DonHostia, San Sebastián
jueves 30 de junio de 2011, 09:31h
La elección de Donosti como Capital Cultural Europea no respalda los valores intemporales de una ciudad espléndida, de indiscutibles e internacionalmente conocidos méritos y de numerosos recursos derivados de su renta per cápita, su privilegiado encaje geográfico y su pertenencia a una comunidad que ha hecho de la identidad una rentable herramienta de insolidaridad fiscal con el resto del país.
Sólo por eso, el conservador jurado debiera haber gastado el cartucho promocional en designar a cualquier otra, si de verdad el fin del invento fuera integrar en el espacio cultural colectivo aquellos bienes de indudable trascendencia pero escasa difusión que al ser señalados logran y producen un beneficio objetivo: de un lado, quedan protegidas al ser expuestas, obligando a las autoridades estatales y europeas a invertir y tutelar su supervivencia física y anímica; de otro, desvelan a la ciudadanía una miríada de tesoros, latidos y virtudes que hasta entonces le pasaban desapercibidos.
Por utilizar un símil cinematográfico, la Academia de Hollywood puede y debe premiar a ‘Titanic’ por su indudable contribución al mantenimiento de un negocio industrial; pero el Festival de Cine de San Sebastián siempre debiera reservar su Concha para una de esas películas menores que, de otro modo, jamás llegarían a las pantallas: un recorrido por el palmarés reciente del certamen donostiarra permite confirmar esta tesis, presente en los galardones a ignotas películas de origen turco, iraní, chino, checo, alemán o argentino.
Europa, o más en concreto el Gobierno de España como promotor directo de 6 de los 13 miembros del jurado, se ha decantado ya de entrada por premiar lo que ya estaba premiado, empobreciendo de paso el ecosistema cultural español al desechar la estupenda posibilidad de presentar al mundo a ciudades como Segovia, Zaragoza, Burgos o la propia Alcalá, echada de la liza a las primeras de cambio en otro alarde de incultura politizada.
Si desde un punto intelectual la elección de San Sebastián es un estropicio, desde otro político –que es el que ha pesado de verdad- es un bochorno: como Donosti ya existía y su prestigio estaba bien consolidado por las razones ya explicadas; lo que realmente se ha hecho es dar un espaldarazo a su nuevo gobierno, encabezado por el delegado de Bildu, Juan Carlos Izagirre, como extensión de una estrategia que permitió a esta coalición nada heterogénea de siglas presentarse a las Elecciones Municipales con ETA dormida pero no disuelta y el Supremo y la Policía insistiendo en el carácter estrictamente táctico de la tregua: si hay que matarles, que sea a besos, en la idea de que así asumirán las bondades del amor frente a la guerra.
Vuelven a olvidar estos relativistas de la ética la exigencia elemental de que, en cuestión de principios, no debe haber atajos: el juego de la democracia impone unas reglas públicas conocidas e iguales para todos, y su inobservancia prolongada no obliga al Estado de Derecho a enfriarlas ni a aceptar las presiones de nadie que, en realidad, se expulsa a sí mismo.
Como tampoco la búsqueda de la paz y la ausencia de violencia merecen pagar cualquier precio: no sólo no se lo merecen los mil muertos del terrorismo, cuyo martirio sólo se justifica en la vigencia innegociable de los valores por los que dieron la vida; tampoco es bueno para un Estado de Derecho sólido rebajar sus peajes ante quienes no van a cambiar de objetivo político y no pueden convertir la violencia en un argumento de negociación.
Hay, finalmente, una razón estética nada baladí, pues la liturgia y las formas no son la bisutería de la democracia, sino su primer mensaje pedagógico: no se puede entregar la representación de España a quien legítimamente reniega de España y rechaza todos sus símbolos; como no se puede entregar la bandera de la paz y la ciudadanía –supuestos motores de la candidatura- a una ciudad que hace dos meses votó mayoritariamente a un candidato capaz de sostener que una pancarta con el lema “ETA no” carece de sentido y hace dos semanas no fue capaz de imponer un acuerdo al resto de fuerzas para evitar el acceso a la alcaldía de semejante lumbrera ética.
La equidistancia sirve sólo para medir la resistencia de ciclistas como Bahamontes, quien en su campechanía respondió así a la pregunta de si prefería subir puertos o bajarlos: “Me es equidistante”, cuentan que contó contando y cantando entre jadeos. En casi todo lo demás, es mero eufemismo que intenta maquillar una actitud, una posición o una opinión favorable a algo no del todo decoroso, dignificado desde ese momento a ojos vista del receptor.
Quienes tienen un problema, y ya está bien de no decirlo en voz alta; son los vascos en su conjunto, y en este caso más en concreto los donostiarras; al callar o aceptar o convivir o permitir que su potencial, su cultura, sus esperanzas y sus sentimientos estén condicionados y representados siempre por una visión de la vida que oscila entre la ilegimitidad –cuando no mata- y la ilegalidad, cuando recurre al delito; pero nunca es tolerable: una cosa es aceptar la existencia de casi cualquier idea e incluso reconocer la posibilidad de que se imponga utilizando los mecanismos constitucionales; y otra bien distinta desechar el combate que reclama.
En este caso, se renuncia a una pugna intelectual, cultural y política contra el independentismo y, además, se paga un precio vergonzante y legitimador de ese sinsentido a cambio de que no nos maten. Señalar a la Donosti de Bildu, y ahora lo es por mucho elorzismo que haya en su expediente, como referente de la “Cultura de la convivencia” y reconocer su autoridad para organizar un “Encuentro Internacional de las comisiones de la Verdad, Justicia y Reconociliación” es tan vergonzoso como situar en Srebenica la capital europea de los Derechos Humanos sin haber juzgado primero a Mladic.
En Donosti, Miguel Ángel Blanco no tiene una calle. DonHostias.
Posdata. Un paraguas en la acera. Era el cadáver de José Luis López de la Calle. Me pilló en Donostia, y en la Parte Vieja no pararon de comerse pintxos ni de beberse txacolí. Los ciclistas paseaban mirando al monte Igueldo, y los pescadores dominicales buscaban doradas en la Concha ensartando lombrices en el anzuelo. Nada cambió, aunque a mí el cielo me parecía parado. Una semana después, 40 directores de periódicos fuimos al Kursaal a leer una carta de denuncia yresistencia cívica. Y allí entramos escoltados. Nunca he vuelto. Y no quiero volver. Creo que estaría muy bien que la izquierda, que Iñaki Gabilondo y que tanto vasco de bien dijeran estas cosas: sólo parecen de extrema derecha por su silencio, aunque sea bienintencionado.