OPINIÓN/Víctor Gijón
lunes 11 de febrero de 2008, 09:40h
Actualizado: 12 de febrero de 2008, 16:47h
Emoción a duras penas contenida en el acto de recuerdo a José Félix García Calleja, el malogrado director general de Asuntos Europeos y Cooperación al Desarrollo. No fue un homenaje al uso, sino la reivindicación del compromiso personal, social y político que tan bien representó el alto cargo desaparecido.
Necesario recuerdo cuando, como oportunamente señaló una emocionada Lola Gorostiaga, se escuchan mensajes con claros tintes xenófobos. No profundizó más la vicepresidenta --no era el momento--, pero a ninguno de los presentes se le escapó que entre la injusta criminalización de la emigración, con el añadido de propuestas represivas, y la cooperación al desarrollo de los países pobres y de sus ciudadanos, practicada con determinación y sin desmayo por García Calleja desde su puesto en el Gobierno de Cantabria, hay abismales diferencias.
Qué hubiera pensando de esas manifestaciones José Félix, se preguntó retóricamente Gorostiaga. Probablemente habría pensando poco y actuado mucho. Porque el fallecido director general era partidario de hacer camino al andar. No es que no pensara en lo que hacía, es que hacía lo que pensaba y de inmediato. Sin resquicios a las dudas, a lo políticamente correcto, a la prudencia tras la que muchas veces se esconde la cobardía.
De los mensajes, de los recuerdos personales desgranados a lo largo del acto del pasado viernes por una infinitésima representación de sus amigos, que son, que somos legión, y dicho en presente porque resulta muy difícil hablar de José Félix en pasado, quizás cabria destacar el de Eduardo Madina. El joven dirigente socialista vasco, víctima de un atentado de ETA, se negó, por segunda vez --la primera, dijo, fue cuando los terroristas intentaron asesinarle--, a pensar en la muerte al recordar al amigo. Y es que sólo mueren los que son olvidados. Y García Calleja no lo será nunca.