En la nueva política que se quiere imponer en Ecuador, en contraposición a la que en su momento practicaron los dirigentes de la llamada partidocracia, comienzan a verse graves fisuras que van desde el tono, vocabulario y estilo de su discurso, hasta un acriticismo torpemente disimulado. La última entrevista televisiva del Presidente y la respuesta de uno de sus adversarios políticos —a quien en otros tiempos ensalzó en abundancia—, ¿acaso constituyen apenas el prólogo de lo que veremos en lo adelante?
Hay que recordar que al principio de su mandato el presidente Correa se presentó como el campeón de la defensa de lo que denominó dignidad y majestad del cargo que ocupa. Exigió respeto hace apenas unos días para sus colegas Chávez y Morales, y para él mismo, con motivo de una caricatura en que se los comparaba con tres comediantes del cine del siglo pasado.
Ahora que sus índices de credibilidad bajan notoriamente, si los comparamos con las votaciones que hasta ahora le han favorecido, el presidente Correa toma el camino errado para revertirlos.
Se muestra agresivo, prepotente, autoritario y gratuito insultador, aparte de dueño de un lenguaje impropio de su alta jerarquía gubernamental.
En Ecuador hemos tenido, en este sentido, mandatarios parecidos o peores, pero también honran nuestra historia otros que hicieron reales y profundas transformaciones sociales, económicas y políticas, en escenarios mucho más complejos, riesgosos y difíciles que el actual. Hombres cabales que supieron asumir en palabras y actos la dignidad y la majestad que les tocaba asumir. Es hora cambiar, es cierto, pero empezando por la cabeza visible del Estado.