  llegada  al poder. A quien esto suscribe  le hubiera  tocado   integrarse en las filas  del  glorioso  Ejército español  unos meses después de la muerte del general Franco y, si   toca ser sincero, nunca  me alegré tanto  en mi vida  de  tener  más de 20 dioptrías  en cada ojo  y  exhibirlas  sin  excesivos complejos   el día  que  fui llamado  a reconocimiento médico  a las  instalaciones  que  el  Ejército  tenía  en  el madrileño  Hospital Gómez Ulla. Desde esa fecha  supe   de mi inutilidad  oficialmente. Tan claro  y  patente  sentimiento antimilitarista  -puedo decirlo  ahora, con la  perspectiva  de  los más de  tres  decenios transcurridos- se forjó  en mi más tierna infancia, como dicen  los  autores cursis de todas las épocas. Y es que, sin ser nada consciente de lo que  eso implicaba, cuando  apenas  contaba con 10 y 11 años, asistí - como buena parte  de  los  niños  de mi  edad  de pueblos   y ciudades- , durante dos veranos consecutivos,  a esa especie  de rito  generalizado  entre los infantes de la época franquista, una vez   que  terminaban el curso académico. Me refiero a  la  asistencia a  los  campamentos de la  OJE (Organización Juvenil  Española). Aquella  organización custodia de los  más  genuinos valores  patrios,en su origen,  que  acabó por  constituir  prácticamente  la única vía  de  escape  para   que  los padres de clase media  o media baja -como  eran los míos-  pudieran  pasar unos días  de cierta paz familiar,  y volver  después a acoger  de nuevo a sus hijos con   renovado afán  paternal  de  cuidados y  ambiente familiares. Todos iguales Si la  famosa  “mili”  constituía  un antes y un después en la  -al parecer- monótona y aburrida  vida de los jóvenes  de los años 70, 80 y  90 del pasado siglo, el paso por los campamentos  de la OJE tampoco le  andaba a la zaga en el terreno del anecdotario, las amistades  intensa y   frenéticamente  trabadas  entre niños  que se encontraban  en la franja de los 10 y los 13 años, si mal no recuerdo.  Como en la mili, aquellos  niños  no nos salvábamos  de   someternos  a una buena  rapada de pelo,  ir  uniformados,    darnos  unos buenos  madrugones durante las 3 semanas  del campamento,   hacer  las guardias  supervisados por los llamados  jefes de centuria, los pases de lista, o de la realización de una especie de módulos  de formación  acelerada en campos tan diversos como las primeras nociones de supervivencia, la  realización de  nudos marineros, el  balonmano,  el voleibol  o  la  redacción… (sí, también   la redacción, como lo oyen…). Consideradas  así, en perspectiva, unas y otras experiencias tenían bastante en común porque posibilitaban,  voluntariamente en el primer caso, y obligada  en el de la mili, a que niños y jóvenes   saliesen de su entorno  y conociesen   chicos de su misma edad  provenientes de toda España  que, al menos por unos días,  no estaban marcados por su origen, condición social  o posibilidades económicas. En  una palabra, que   eran iguales  en la  aventura vital   que tenían que pasar  durante unas semanas  -los niños- o varios meses -los mozos-. Mujeres Había, sin embargo,  en aquella  mili  un  aspecto, una  carencia  más que notoria  que este   renovado  Ejército profesional  ha conseguido   introducir  como  algo   tan  absolutamente    normal  como  necesario: La presencia en sus filas   de la mujer, el  otro  50 por ciento  de la población. Aunque, con los datos en la mano,  la mujer  supone  hoy  solo algo más del 12% de la plantilla que integra el  profesionalizado  Ejército español (17.759 oficiales, 28.680 suboficiales y 82.875 soldados y marineros) y estas cifras    nos  obligan  a recorrer  todavía un largo  pero necesario camino para   aumentar  el peso de la presencia femenina  en el  Ejército hasta    llegar a constituir algo más de  la  mitad. Entonces sí,  nuestro  Ejército  será mucho más  el  reflejo   del país  a quien sirve y defiende.
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