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El gracioso arte de publicar libros chorras

lunes 14 de abril de 2008, 12:39h
Actualizado: 18 de abril de 2008, 10:10h
Las editoriales de no ficción se nutren de la realidad con el mismo afán que Terelu se pinta las uñas de color rojo con granate ¿Que se pone de moda hacer la tortilla de patata con trikini?, pues hacemos un manual de cómo hacerlo lo mejor posible y a esperar las ventas. Si además el que rubrica las páginas es alguien famoso, conocido o que sale en la tele,  miel sobre hojuelas. Las editoriales que, aunque fabrican libros, son negocios puros y duros, saben que leer ya no es lo que era y desde hace aproximadamente una década publican libros chorra con notable éxito. La cosa va por modas. Hubo un tiempo que se puso de actualidad todo lo que tuviera que ver con el árbol genealógico de la Virgen María (de las vecinas también valía). Por esas mismas fechas también tuvieron su hueco en las estanterías de la FNAC todo lo que tuviera impreso en la cubierta la palabra templario, orden (de lo que fuera) y cruzadas. España revivió su etapa medieval a rebufo del éxito del Código Da Vinci. Miraras dónde miraras todo era  Santo Grial. Y claro, todo esto tuvo sus consecuencias. Te ibas a tomar una caña y todos eran expertos en Historia Antigua y Medieval. Un horror.

Y no estoy de coña. Yo conozco a responsables de editoriales que se tiraban literalmente a las listas de ventas del Cultural del Mundo (cada Jueves) y a la del suplemento de La Vanguardia (cada miércoles) como auténticos posesos para flagelarse después si comprobaban que sus libros no figuraban en la dichosa lista. “Hay que contratar más templarios, como sea”, se oían en las paredes de los despachos.

Paralela a la moda de lo medieval corrió la manía de lo culinario. El responsable fue José Andrés con sus fogones. Y, cómo no, el resto de las editoriales copiaron (al menos lo intentaron) hacer lo mismo. Así las cosas, ibas al VIPS a tomarte un café, te parabas en las estanterías a ver las novedades y allí podías ver cómo todo el que fuera famoso estaba impreso en un libro rodeado de cucharones y cacerolas.

Pero ya lo dijo Heráclito: todo fluye, todo cambia, nada permanece, y en eso las editoriales son muy avispadas. ¿Y qué tocaba ahora? Pues no es que esté de moda, lo que se dice de moda, publicar libros de embarazadas pero, pedirle a una chica mona y famosa que escriba un libro contando cómo se preñó pasados los cuarenta, tiente su aquél. Y esto es lo que han hecho en Planeta, editorial experta en cubrir todos los flecos de la actualidad. ¿Y quién fue la elegida? Marta Robles.

Marta Robles es una chica rubia que mueve la melena con la misma agilidad y compás que el campanario de Silos. Es flaca. Escribe columnas y (creo) que tiene un programa en Telemadrid. Y digo creo porque no estoy segura y me da pereza ponerme ahora a averiguarlo. Nunca ha hecho nada con gran éxito sin embargo su gran conquista reside justamente ahí, en permanecer sin hacer nada realmente exitoso. Aunque también he de decir que le han tocado miuras que ha sabido torear con buen temple: hacerse cargo del programa de Julia Otero en Onda Cero después de que aquélla la despidieran y no cargarse la audiencia conseguida por su predecesora.

La Robles tiene una gran virtud: se cree que lo que hace, lo hace genial y eso es precisamente lo que se necesita para triunfar. Hace años la entrevisté por su libro Las once caras de María Lisboa y mientras mi grabadora se ocupaba de recoger lo que ella decía yo me deleité escuchando a alguien que te hacía creer que había publicado la segunda parte de la familia que habita en Macondo.

Ahora Marta ha publicado su experiencia como madre cuarentona y lo ha disfrazado de novela cambiando nombres y profesión de los protagonistas para evitar que luego la culpen de vender su vida. Marta interesa (y mucho) a la prensa rosa y ella, que lo sabe y que le tiene más miedo que un nublado a este tipo de informadores, ha cambiado la historia y ha dicho que es una novela. Pues vale. No ha colado pero ella se agita la melena y recita el “a mí plín, yo he escrito una novela”. Mis felicitaciones pues a Marta.

La presentación tuvo lugar en el Hotel Intercontinental. Como era una novela, se sentó en la mesa Carmen Posadas para amadrinar el acto. Carmen confiere seriedad con su presencia a todo acto al que acude. Ana Duato también amadrinó el evento, ignoro si porque fue madre siendo añosa o por amistad con la autora. Imagino que ambas cosas.

Durante el canapé (abundante) pude ver caras tan dispares como el consejero de Sanidad, Güemes (Pelo Pantene, según Wyoming) o Carmen Lomana. Carmen no se pierde una. Ella acude a los actos creyendo que los llena de glamour y lo cierto es que su presencia chafa todo intento de dar un aura cultural. Ella no lo sabe pero su melena teñida de rubio y rizada con tenacillas, sus manos perfectamente manicureadas y su pose “yo estudié en los mejores colegios de Suiza y por eso me siento así de bien erguida”, dan al traste con cualquier intento de darle aspecto intelectual a la presentación de un libro.

Otro ejemplo de restarle intelectualidad a un evento cultural es la presencia de Carlos García-Calvo. Él desprecia a todas la mujeres que no tienen un bolso Loewe y sobre todo a todas aquellas que no se arreglan las uñas de los pies (ni qué decir las de las manos, por Dios) pero lo que él desconoce es que con su sola presencia la presentación de un libro pierde puntos en seriedad con la misma rapidez que los gana en frivolidad. En una cena recuerdo que alguien le preguntó si tenía algo que ver con Agustín García- Calvo y con mirada de desprecio dijo “por supuesto que no”. Claro, es que qué osada la persona que intentó emparentarlo con uno de los mejores filósofos, pensadores y dramaturgos que ha dado el país. Carlos introduce siempre en sus conversaciones frases en francés para demostrar lo muy vasta que es su cultura ignorando que el principal signo de educación es, precisamente, hacerse entender sin menospreciar al que te está escuchando. Afortunadamente la vida es justa y cuando él se mete en el berenjenal de publicar un libro (chorra, ¡como no!) se da cuenta de que lo suyo no es la literatura.

El libro de Marta ya está a la venta y, cuestiones estéticas aparte, he de reconocer que leerlo es entretenido. Y que, al fin, lo que verdaderamente es valiente es preñarse pasados los cuarenta, teniendo un hijo adolescente y un trabajo más que absorbente. Así que, Marta, en el fondo y en las formas, felicidades

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