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Nacer odiando

lunes 21 de septiembre de 2015, 09:19h
La historia muchas veces camina al margen de la historia. La historia no siempre es un estudio de los avatares de la humanidad, según la época y los tiempos; entre otras cosas, porque la historia la escriben los hombres, con mayor o menor despropósito o acierto según quien la cuente. Pero si hay una cosa innegable e intrínsecamente ligada a la historia es la razón. Sobre la razón no hay más argumentos que la razón misma, independientemente de que queramos hacer pasar por razonables muchas de las cosas que no lo son, y que a fuerza de repetirlas tomen tintes verdaderos; como sucede con las leyendas urbanas.
En Cataluña la historia no reescribe la historia, por mucho que se empeñen los detractores de España. No ya la historia que se interpreta con matices, sino la historia misma, tal y como lo reflejan los acontemientos escritos a lo largo de los tiempos.
La perversión de la historia con fines partidistas, fomenta el odio, la radicalización, y un caldo de cultivo marginal en su propia esencia. Tanto en Cataluña como en el País Vasco, la falta de ética de sus gobernantes atenta contra la lógica y la razón de generaciones venideras, nacidas para odiar todo lo español, todo lo que no se atenga a los dogmas del nacionalismo independentista.
Probablemente aquellos que redactaron nuestra Constitución, y los que a lo largo de los siglos han manejado los problemas y cuestiones de los llamados nacionalismos, dentro del Estado, no tuvieron en cuenta, en su buena fe, que un día unos desaprensivos gobernantes dejarían a un lado las justas reivindicaciones de auto-gobierno que tienen todas las regiones y enfrentarían a unos españoles contra otros a cuenta de un odio exacerbado que viene desde la cuna. Un odio a todo lo que no sea un nacionalismo extremo que predica la independencia con falsas proclamas, tergiversando la historia de acuerdo a los intereses de unos desalmados.
La democracia en España ha sido utilizada por los nacionalistas para fomentar el odio innato, un odio que se enseña en la escuela, para preparar a generaciones de jóvenes en contra de quienes no piensen como ellos, para manipular desde la infancia a las personas frente a la historia, y crear un país de buenos y malos según convenga al gobernante de turno. El odio se inculca en las escuelas creando un sentimiento de antipatía, animadversión y repulsa hacia un objetivo concreto; un país, una lengua, unas costumbres. Algo que en Cataluña se ha venido denunciando por parte de las familias que no podían, ni pueden, educar a sus hijos en la lengua de Cervantes, y que veían recortados sus derechos como ciudadanos del Estado Español.
Un recorte en educación, en cultura, en igualdad, en libertad, en dignidad. Haciendo del odio a lo español un arma arrojadiza entre las familias, los amigos, creando dos tipos de ciudadanos, con más o menos derechos, según la norma que sirva para aplicar mayor o menor grado de nacionalismo. Frente a este despropósito, de inimaginables consecuencias futuras, la responsabilidad del gobierno de la nación es nula. La falta de atención a los problemas que sufren los ciudadanos españoles que habitan en estas regiones gobernadas por independentistas es total y absoluta. Las competencias transferidas a las Comunidades Autónomas, en estos casos, dejan total impunidad a los gobernantes para hacer y deshacer a su antojo, sin que el Estado obligue a unos y otros a que se practiquen los mismos métodos y criterios educativos, a fin de que todos los ciudadanos sean iguales, independientemente de cual sea su lugar de nacimiento.
Lo realmente trágico en este complejo método de odio inducido, es que se traduce en todos los órdenes y ámbitos de la vida, ya sea en lo deportivo, en lo comercial, o en las relaciones más intrascendentes que podamos encontrar. Hacemos del odio a lo diferente un arma arrojadiza contra la ignorancia, contra el sentido común, contra los sentimientos de unos y otros, como si en el agravio llevásemos aparejado el odio visceral por lo diferente, según lo inculcan desde las escuelas, según se recibe por los agraviados, sean de uno u otro lado. Pero mientas tanto, la consigna de los mandatarios independentistas tiene que ver con nacer odiando.
Ismael Álvarez de Toledo
periodista y escritor
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