Tipómetros, formatos, JMJ y objetividad
lunes 19 de septiembre de 2011, 10:47h
Los modernos programas de edición, tanto de prensa escrita como digital, han hecho que las nuevas generaciones de periodistas en muchos casos no hayan oído hablar jamás de instrumentos que han sido imprescindibles hasta hace cuatro días en cualquier redacción o imprenta como el tipómetro o la unidad de medida llamada cícero. La primera palabra hace alusión a un instrumento de maquetación y medida absolutamente necesario para poder encajar caracteres, líneas y columnas en la caja de una página impresa, mientras que el cícero es la unidad tipográfica de medida, de casi cinco milímetros.
Utilicemos o no aquellos viejos vocablos u otros más recientes como tipo, formato o estilo, tanto en los periódicos de papel como en los digitales , sabemos perfectamente que ni la elección del término para definir algo, ni su tratamiento gráfico, ni su ubicación dentro de una página son cuestiones fortuitas o casuales, sino que obedecen a un criterio, a una valoración y a un rango de intención e importancia que quien cuida la publicación -director, editor o redactor jefe, cuando no los tres a la vez- tiene muy en cuenta antes de su aparición pública, ya sea a lomos de un papel impreso, o en forma de bites y puntos luminosos sobre una pantalla de ordenador.
Otro tanto puede decirse, por supuesto, si de lo que se trata es de dar información a través de un medio audiovisual, aunque aquí los términos relacionados con la vieja o la nueva tipografía no vienen al caso. Pero idéntica cuestión es la de su inclusión en cabecera, la extensión de la información y las imágenes o sonidos elegidos para ilustrar la información locutada. En unos y otros medios, el público consumidor de la información generada en ellos, debe saber que, como digo, nada, absolutamente nada de cuanto aparece en ellos es casual ni obedece a la suerte, a la intuición ni a la iluminación, sino que todo está profunda y conscientemente definido y elegido para cada noticia o reportaje emitidos.
JMJ
La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que la Iglesia Católica celebró a mediados del pasado mes de agosto en Madrid puede constituir un ejemplo pedagógico perfecto para su análisis en centros de enseñanza secundaria y universidades. Todo el mundo sabe que, a mediados del pasado mes de agosto, la JMJ reunió a cientos y cientos de miles de jóvenes cristianos (de millón y medio a dos millones, es la cifra más barajada) procedentes de casi 200 países de todo el mundo en la capital de España, al tiempo que un pequeño grupo de manifestantes laicos y, en muchos casos, anticristianos, constituidos por unos cuantos cientos de personas, intentaron infructuosamente desviar la atención mediática a través de la convocatoria de actos simultáneos y paralelos .
En función del medio de que se tratara o, dicho de otro modo, de la ideología que lo sustenta, titularon a toda página en portada subrayando algún aspecto de las palabras que Benedicto XVI dirigió a los jóvenes allí congregados, o la ausencia absoluta de incidentes de ningún tipo en una concentración tan masiva de chicos y chicas (en torno a 20 años de media de edad) en donde en el día de máxima afluencia, durante la espera para la celebración de la Misa de Cuatro Vientos, entre las cerca de 2000 asistencias sanitarias no hubo ni una sola por intoxicación etílica.
O, por el contrario, otros medios llamados progresistas llegaron a primar en sus portadas otras informaciones, incluida la desangelada reunión de esos cientos de laicos que protestaban por la celebración de la JMJ. Perfecto, todo es respetable pero, por favor, no enarbolando la bandera de la objetividad.