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OPINIÓN

Toledo entre sombras
(Foto: Diariocrítico de Castilla-La Mancha)

Toledo entre sombras

Ismael Álvarez de Toledo. Periodista y escritor

lunes 20 de julio de 2015, 08:34h
Toledo es una ciudad que se encuentra bordeada por un río; el Tajo, sobre una meseta ancha, colinas áridas que dejan tras de sí un horizonte bañado de luz, árboles ascéticos y, perdidos entre reverberos de luz, los Cigarrales humanizando la soledad. Nos paramos a mirarla a lo lejos y nos parece verla elevarse atraída por un cielo limpísimo que extiende sobre ella su eternidad. Alrededor, roquedas duras y grises, calcadas de un icono bizantino, como si aquí la historia del hombre se hubiera detenido.

Toledo se nos mete en el corazón antes de conocerla. Amar algo después de conocerlo es obra humana; amar aún antes de conocer es propiedad de la Poesía. Eso es algo que solo ocurre con Toledo, porque mucho antes de conocerla ya te arrebata su nombre, su Catedral, su río Tajo, su mística.

Cuando visitamos Toledo, venimos a conocer lo que ya sabemos, pero siempre nos termina cautivando algún rincón, alguna calle angosta, estrecha, placentera, en este tiempo de estío y, sobretodo, andar solitario entre la historia y la poesía.

Toledo es una ciudad antigua, fundida en sombras y en contemplación. El sol y la luz del verano nos celan su revelación total pero al atardecer nos deja un margen de ensueño. Viajero, no te defraude el sol de Toledo, porque es el sol de Castilla, y también aquí tiene un sentido místico. Hállase uno aquí en un lugar que sugiere realidades, que todo es misterio y realidad a la vez, un “paraje monoteístico”, que decía Unamuno. Los agentes externos nos impelen, durante el día, hacia un centro que somos nosotros mismos y que al llegar la noche, se nos revelan llenos de sustancia divina, de alma.

El mundo material, por el que se mueven las cosas, no nos sobrecoge por completo; nos prueba solamente. Porque la magia de Toledo empieza con las primeras sombras. Basta que se ponga el sol para que nos demos cuenta de que hemos salido gananciosos con el cambio. Y entonces comprendemos que hemos vivido y sufrido, todo el día, los rigores del verano en espera de la noche, como si un pájaro nocturno de enormes alas, saltara desde su jaula en los Cigarrales y viniera a cobijarnos, a justificarnos del temperamento diurno de la ciudad. Entre las sombras, la sobriedad del suelo toledano sale a nuestro encuentro, desnuda de turistas y paseantes.

El suelo de Toledo es recio, desnudo, grave, como la propia ciudad, un suelo que por la noche invita al recogimiento, un suelo, por así decir, hecho para enardecer las almas, para darles temple de acero en sus anhelos transcendentales. Las calles están desiertas, sin árboles, llenas de sombras y de cielo; parece que el silencio nos serena el espíritu y nos predispone al misterio, mientras sólo escuchamos nuestros pasos al cruzar los cobertizos. Si existe una ciudad mística en España, que se compare a Santiago de Compostela, esa es Toledo, agrupada en torno a su catedral, de casas y palacios de piedra, ladrillo rústico y aparejo toledano, que consiste en una fabricación mixta de ladrillos y piedras, colocados en cajones de mampostería, de origen romano, aunque los ladrillos son los típicos de la arquitectura de los alarifes mudéjar de Toledo. Mucho he escrito sobre Toledo, probablemente porque se escribe de lo que se ama, de lo que te hace crecer espiritualmente, de lo que te apasiona.

Son innumerables las veces que me he perdido en el silencio de sus calles, o las veces que he estado sentado en la Plaza de Zocodover, delante de sus arcadas umbrosas, a la hora en que el sol caía, maduro, en el horizonte, observando, como uno más, instantes reveladores de las vanidades humanas. Recuerdo una mañana solitaria y silenciosa en que salí de la ciudad y me puse a contemplarla; sobre los campanarios se extendía un cielo anubarrado, metafísico, como las pinturas de El Greco. Empezaron a caer unas gotas de lluvia, raras y espesas. Tomé el camino de regreso, un sendero pendiente y pedregoso y volví a la ciudad. Y una tarde en que el viento que subía del Tajo hacía resonar las cadenas de los muros de San Juan de los Reyes, cadenas de cautivos que volvieron a la vida libre, yo oí sus sones como ecos de ultratumba. Y vi cómo el cielo bajaba por entre los ramajes petrificados del techo y apoyaba su mano sobre mis párpados con ternura paternal. Muy probablemente, otro día les hablaré sobre Toledo, lo escribiré en las páginas eternas del ciberespacio, o de cualquier otro medio del futuro.

Pero hoy, sólo he querido narrar un sentimiento que me envuelve cada vez que Toledo se sumerge entre sombras.

Ismael Álvarez de Toledo
periodista y escritor
http://www.ismaelalvarezdetoledo.com
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