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¿Y ahora qué?

lunes 28 de septiembre de 2015, 08:11h
Las encuestas casi nunca se equivocan. Debe ser que los encuestadores, los de verdad, y no los que vemos alguna vez por la calle carpeta y bolígrafo en mano, manejan un tipo de información distinta a la del resto de los mortales, o que están más cerca de la cocina donde se mueve todo el potaje informativo, y por eso aciertan.
No se han equivocado las encuestas que daban una más que probable victoria a los partidarios de la independencia de Cataluña. Y los resultados se ajustan escrupulosamente a lo previsto, pero, ¿y ahora qué? El pulso que han venido echando los independentistas al resto de fuerzas políticas del Estado ha sido superado con creces. Ni la pataleta posterior a la debacle, ni asumir como positiva lo que ha sido una derrota en toda regla va a mejorar la percepción que los independentistas tienen del resto de los españoles, ni nosotros la que tenemos de ellos. Por lo tanto, o quedamos en tablas o buscamos una solución a la partida. No vale borrón y cuenta nueva, ni esconder la cabeza bajo el ala como si aquí no hubiera pasado nada.
Las tesis soberanistas salen de estas elecciones más reforzadas que nunca. Aunque no se haya votado la independencia ni se haya llegado al punto extremo donde cada parte pone sus cartas sobre la mesa, la verdad es que los resultados invitan a todos a una profunda reflexión. Si una parte importante de la sociedad catalana, considera que estaría mejor fuera de España, creo que se deben buscar los mecanismos necesarios para lograr un entendimiento, si es que ello es posible a estas alturas. Y si no lo es, al menos ofrecer toda la información, exacta y veraz, de lo que podría suceder en una Cataluña dividida social y políticamente, ya que no debemos olvidar a ese porcentaje de catalanes que no arman tanto ruido pero que tienen los mismos derechos y obligaciones que los que pretenden la independencia. Este a mi juicio es el problema mayúsculo. No tanto si quedarían fuera o dentro de la Unión Europea, y otras cosas banales que tienen arreglo según la fuerza que muestren los mercados financieros.
El verdadero problema radica en que la mitad de los catalanes no quiere esa independencia que algunos exigen unilateralmente, y que por lo tanto tienen derecho a que el Estado Español vele por sus intereses, conforme a la Constitución y a las normas jurídicas de convivencia que las ampara. Nadie puede exigir una medida de este calado por alzar la voz con mayor contundencia, o por llenar paginas de diarios y horas de televisión. Nadie puede despojar de sus derechos a quien los ha adquirido por nacimiento, por residencia, o por acatar la legalidad vigente.
Lo que se ha votado en Cataluña en el día de ayer, sin pretender ser torticero en el análisis, no es sólo la configuración de su parlamento, sino la intencionalidad de los partidos independentistas de iniciar un proceso de separación del Estado con la legitimidad que han alcanzado en las urnas, pero sin la razón que otorga el cumplimiento de las Leyes. La patata caliente que todos los que analizamos cuestiones políticas veníamos llegar, está en el tejado de los partidos mayoritarios en este país.
No es sólo cuestión del Partido Popular, por tener la responsabilidad de gobierno, sino que la problemática que se plantea es de tal enjundia que necesita de un pacto de todos, para que tras las elecciones generales se adopten medidas satisfactorias en este asunto territorial. Y esto hay que hacerlo en serio, sin amenazas veladas, sin precipitación alguna, porque hoy por hoy, la condición de españoles en muchas regiones de España, está en tela de juicio. Probablemente porque padecemos una crisis económica que nos ha recortado hasta la identidad, puede que porque no se haya hecho caso nunca de las reivindicaciones históricas de los pueblos, o porque no nos sintamos identificados con esa España de políticos corruptos, que se tapan los unos a los otros, y se piense en la ruptura como en la mejor de las soluciones.
Sea como fuere, la cuestión catalana no ha hecho más que empezar, pero ahora en serio. Da igual que los planteamientos de los soberanistas sean erróneos, da igual que los presagios más catastróficos tengan visos de realidad, da absolutamente igual todo lo que se diga fuera de la certeza moral de quien piensa que una Cataluña independiente estaría mejor. Y digo que da igual, porque seguiremos en las mismas, sin atender al diálogo, sin acercar posturas, sin frenar los exacerbados postulados de los que utilizan el odio por encima de la razón. De los que prefieren fronteras en un mundo que las elimina todos los días, también de los que luchan contra ellas. Y ante este caos que se avecina ¿y ahora qué?

Ismael Álvarez de Toledo

periodista y escritor

http://www.ismaelalvarezdetoledo.com

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