martes 29 de enero de 2008, 16:56h
Actualizado: 11 de agosto de 2008, 23:05h
Los medios locales no fueron muy pródigos en artículos póstumos a propósito de las partidas de Bobby Fischer –así, en doble sentido: las que libró frente a un tablero y la que lo introdujo en el cajón-. Uno esperaría que los aficionados al juego-ciencia escribieran, con el necesario conocimiento, textos relacionados con su estilo, su personalidad y la impronta que dejó en la historia del ajedrez.
Ante tal escasez, un profano en la materia como el suscrito se animará a poner unas líneas al respecto. No siendo el más indicado para hacerlo –mi aproximación a los trebejos es más bien elemental y el único palmarés del que presumo íntimamente es haberle ganado al padre de una ex novia, con lo que aquel prospecto de suegro dejó de molestarme por el color de mis camisas; es más, la partida que más me impresionó fue una literaria: aquel juego animista magistralmente narrado por Lezama Lima en Paradiso- ya lo estoy haciendo de todos modos.
¿Por qué lo hago? Pues porque me acuerdo. Era un pelado, pero me acuerdo. Me acuerdo del descomunal despliegue periodístico –varias primeras planas incluidas- y de las apasionadas discusiones en el grupo de amigos de mi padre. Estamos en 1972 y el asunto que tiene al mundo tan excitado es una serie de partidas de ajedrez que desde entonces se conoce como "El match del siglo XX", célebre, más allá de la disputa por el título mundial de la disciplina, por las connotaciones políticas que las naciones de las que los adversarios son oriundos se han encargado de propagandizar. La guerra fría se libraba en 64 escaques: Boris Spassky por la Unión Soviética y Bobby Fischer por Estados Unidos. El ajedrez nunca había sido tan popular como entonces.
No era la primera vez que un lance "deportivo" se utilizaba para fines políticos. El más emblemático antes de este fue el que protagonizaron los boxeadores Max Schmeling (alemán) y Joe Louis (estadounidense). La pelea de 1936 fue ganada por el teutón, elevado a la categoría de héroe por el régimen nazi –cuyos servicios de inteligencia ignoraban que el peso pesado cobijaba a judíos en su casa- y la de 1938 por el afroamericano –por conveniencia, los americanos caucásicos hicieron causa común con un "hombre de color"-.
Fischer distaba mucho de ser un tipo simpático: testarudo, pedante, prepotente –imposible, en suma-, pero genial en su juego. Su victoria levantó el orgullo del "mundo libre" a niveles insospechados, como confirmando la idea que Jean Cocteau tenía de la psicología del Tío Sam: primero te da con todo y luego te erige un monumento; Elvis Presley ya lo había experimentado. Con sus múltiples desplantes, sin embargo, el Gran Maestro fue rápidamente bajado del pedestal produciéndose un divorcio definitivo.
Declaraciones como "soy un ignorante absoluto. A los once años dejé todo y me puse a jugar con quien estuviera dispuesto a aceptarme como adversario, cobrando un dólar por partida" o "yo soy un individuo detestable. Mis ideales son el ajedrez y el dinero" lo autorretrataban incontestablemente.
En lo que respecta específicamente a su pasión ajedrecística, decía: "Los grandes campeones del ajedrez son como los virtuosos del piano y no deberían casarse. Spassky ha cometido un gran error al hacerlo. Los pianistas tienen, sin embargo, la ventaja de entrenarse solos. Yo debo encontrar siempre adversarios válidos".
Se me antoja que antes de la llegada de Fischer a la cima del ajedrez, éste era considerado poco menos que como un asunto de rusos aburridos. Ayudado por las circunstancias, el excéntrico Bobby "cerebro escaqueado" le cambió la cara al juego. Quizás su mayor legado haya sido la fiebre ajedrecística expandida por todo el orbe.
Islandia es actualmente el país con el mayor Índice de Desarrollo Humano del mundo. Allí se disputaron, hace 35 años, las veintiún (veinte en realidad, porque Fischer no compareció a la segunda, originando un escándalo mayúsculo) partidas que, tras el abandono de Spassky, dieron el campeonato a Fischer. Islandia fue el lugar que escogió para su partida.
Puka Reyesvilla jugaba con camisa colorinche.