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Más madera, es la guerra

miércoles 26 de marzo de 2008, 13:19h
Actualizado: 04 de abril de 2008, 17:59h

Los peores presagios se han cumplido y, a la vista está: de nada han servido las fintas del Ayuntamiento para impedir que la Comunidad anunciara una medida ya intuida desde el momento en el que Alberto Ruiz-Gallardón presentó su plan de reforma del Eje Pado-Recoletos. La Comunidad ha puesto en un brete al alcalde en su  pretensión de transformar el centro urbano en esta legislatura. Y el alcalde ha respondido con un "Más madera, es la guerra" y ha dicho que le parece muy bien lo que diga la Comunidad pero en los asuntos municipales sólo habla él.

El problema ya se lo creó el propio Gallardón cuando, siendo presidente de la Comunidad, declaró como Bien de Interés Cultural la zona comprendida entre la calle Salustiano Olózaga, al inicio del paseo de Recoletos, y la cuesta de Moyano. Y es ahí donde la Comunidad se agarra ahora para cuestionar un proyecto que,según reconoce el mismo vicepresidente regional, Ignacio González, es mucho más amplio y tiene numerosos flecos fuera de este espacio.

Aguirre ya demostró que no le iba a la zaga al alcalde en su capacidad para construir kilómetros de metro y ahora está empeñada en ganarle la partida tunelera con el cierre de la M-50 bajo el monte de El Pardo para que no sólo la M-30 sea considerada la mayor obra de ingeniería del primer cuarto del siglo XXI. Pero, lamentablemente, hay obras que, por su impacto en la ciudad, no son comparables a otras.

Devolver a  Madrid su Salón del Prado, ese espejo de la ciudad en el que se miran todos los turistas que llegan a la capital; acabar con la infravivienda vertical de Lavapiés, a pocos metros de ese salón, o reducir el tráfico en el centro es algo más importante que kilómetros y kilómetros de túneles. No es una afirmación nueva. Llevo diciéndolo años y esa fue mi principal crítica a un alcalde como Ruiz-Gallardón cuando decidió invertir lo que tenía, y lo que no tenía, en soterrar la M-30, proyecto, sin duda, muy atractivo pero secundario en mi opinión frente al prioritario que es poner el centro de Madrid al nivel de otros centros de capitales europeas. 

Ha habido que esperar cuatro años para abordar estos problemas y, curiosamente desde su mismo partido, las trabas que no se le pusieron al Ayuntamiento con las obras de la M-30 se le han puesto en el Prado desde el principio. Cuando se presentó el  proyecto y fue  "contestado" por Carmen Cervera, la Comunidad se puso a su lado para enmedar la plana al alcalde. Primero fueron los árboles y luego la acera del museo Thyssen. Con la mediación del ministerio de Cultura, hubo que variar el proyecto, meter por el futuro salón peatonal una línea de transporte público y desviar los vehículos procedentes de Atocha al llegar a Neptuno por detrás del Obelisco.

No fue suficiente. La Comunidad se pronunció desde el primer momento por el túnel. Los técnicos municipales y los autores del plan de reforma dijeron que esta posibilidad se había estudiado pero se había descartado por no ser compatible el "túnel de la risa" y los del Metro con una nueva vía subterránea. Las razones no convencieron a los responsables autonómicos. Si se ha hecho la M-30, si se construyen túneles cada vez a más profundidad para que pase el Metro cómo no se va a poder construir un nuevo túnel bajo el Prado, se preguntan.

Sin embargo, lo que le llega al público no es que ahora la Comunidad esté preocupada por el medio ambiente sino que, ante el proyecto estrella de Gallardón, los responsables autonómicos parecen empeñados en dejar constancia de que si se hace será a mayor gloria de todos y, si no, pues que no se haga. Ante ello Gallardón ha decidido defender "su proyecto" y ha anunciado que va adelante.

Porque, sin duda, forma parte de las competencias municipales cortar al tráfico una calle, aunque ésta sea el paseo del Prado. El Ayuntamiento puede desviar el tráfico por donde quiera y limitar el número de carriles abiertos al tráfico. Puede también hacer todo lo previsto en el proyecto siempre que no toque la zona BIC. Podría incluso,  si quisiera, colocar, en el centro de la actual calzada central las esculturas que hoy muestra el Caixaforum en el lateral. Lo único que no puede hacer es tocar las zonas verdes y el pavimento del paseo. Tras valorarlo detenidamente, parece que Gallardón ha optado por "demostrar" con hechos que su reforma es asumible. Incluido políticamente.

 

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