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El ahogado grito de la calle

lunes 21 de diciembre de 2015, 01:18h
Acaba de finalizar el recuento de votos en las elecciones más controvertidas de todas las celebradas en nuestra democracia. Unas elecciones que han puesto de manifiesto dos cosas; una, que el pueblo español es sabio a la hora de tomar decisiones; y dos, que es más necesario que nunca acometer una reforma de la Ley Electoral, para que todos los votos tengan el mismo valor, independientemente de la formación a la que se vote.
Si nos atenemos a esa Ley, y a las normas de la democracia, está claro que ha ganado el Partido Popular, y que, presumiblemente, le corresponderá formar gobierno. Pero lo que no queda nada claro es que la intención de voto de los españoles haya sido a favor de que gobierne la derecha, tras cuatro años desastrosos, donde la corrupción ha marcado la pauta a seguir.
La intención de voto se ha hecho efectiva, en estos comicios, en los partidos y grupos políticos de izquierda, que han representado en su conjunto el sentir mayoritario de los españoles. Estoy completamente seguro, y no cabe esperar algo distinto, que el Partido Popular será el encargado de gobernar otros cuatro años, con la complacencia, la abstención, o la sumisión de aquellos que van a permanecer con los oídos tapados, para no escuchar el grito desesperado de la gente que sufre, de la gente que seguirá siendo aplastada por las políticas de recortes de un partido que no ha ganado a la voluntad popular, de un partido que ahora se verá con mayor legitimidad para hacer de su capa un sayo en las cuestiones que afectan a los ciudadanos, porque si alguien ha ganado las elecciones celebradas ayer, esos han sido la banca y las grandes empresas que seguirán exprimiendo a los españoles, ya que la voz de la calle, la de la izquierda mayoritaria que han querido votar los hombres y mujeres de nuestro país, seguirá permaneciendo muda, a pesar de haber conseguido entrar, tímidamente, a formar parte de los banquillos y escaños del Congreso y el Senado.
No es pequeño lío el que ahora tiene entre manos Rajoy. No creo que le sea nada fácil contentar a todos aquellos que le someterán a una férrea disciplina cuando se forme el Congreso, principalmente, ya que en el Senado seguirá gozando de mayoría absoluta, pero será en las cuestiones principales donde más problemas puedan surgir, cuando el PSOE se recupere de los peores resultados de su historia, cuando Ciudadanos deje de moverse en la ambigüedad que le confiere ser un partido de centro, y Podemos les saque los colores a unos y otros, mientras los perdedores, como siempre, seguiremos siendo el resto de españoles.
El triunfo mínimo de Rajoy, sirve para ahogar el grito de la calle, para que estas elecciones no hayan servido de nada, sobretodo, para aquellos que siguen padeciendo la crisis económica, las abusivas cláusulas suelo, y demás desmanes de la banca española.
El triunfo del Partido Popular, es un cheque en blanco para los que abusan del poder contra los ciudadanos, para las compañías de servicios, que mueven los precios a su antojo, o para todo tipo se especuladores del dinero público.
Eran estos comicios los de la esperanza. Los que pretendían sentar las bases de un tiempo nuevo en la forma de hacer política en nuestro país, gracias a la aparición de los partidos emergentes, pero mucho me temo que todo esto quede en agua de borrajas, porque los partidos en los que los españoles tenían y tienen depositados sus anhelos, sólo servirán de palmeros en el gran teatro del Congreso de los Diputados, sin que se les permita, por decisión de quien tiene el mando, reivindicar las justas demandas de quienes les han otorgado un voto de confianza. España tiene miedo a los cambios.
Tenemos tanto miedo, en general, que cuando se nos brinda la oportunidad de hacer una gran coalición de izquierdas para acabar con el inmovilismo político y la injusticia social, nos amparamos en razones de Estado, y se nos va la fuerza por la pata abajo, denegando aquello en lo que siempre hemos creído.
El miedo es libre, igual de libre que las ansias de ostentar el poder que tienen los políticos a los que se les olvidará en unas semanas, quienes son los responsables de que ellos disfruten de una situación personal que es interina.
Se echa el cierre a unas elecciones tan novedosas como injustas. Unas elecciones que dejan patente, una vez más, que existen dos españas, la España de los ricos, de los poderosos, de los prepotentes, y la España de los que cada mañana amanecen para ahogar el grito desesperado que late en su interior.
Ismael Álvarez de Toledo
periodista y escritor
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