Los analistas especulan con los resultados de la visita del presidente Torrijos a Washington, cuando se trata de la lucha antidrogas. Bush insiste en la creación de un Centro Multilateral Antidrogas o la instalación de una especie de Iniciativa de Mérida, similar a la que intenta hacer funcionar con su vecino Méjico, a quienes ha separado con un ignominioso muro al estilo Berlín.
El presupuesto destinado a estas iniciativas está dentro del asignado a la guerra, lo que pone a la lucha antidrogas en el mismo plano que las operaciones militares de Estados Unidos. Panamá no puede estar bajo este paraguas, a pesar de que el padre de Martín Torrijos advirtiera a los panameños de esta posibilidad, cuando firmó el tratado que les devolvió el Canal.
Para los analistas de las políticas hemisféricas norteamericanas el tema de las drogas es un asunto de salud pública y no de guerra, además de ser un problema interno de los Estados Unidos, mayor comprador de droga, y no de los países productores. La sociedad norteamericana padece todos los males posibles, y los exporta en sus películas y series de televisión, en lugar de invertir esas sumas millonarias en prevenir el consumo de drogas.
Ya los panameños han ocupado todo su territorio, lucha que costó miles de mártires. Y han cambiado la antigua orientación militar de la hegemonía geopolítica norteamericana, por una vocación de paz y desarrollo. Será difícil que una agenda oculta, tras un viaje del presidente que poca o ninguna divulgación ha tenido, le imponga a los panameños la presencia de tropas, no importa cuál sea el objetivo.
Los panameños ven con preocupación que Estados Unidos condicione la aprobación del Tratado de Promoción Comercial (TPC) entre los dos países, a que algún panameño con cuentas pendientes con USA sea elegido para algún cargo público, o que Panamá acepte la presencia de tropas en su país.