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Borrachera de agua

miércoles 09 de abril de 2008, 17:29h
Teniendo en cuenta que una borrachera es, además de un pasote de alcohol, un disparate grande, se puede afirmar sin ningún miedo a las críticas de los demás que los dueños de los restaurantes están pasados de agua, después de conocerse su disposición a cobrar a sus clientes por consumir una jarra de liquido elemento del Canal de Isabel II. Los hosteleros aclaran, sin torcer el morro, que, respecto a la cantidad idónea que se debe cobrar, la normativa de las comunidades autónomas permite fijar "aquel precio que se considere conveniente, valorando su dispensa y el servicio de mesas como parezca razonable, si está bien especificado y publicitado en la lista de precios".

Entendiendo que es lógico que cobren la cerveza, el vino, los aperitivos, los platos de comida y el agua embotellada ya sea con o sin gas, cuesta más asumir, por mucho que quepa esa posibilidad hurgando en las leyes y buceando en sus distintas interpretaciones, que tengan tanta cara y pongan precio por el uso del grifo que nos comunica con las redes de suministro del liquido que nos viene del cielo y que llega a nosotros desde la montañas después de las nevadas y la desaparición de los hielos. Si es sólo una broma de mal gusto para que el sector de la restauración aparezca en los medios de comunicación, me parece genial esta payasada. Pero si es algo que puede materializarse y convertirse en una triste y amarga realidad, no me queda más remedio que llamar golfos y aprovechados a los que quieren cobrar por algo que siempre ha salido gratis y que sólo nos costaba dar las gracias a tan enrollado camarero.

Muchas veces la sed del verano se calmaba entrando en cualquier bar, tasca o cafetería para solicitar una vasito de pañí que nos permitía seguir paseando por las calles de nuestro pueblo. Como dice el refrán 'en comer y follar, todo es empezar',  en este asunto de pagar por todo puede suceder lo mismo. Los de los bares pueden alegar que a ellos el Canal de Isabel II también les envía el recibo del agua y que por eso pasan el cepillo para recoger euros por la susodicha jarra de líquido elemento. Este es el comienzo. ¿Por qué no pagar también la parte alícuota de gas o electricidad? Quizá dentro de poco, cuando entremos en un restaurante de tantas estrellas (cuantas más tenga menos posibilidades tendrán de entrar los que menos
tienen) se nos pasará a una sala con una mesa en el centro. Pediremos la carta y se nos avisará que si queremos papear con velas no habrá incremento en la factura final.

Estos generosos empresarios ofrecerán para atraer clientes que andan mejor de rodillas que de dinero el regalo del precio de los trozos de cera que nos iluminan la conversación. Si queremos que enciendan la luz tendremos que soltar alguna que otra moneda de más. Siguiendo con la demente lógica de estos ilógicos empresarios, si es invierno y la temperatura advierte del frío que nos empaña hasta la lentillas habrá que abonar un extra para que se ponga en funcionamiento la calefacción y no tengamos que comer con guantes, que, sin duda, si optamos por no pagar parte de la factura del gas, serán suministrados gratis por los del bareto, quienes harán ofertas de dos mantas al precio de una para compartirlas con el segundo comensal si no queremos pagar por este concepto.

Al final, lo de cobrar por la jarra de agua no es más que uno de los efectos de la borrachera de agua que han pillado estos hosteleros acostumbrados a que los demás se emborrachen con el alcohol que ellos venden. Ahora les toca a ellos: colocón de agua para sorprender a todos. Los han conseguido. ¿Y las administraciones que piensan de esto?
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