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Psiquiatría

miércoles 19 de diciembre de 2007, 13:30h
Actualizado: 21 de diciembre de 2007, 07:22h
Siempre tendemos a creer que las demás personas, todos aquellos que nos rodean, piensan igual que nosotros. Nos gusta suponer que el planeta esta habitado por gente buena, substancialmente buena, dando por hecho que para curar a un psicópata, por ejemplo, bastaría con darle un cachorro, un abrazo, unas monedas con las que pueda comprarse unas cuántas chorradas y un instrumento musical con el que distraer el habitual tedio de los domingos por la tarde. Pero no es así. Un psicópata puede entrar en tu cerebro e intentar imaginar lo que piensas, pero nunca podrá comprender como te sientes. Un psicópata puede llegar a relacionarse social, económica e intelectualmente de manera significativa, incluso bastante más brillante de lo habitual, pero siempre concebirá a las demás personas como objetos. Siempre. Por mucho que le ofrezcas un cachorro, un abrazo, ciento cincuenta mil euros para que se largue a las islas Marquesas a dar el coñazo o una ocarina con la que entonar angélicas tonadas durante las pesadísimas tardes de los domingos. La falta de empatía, la incapacidad para ponerse en el lugar de los otros, la falta de conciencia y la total ausencia de remordimiento son las características principales de los psicópatas.

También les determina su naturaleza impulsiva, su incapacidad para planear el futuro, su irresponsabilidad, su irritabilidad y su constante búsqueda de algo nuevo que les excite. No resulta demasiado extraordinario tropezarse con personas así -maridos, mujeres, padres e hijos entenderán perfectamente lo que trato de decir- pero la característica principal del psicópata, repito, es su profunda carencia de empatía y conciencia. El científico Robert Hare afirma que, tras una conferencia cualquiera sobre psicopatías, los asistentes suelen comentarle que "has descrito a una persona que conozco en mi trabajo, en mi círculo de amistades o en mi familia".

El psicópata no siente ninguna angustia personal ni tiene ningún problema. El problema lo tienen quiénes conviven con ellos. La sociedad vasca tiene este problema por partida doble: además de con un número, más o menos habitual, de psicópatas tradicionales, los vascos convivimos con un grupo de psicópatas que se han adjudicado la tarea de liberar la patria -Euskalherria- de la “histórica opresión que sobre ella ejercen el estado español y el estado francés”. Todos los gobiernos democráticos que hasta ahora ha habido han tratado de resolver este asunto dialogando con quiénes te pegan un tiro en la nuca y luego potean por los bares de San Sebastián, Rentería, Elgueta o San Juan de Luz interesados, tan solo, por la mala racha del fútbol vasco, el otoño tan seco y helador que hemos padecido, el número decreciente de perretxicos que brotan en nuestros montes o el sarpullido que les ha brotado en las nalgas. Los miembros de nuestra legendaria banda terrorista y todos aquellos que, de una u otra manera, los justifican, ¿son de verdad un problema político?; ¿hay todavía alguien, con un mínimo de sentido común, que los considere un problema político? Son un problema. Eso es evidente. Pero más que político siempre he sospechado que, fundamentalmente, siempre se ha tratado de un problema psiquiátrico.
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