Unos manuales guías sobre educación sexual destinados a docentes en ejercicio, distribuidos por el Ministerio de Educación, han despertado una fuerte polémica entre distintos sectores de nuestra sociedad. A pesar que éstos pueden utilizarlo o no, hay aspectos relacionados con los métodos anticonceptivos y el aborto, por ejemplo, que son objeto de ásperos cuestionamientos.
El problema de fondo es que la educación sexual es absolutamente necesaria en nuestro país, en donde un alto porcentaje de jóvenes entre 15 y 24 años, señalaron haber estado embarazadas. Y donde el aborto encubierto o clandestino es una muy peligrosa, y en muchos casos letal, práctica diaria. Por tanto, que los jóvenes tengan información respecto a la sexualidad es un deber moral y cívico de nuestro sistema educativo.
¿Dónde está el problema? Evidentemente en la adopción acrítica de textos realizados sobre la base de culturas diferentes a la nuestra.
No es que se proponga una actitud reduccionista, torpemente nacionalista o cerrada en cuanto a experiencias foráneas. Por el contrario, hay que tenerlas en cuenta, pero poniendo por delante nuestras propias experiencias y hechos.
Alguna vez José Martí sugirió injertar nuestras repúblicas en el mundo, pero que el tronco que recibiera los injertos debía ser el de nuestras repúblicas. ¿Acaso no tenemos en Ecuador especialistas que pudieran trabajar en manuales afincados en nuestras realidades? ¿Por qué no invitar a los interesados en el tema a trabajar en conjunto con el Ministerio en ello? Sólo así podríamos acabar con las polémicas estériles y los fanatismos ciegos.