martes 12 de julio de 2011, 18:24h
Comunicativo y eficaz para sus adictos estuvo Rubalcaba en su discurso de “antes y después”, como sentenció Zapatero. Pero no pudo evitar que su mensaje tuiviera más tono de testamento que de propuesta. Con pésimas expectativas electorales –“La derrota no está escrita de antemano”- como otros políticos en trance de fin de ciclo, Rubalcaba disimuló las insuficiencias y errores del pasado y lanzó esperanzas para una futura izquierda, ofreciéndose como fuente hacia una nueva generación y no como meta. Un “Puente sobre el río Kwai” para demostrar al adversario que es capaz de mantener prietas las filas aunque su esfuerzo solo sirva para facilitar el paso del enemigo.
Como en todo testamento político hubo sentimientos pacíficos de indefinida concordia, como preferir el pacto a la confrontación. Pero no refiriéndose a esos acuerdos entre poder y oposición para afrontar la crisis que tanto echaron de menos los españoles durante años, sino tratando de justificar las negociaciones con ETA y las concesiones a los nacionalismos centrífugos y, quizá, su pasividad en sus últimos meses como ministro del Interior. Manifestó propósitos de austeridad y anticorrupción, pero sin aludir a los males presentes sino a un mañana utópico, “maañana” indefinido de un humorista de la televisión.
Como quien lega una herencia en precario no dedicó una sola palabra a la regeneración del edificio del Estado, dañado y debilitado por los gobiernos del que formó parte relevante, presentándolo como si se tratase de un patrimonio libre de cargas y averías. No se confesó consciente ni responsable de dichas cargas y averías sino que, como engañoso testamentario político, las dejó en manos de los herederos o de los bancos, con el presentimiento de que no va a ser el mismo el llamado a corregir la bancarrota económica.
En la conferencia de prensa de su último consejo de ministros, dijo, o se le escapó, que dimitió para dedicarse a preparar las elecciones “del año que viene”. Pero da la impresión de que lo único que va a preparar son las claúsulas y codicilos testamentarios que estorben todo lo posible a quienes puedan ganarlas y hacerse cargo de una herencia negativa. Los últimos taconeos del zapaterato contradicen las piruetas izquierdistas de la danza rubalcabiana y el testador presiente que no podrá heredarse a sí mismo. Solo le queda hacer más difícil y enrevesada la herencia a quien corresponda asumirla y a la vez, complicar el futuro de su propio partido.