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Pudimos

Pudimos

lunes 11 de mayo de 2015, 11:20h
            El espíritu conciliador que hace posible las alternancias de gobierno, tal y como vive en la Europa de nuestros días, se basa en la compatibilidad, dentro del marco de una arquitectura de Estado sólida, de dos tendencias: Una economía de orientación socialista y una mentalidad liberal, conservadora de la identidad nacional. Acabamos de contemplar, en el Reino Unido, el triunfo claro de una de estas tendencias.
 
            En el Reino Unido, como en las demás naciones de la Unión Europea, existen otras formaciones, a izquierda y derecha, revisionistas de esta realidad y empecinadas en trastocar el marco normativo que hace estables las democracias parlamentarias. Estas fuerzas emergen cuando, al socaire de situaciones críticas o escandalosas, con la pretensión de remediar todos los vicios o deficiencias de la política con métodos elementales y sin el respaldo popular proporcionado, se jalean unas propuestas inviables de cambio radical elaboradas en sus laboratorios ideológicos. De estos proyectos, ocasionales y sucesivamente frustrados, emanan piezas menores del mosaico político que, por breve tiempo, se turnan en papeles secundarios de partidos?bisagra. Parten de la confusión que es suponer que el electorado  se apasiona por promocionar partidos cuando, lo único que le interesa a la mayoría, es elegir gobiernos.
 
             En España estamos viviendo el espectáculo de sube y baja de una formación, llamada "Podemos", cuya notoriedad no tiene más explicación que la diferencie de cualquier otra aventura comunista anterior que la circunstancia de haber lanzado oportunamente su mensaje en época de crisis económica, con episodios de desprestigio de la vida pública, y haberlo hecho a través de medios audiovisuales gustosos de encontrar en la política?espectáculo un divertimento barato para sus audiencias.
 
            Deslumbrados por la política de pantalla, sus promotores se han creído que bastaba con presentar una imagen de compañía de cómicos aficionados dispuestos a representar una versión "amateur" del musical de "Los miserables" para romper el sistema de éxito convivencial establecido por un pueblo que ya no está para añorar las armadanzas de la época de sus bisabuelos. Empezaron por dar por supuesto que ellos representaban a ese vago concepto que llaman "la gente". Tuvieron su primer banco de pruebas en Andalucía, con un gobierno socialista cubierto de lodo y una querencia izquierdista añeja y, a pesar de tan peculiar ambiente, comprobaron que solo lograban ser una tercería sin peso suficiente ni para poder vender su apoyo en solitario a un hipotético gobierno autonómico. La famosa "gente" no corría tras sus candidaturas de tránsfugas y novatos, pescados con redes de arrastre. Después de esta experiencia, las encuestas demoscópicas que, en sus días eufóricos, les vaticinaban poderes decisivos, otras, cara a elecciones generales, también con exagerado optimismo, les auguran como techo ilusorio un máximo de un 16% de votos, que es como decirles que el 84% de la famosa "gente" es la realidad a la que se enfrentan como una auténtica "casta", la tribu de "Podemos".
 
            Este errático camino tuvo su pecado original fuera de Europa, en su devoción a las penosas experiencias venezolanas que aterrorizaron a la ciudadanía, horrorizaron a las clases medias y consiguieron desenterrar el fantasma del hambre roja. Buscando olvidar el modelo extraeuropeo, se encandilaron con el triunfo de Syriza en Grecia que, siendo un fraude demagógico, era un fraude europeo, al fin y al cabo. Pero la gafancia que los acompaña les obligó a contemplar el paso de meses de decepción e inoperancia y la visita limosnera de Varufakis a España, con la sombra amenazante de una salida de la Unión Monetaria como sombrío porvenir para un pueblo que se dejó engañar con promesas irrealizables.
 
            En su desnortado itinerario, a los cerebros de "Podemos" no se les ocurrió mejor cosa que mirar hacia el Norte para buscar un paisaje más amable, aunque sea en Laponia. Ahora parecen pensar que los españoles deben aprender de Finlandia, un pequeño país de cinco millones de habitantes, con el clima propio de su vecindad con el Círculo Polar Ártico y, consecuentemente, con temperaturas medias inferiores a los cero grados. Pensar que los fogosos españoles van a acomodarse a las recetas de estas tierras gélidas es soñar con palacios de hielo. Pero, además, los simpáticos fineses funcionan con una república presidencialista en la que los antisistema de Podemos debieran imaginar que no se iban a encontrar con un Jefe de Estado dispuesto a sonreírles si le regalaban un "juego de tronos". Imaginar que la economía exportadora, la agricultura, la estrategia defensiva, la proyección cultural y el talante de España puedan encajarse en el modelo finés nos demuestra que estos discurseadores, con planta de vendedores de crecepelo, que largan soflamas en unas elecciones municipales, ajenas a los temas propios de la administración local o a las competencias de las autonomías, viven fuera de la realidad, presentando propuestas inviables con candidaturas de nombre equívoco y con candidatos sin arraigo, allí donde van a presentarse, porque en la mayoría de los ocho mil municipios españoles no existen tertulianos presentables.
 
            Van a intentar algo que tiene poco que ver con lo que se juega en la administración local o regional. Se trata, simplemente, de complicar el mapa pluripartidista, aprovechando la indignación y el descontento provocados por las duras secuelas de una crisis y  la repugnancia de algunas conductas, para conseguir que las cosas funcionen peor que como están. Es verdad que los partidos de gobierno caminan, esta vez, con una mochila de agravios muy pesada a sus espaldas pero, aún con ese peso, pueden seguir su camino sin que los electores olviden que, por encima de todo, está mantener la unidad nacional, la Constitución de 1978, los compromisos europeos, la estabilidad económica y el estilo libre de vida propio de una nación europea. Estos principios están muy por encima de las quimeras de quienes soñaron en "asaltar el cielo", socavando los cimientos de un sistema político aceptado por la inmensa mayoría de los españoles. El tiempo de borrascas, afortunadamente, ha pasado.
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