jueves 28 de abril de 2011, 17:20h
¿Cuánto más resistirá la eurozona en medio de la desconfianza en ascenso a su deuda soberana?
Las ideas de Keynes resultaron fundamentales para emerger de la gran depresión de los años treinta del siglo pasado y todo pareció indicar que, en lo sucesivo, la economía contaría con la medicina adecuada para enfrentar las recesiones. La misma resultaba simple: incrementar el consumo mediante el aumento del gasto público. Lo que no se tomó en cuenta es que las recesiones podían presentarse acompañadas de otro mal: la deuda. Años enteros de vivir por encima de sus posibilidades, determinaron que tanto Estados Unidos como Europa y Japón acumularan una fuerte deuda pública. La combinación de ambos males pone en evidencia la fuerte crisis sistémica que hoy vive el mundo desarrollado, pues lo que cura a uno empeora al otro.
Para septiembre de 2008, en el momento álgido de la crisis financiera, la deuda pública norteamericana alcanzaba a 9,7 billones (millones de millones) de dólares, siendo el resultado de un incremento anual de 500 millardos desde el 2003. Sin embargo, en la actualidad dicha deuda se sitúa en 14,2 billones. Las tres leyes de estímulo aprobadas por el Congreso para superar la crisis en 2008 y 2009 tuvieron mucho que ver con ese incremento. Por su parte, en su obra The Frugal Superpower, Michael Mandelbaum se refiere al déficit fiscal estadounidense en los siguientes términos: "De acuerdo a los estimados de la Oficina de Presupuesto del Congreso, los déficit anuales podrán estar superando a un billón de dólares por toda una década a partir de 2009... Mientras más grande la deuda mayor el costo de su servicio. Ese costo alcanzará al 10 por ciento del total del presupuesto federal para 2011 y 17 por ciento para el 2019" (New York, 2010). No en balde la capacidad para pagar esta deuda comienza a ser puesta en duda.
La situación europea es más grave. Grecia, Irlanda y Portugal se encargaron de recordarles a los mercados financieros que no sólo los bancos sino también los países pueden quebrar. Ello desató una espiral de temor con respecto a la solvencia de la hilera de dominó europea, en donde buena parte de sus integrantes evidencia importantes déficit estructurales y acumula una fuerte deuda pública. De la desconfianza a las instituciones financieras se pasó a la de los Estados, sólo que ya no a los del mundo en desarrollo como en el pasado, sino a los del Primer Mundo. Incluso la poderosa Alemania, la locomotora de Europa, tendrá para 2012 una deuda pública equivalente al 82% de su PIB, mientras que la segunda economía de la eurozona, Francia, superará para ese año la marca del 100% de su PIB, según refirió la ODCE en marzo (DPA, 22 marzo, 2011). ¿Cuánto más resistirá la eurozona en medio de la desconfianza en ascenso a su deuda soberana? Por su lado Japón, sometido al rigor de las dos "d", deuda y deflación, es un ejemplo aún más palpable de crisis sistémica. Antes de la tríada terremoto, tsunami y Fukushima, la ODCE estimaba que su deuda pública alcanzaría al 210% de su PIB en 2012 (DPA, 22 marzo, 2011).
La confluencia entre una recuperación económica anémica y la desconfianza en la capacidad de pago de su deuda, no augura nada bueno para el hemisferio norte y, por extensión, para la economía mundial.
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