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La crisis de Errejón ilustra sobre el futuro de Podemos

lunes 21 de marzo de 2016, 12:25h

En el verano del 2014, durante una reunión convocada en La Paz por el Vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, Pablo Iglesias, el brillante líder de Podemos, disertaba ante un público proclive sobre el ascenso meteórico de su fuerza política. Ahí comentaba el mensaje que envió a su amigo de confianza, Iñigo Errejón, sólo un año antes, cuando visitara la Bolivia de Evo, diciéndole que había comprobado cómo era posible ganar: “aquí estamos ganando nosotros”, le había escrito entusiasmado.

¿Cuál había sido la fórmula victoriosa?

García Linera lo ha explicado múltiples veces. Era necesario pasar de las asambleas y las movilizaciones generadas por el malestar social a la construcción de un partido político que los condujera al poder. Para ello, no estaba de más revisitar los textos fundamentales de Lenin al respecto (¿Qué Hacer?, El Estado y la Revolución, etc.). Cierto, había que actualizarlos un tanto, pero todavía mantenían cierto sentido.

Esa fue la primera encrucijada que enfrentaron Iglesias y Errejón: como convencer a muchos que había que dar el paso hacia el partido político. Los asambleistas puros se negaban en redondo, aunque algunos prefirieron entrar en Podemos para evitar desde dentro su excesiva formalización. Todo indica que esas dos almas siguen coexistiendo en Podemos y que resulta difícil componer la síntesis que Iglesias y Errejón propusieron para enfrentar las elecciones. Pero el éxito logrado en los comicios europeos consiguió afirmarles para encarar las municipales y las generales.

Como ha insistido Errejón, eso metió a Podemos en una carrera vertiginosa, de construcción estratégica y crecimiento orgánico. La agregación sin demasiado orden de diversas orientaciones políticas, referencias sociales y visiones de organización, fue el resultado de ese aluvión territorial llamado Podemos y sus distintas versiones. El propio Errejón dijo aquello de que era como “correr y tratar de atarse los cordones al mismo tiempo”.

Hoy, Pablo Iglesias, después de haber destituido de forma drástica al secretario de organización y mano derecha de Errejón, Sergio Pascual, ha asegurado que se inicia una nueva etapa en el partido, como insinuando que quizás fuera necesario atarse los cordones para seguir corriendo. Claro, nunca antes –ha advertido- de que se aclare si vamos a unas nuevas elecciones o no.

En realidad, el panorama interno de Podemos es mucho más complejo. Además del fuerte proceso aluvional de la marca, existen todavía debates estratégicos profundos, muchos de los cuales se entrecruzan. La tensión leninista-asamblearia no ha remitido, cuando surge el debate sobre si Podemos debe representar a los más afectados por la crisis o bien tiene que ser más “transversal”, más amplio socialmente, como le gusta defender a Errejón. Y más recientemente, se ha abierto una creciente divergencia acerca de si hay que mantener a rajatabla la fórmula de coalición con el PSOE, con Iglesias como Vicepresidente del Gobierno, o hay que adoptar una perspectiva más posibilista, que incluya algún apoyo externo de Ciudadanos, para evitar el mantenimiento del gobierno de Mariano Rajoy. (Por cierto, nada nuevo bajo el sol: esa disyuntiva se llamaba antes Frente de clase versus Frente Amplio).

Es decir, la verdadera alternativa de Podemos no es seguir corriendo o hacer una pausa. La formación que dirige Iglesias -de manera bastante leninista, como dicen sus propios críticos- necesita seguir corriendo hacia el poder. La experiencia del leninismo populista latinoamericno lo demuestran. Es el acceso al poder lo que permite seguir avanzando sin que las heterogéneas alianzas de partida produzcan más contradicciones de las que la nueva organización pueda soportar. En pocas palabras, es el rápido acceso al poder lo que mejor garantiza que las tensiones internas de Podemos no acaben desbaratándolo.

La base de partida de Podemos es hoy su apoyo electoral. Un apoyo que procede de un voto reactivo, de una cultura política de baja calidad: no importa tanto lo que sea en realidad Podemos, se rechaza todo lo demás. Un inciso: dijimos hace tiempo que la política de austeridad puede tener sentido económicamente, pero que su determinación sociopolítica nunca estuvo entre las necesarias consideraciones del pasado gobierno de mayoría absoluta. Y hoy sólo se recogen los magros resultados.

Pero el apoyo electoral reactivo no es suficiente para evitar las enormes tensiones internas de Podemos. Es necesario avanzar hacia el siguiente estadio: el acceso al poder. Hacer una pausa prolongada entre ambos espacios puede ser mortal para Podemos. Entre otras razones, porque sus miembros tienen todavía demasiado ánimo de asalto y muy pocos instrumentos eficaces de resolución de conflictos. La forma fulminante en que Iglesias destituyó a Pascual es una demostración evidente de ello. Ni una pizca de debate, ni un ápice de consulta. A Errejón no le pareció procedente ni el fondo ni la forma. Pero ha considerado que es mejor no dar esta batalla. No obstante, es público y notorio que a Errejón ya no le gustan las pasadas de Iglesias, ni sus desplantes chulescos, ni sus banalizaciones egocéntricas. Pero también es cierto que parece claro que Iglesias resulta poco menos que indetenible, aunque todavía quede la esperanza de que tal vez pueda ser condicionable.

Seguir corriendo no es una circunstancia para Podemos, es una necesidad. Y si no llegan pronto a la Moncloa, mucha gente se dará cuenta de que sus defectos, internos y hacia fuera, resultan excesivos (algo que comienza a mostrarse en las últimas encuestas). El problema para el resto de España es que si Iglesias consigue su propósito – también de supervivencia- nos habrá metido a todos en la vía griega sin remedio.

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