El sufrido columnista se desayuna en la mañana del Día de Inocentes con una burrada episcopal, la del obispo de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, para ubicarnos), S.E. don Bernardo Álvarez Afonso, quien al ser preguntado por una colega periodista sobre los abusos sexuales a menores, contestó que muchos de ellos (niños y niñas) con 13 años o menos están provocando los tocamientos de los adultos. Y el prelado se quedó más ancho que largo tras haber dicho lo que dijo, por más que el Vicario General de la diócesis -con escaso éxito- haya salido a matizar las palabras de su superior jerárquico.
Niños/as, párvulos o preadolescentes, son como son. Incluso cuando están de hormonas a reventar. Niñez y adolescencia son etapas de la vida, de crecimiento y de cambios físicos y anímicos. Todos los seres humanos hemos pasado por estos estadios hasta llegar a lo que se supone que es la mayoría de edad mental que llega con la condición de adulto. Pero, a tenor de sus declaraciones, Monseñor Álvarez, a sus 58 años, no lo ve así. Sin meterse en las complicadas honduras de la psicología freudiana, sólo desde el elemental sentido común, cabe preguntarse qué experiencia racional de la vida tiene el pastor de los católicos tinerfeños. Porque, como la jerarquía católica española, parece obsesionadísimo por el sexo ajeno (dejémoslo así), como si los diez mandamientos se redujesen a uno solo: el sexto, el de “no fornicarás”.
El del obispo tinerfeño no es el único episcopazo (perdón por el palabro) del que tengamos que levantar acta a día de hoy. Para dentro de 48 horas, el próximo domingo 30 de diciembre, los obispos españoles, monotemáticos ellos, convocan en Madrid una de sus habituales manifestación (concentración, matizan) en defensa de la familia. Otra vez los mitrados patrios se preocupan por la sexualidad ajena y la forma de vivirla de los ciudadanos.
Puestas así las coas, el columnista no puede menos de preguntarse si semejante manifestación pública (legítima, en una sociedad democrática, que cada uno es libre de utilizar la calle como le plazca) la convocarían sus hermanos en el episcopado de Francia, Holanda, Bélgica o Alemania. Dicho sea por citar a países de nuestro entorno europeo. A las Conferencias Episcopales de estos países ni se les ocurriría algo semejante para protestar -en España, por supuesto, dificultar y poner trabas- a las recientes legislaciones civiles sobre la familia, las uniones matrimoniales de personas del mismo sexo y la adopción.
Nuevamente, por lo que respecta a España, se demuestra que la mitra episcopal es la prolongación hacia arriba de un gran vacío; el que existe en el interior de la cabeza cubierta por el citado sombrero litúrgico.