martes 26 de julio de 2011, 06:53h
Un escenario polarizado, intolerante, atrasado, esclerótico –donde la intelectualidad del poder pareciera haberse congelado hace más de medio siglo- pretende obsesivamente tensionar la convivencia. Un público plural, tolerante, moderno, interactivo, horizontal en las relaciones, celoso defensor de su derecho de identidad tanto como del derecho de los demás a tener –y ser respetado- en la propia, manda mensajes cada vez que puede.
Como en los comicios de Buenos Aires y de Santa Fe.
Las buenas perfomances electorales de Macri y el Pro, al igual que Bonfatti y el propio Del Sel, no se deben al contenido de sus propuestas. O al menos, no principalmente a ellas. Trascendieron ideologías. Sin embargo, las une su estilo, su insistencia en reclamar la instalación de otro comportamiento político, imprescindible para vincular nuestro futuro al del mundo en cambio.
En esas opciones confluyen antiguos votantes radicales –los más, que recelan del vetusto ideologismo de algunas de sus dirigencias-, muchos peronistas, socialistas y muchísimos independientes. Pero también quienes se ubicarían tanto en la izquierda como en la derecha del viejo arco ideológico. En todo caso, los candidatos han tenido la virtud de comprenderlos y contenerlos con sus mensajes electorales.
Su común denominador es su mirada adelante, su ansia por levantar anclas, por conducir mirando por el parabrisas y no al espejo retrovisor. Y su disposición a tener la mente abierta para intentar comprender al otro, rompiendo tabiques que dividen en lugar del puño cerrado para aplastar al contrario. A diferencia del relato K, responden al “estilo de época” predominante en el mundo.
Interpretar el momento político desde la perspectiva del estilo permite la coherencia que no surge si le aplicamos el lente de las ideologías. Hay “derechistas” e “izquierdistas” en ambos relatos. Se hace más difícil encontrar superposiciones de estilos. Sumisión republicana, derechos de las personas, ciudadanía plena, son la contracara casi exacta de supremacía autoritaria, ciudadanos sin derechos, clientelismo.
Es de esperar que este mensaje sea receptado por las dirigencias que competirán a partir del 14 de agosto. Nuestro país tiene un mundo por ganar. Pero a diferencia del viejo apotegma marxista sobre el proletariado, tiene también mucho por perder. Para ganar, necesita de todos respetándose entre sí.
Y además, necesita tanto de una economía libre y pujante como de un estado de derecho democrático en condiciones de ejercer su responsabilidad de establecer reglas de juego e instituciones, aplicarlas con objetividad y garantizar la inclusión plena.
No es tan difícil. Los argentinos ya lo aprendieron. Falta que lo trasladen al escenario. La Capital fue un ejemplo. Ignorando la demonización de un adversario –realizada virtualmente por la totalidad de las nomenclaturas, arrepentidas automáticamente la noche del escrutinio- optaron, sencillamente, por expresarse con madurez. Santa Fe ha sido otro, ratificando una gestión exitosa y abriendo el camino a nuevas expresiones, superadoras ambas de la esclerosis intemperante.
A diferencia del relato K, responden al “estilo de época” predominante en el mundo, mostrando que contra todos los arcaicos intentos aislacionistas, los argentinos se sienten integrantes de pleno derecho de las corrientes culturales más avanzadas y tolerantes.
Ricardo Lafferriere