No me gusta, pero me quedo
lunes 18 de julio de 2011, 23:10h
Actualizado: 19 de julio de 2011, 00:03h
Justo en estos días, en los que en algún momento me he planteado deshacer el camino y salir corriendo de aquí, alguien hacía el recorrido contrario y se acercaba a estas tierras, después de muchos años, a reencontrarse con sus raíces.
Su viaje interior ha iluminado también el mío y por eso les cuento algo que en otro momento hubiera sido sólo una tarde de verano más, en un pueblo como otros tantos, con una conferencia como otras muchas sobre qué bonito es venir a hablar de vivir donde no vivimos, en otra semana cultural más, en otro pequeño pueblo de Castilla o de León que aprovecha también este tiempo para entretener a los ‘turistas’ de su interior y para desperezarse del abandono.
Les cuento. El pueblo es San Cebrián de Castro, en Zamora, por donde nunca había pasado en los veintisiete años que llevo vividos aquí y eso que mi vida fue otra el día que descubrí que otro pueblo, muy cerca de allí, Cañizo de Campos, estaba en el mapa. El caso es que por esas cosas de la vida (gracias Rafa por haberme descubierto la Asociación de Castrotorafe y a la ‘hermandad’ de zamoranos por acogerme en su mesa) fui allí a escuchar al periodista de RNE, Carlos Santos, cómo recordaba sus primeros años de vida antes de dejar atrás para siempre eso que ahora es Castilla y León.
Con Carlos coincidí en la Facultad en Barcelona, otra de las etapas de su vida, que con Almería, Madrid o la Extremadura que ahora lleva en el corazón, le han convertido en ese ‘español mil leches’ del que presume y que yo comparto, aunque mi camino haya sido el contrario al suyo. Mis primeros pasos en Vitoria, Pamplona y Sevilla, continuaron en la Barcelona que compartimos en la juventud y a mí luego me trajeron a las tierras que él con diez años dejó atrás.
“Yo nací en un pueblo castellano, aunque luego me llaman a la emisora y me dicen que no, que es leonés, nos contó Carlos en su conferencia en el salón social de San Cebrián, y al final soy de Almería. Soy de un pueblo, pero me alegro de no tenerle manía al pueblo de al lado, porque en la vida, como en la política, hay mucha tribu y mucho Caín”. Su relato, después de desgranar sus recuerdos de niño ante un auditorio entregado que le coreaba las coplillas de los juegos de infancia, fue sobre todo un canto al futuro a pesar de este presente tan complicado: “Se acabó la burbuja inmobiliaria y ¿qué nos queda? Nos queda la tierra. Estos tiempos de crisis son un buen momento para volver a mirar a la tierra. Es una de las pocas esperanzas de futuro que nos queda”. De volver al pueblo, habló Carlos, convencido del futuro del “turismo natural” y de los “productos agroalimentarios tradicionales”. Y profundizó más, y reivindicó el regreso a esas raíces que hacen que un árbol crezca bien de verdad. Una recuperación de la honradez, de la imaginación, de la resistencia porque son tiempos de dificultades, nos dijo, y porque “se trata de aguantar, sí, pero de tragar lo justo”. Porque, como dicen aquellos, ‘no hay pan para tanto chorizo’ y menos cuando no hablamos de ese chorizo bueno, como el de las matanzas de San Cebrián que nuestro amigo recordó, reivindicó y disfrutamos juntos.
Así que tomo nota. Si hay que aguantar, se aguanta y volveré a creer que este es mi pueblo, aunque algunos se empeñen en demostrarme día a día lo contrario. Aunque nuestros hijos tengan que salir fuera para no perder sus raíces y aunque parezca dominar la miseria del miedo. Pero aviso a navegantes, voy a tragar lo justo. Gracias Carlos, porque en la tierra de la que tú hablas sí que me gusta y me quedo.
Carmen Domínguez. Periodista.