No es la economía, estúpido
viernes 30 de mayo de 2008, 14:08h
Actualizado: 27 de junio de 2008, 13:32h
Hace seis años, en medio de la crisis, escribí un artículo titulado “No es la economía, estúpido” parafraseando una famosa frase que Bill Clinton había pronunciado en su campaña electoral. En ella el ex presidente resaltaba la importancia que para los votantes americanos tenía la marcha de la economía.
En mí artículo, referido al caso argentino, yo señalaba que nuestra miopía consistía en pensar que la raíz de nuestro problema era económica. Por el contrario, la debilidad institucional afectaba la economía y determinaba nuestro pobre desarrollo (en términos absolutos y fundamentalmente relativos a otras naciones). Adicionalmente asignaba particular responsabilidad a la dirigencia toda, no sólo a la política. Nunca debe perderse de vista que alguien financia a los políticos.
Seis años después, el deterioro institucional es aún más evidente. Y es responsabilidad de la dirigencia toda (política, empresarial, intelectual, etc.), ponerse de pie y señalar aquellas realidades que impactan no solo nuestra propia existencia, sino la de nuestros semejantes. Aquello que hoy le afecte a otro, mañana puede repetirse contra nosotros, como sintetizara magistralmente Bertold Brecht.
El federalismo, la división de poderes, la libertad de expresión y hasta de pensar distinto, la educación pública, el derecho a transitar libremente, la seguridad física y jurídica, la moneda, son algunas de las bases fundamentales de nuestra vida en sociedad que han sido fuertemente afectadas.
Y es nuestro deber de ciudadano que ha tenido la fortuna de recibir una educación superior, el aclarar conceptos y el explicar que no hay posibilidad alguna de desarrollo económico (definido como crecimiento más promoción humana) sin una reconstrucción institucional previa. Sobre la base del miedo, la arbitrariedad, o la descalificación de quien piensa diferente, nada es posible.
No es un milagro que Brasil esté hoy integrando el grupo de los países más poderosos de la tierra. Es el fruto de una voluntad de “grandeza” evidenciada en la continuidad de muchas líneas estratégicas. Desde la exploración off shore, hasta la promoción de las empresas de menor tamaño relativo, pasando por políticas orientadas a mitigar la pavorosa diferencia en la distribución del ingreso. Brasil fijó hace décadas su mirada en el futuro, y lo construyó con ahínco, a través de gobiernos de diferentes partidos políticos, pero igual respeto por ciertos ideales.
La Argentina, en cambio, zigzaguea y discontinúa, deshace y cambia hasta las iniciativas más loables, como forma de un gobierno de plasmar el rechazo por la gestión del anterior. Los años pasan (nos pasan) y angustia el observar que en las manifestaciones populares siguen apareciendo imágenes de quienes fueron líderes cincuenta (cincuenta!!) años atrás. Argentina vuelve al pasado en forma recurrente, enfrentando los desafíos de un mundo siempre nuevo y cambiante con ideas absolutamente viejas, que incluso probaron ser ineficaces.
Nunca el tratamiento es el adecuado si el diagnóstico es errado. Ejemplos sobran. El problema no es la inflación. El problema es que una gran mayoría convalida (por intereses de corto plazo, supongo) que se mienta acerca de ella.
El problema no es el sistema de coparticipación, sino el del federalismo inexistente. La escuela pública, otorga un motor para la promoción social, ofrece hoy una calidad educativa considerablemente inferior a la de la educación privada. Adrián Guissarri, eximio economista, decía que el argentino nunca podía saberle nivel de sus activos y de sus pasivos, cuanto tenía y cuanto debía.
Cuanto tenía, dado que el cambiante valor de a moneda, o la dinámica inflacionaria corroía el valor de nuestros activos. En cuanto a los pasivos, en cualquier momento se creaban impuestos, cargos, ajustes retroactivos, que alteraban el valor del stock de nuestra deuda. Todos estos son ejemplos de debilidad institucional.
Quizás quienes detentan el poder se han enamorado tanto de él que no lo perciben como un medio para mejorar la vida de sus semejantes sino como un fin en si mismo. Y las acciones se orientan a perpetuarse personal o familiarmente en él. Hasta en los sindicatos se han impuesto las “dinastías”. Cónyuges e hijos se suceden o comparten el poder. La sangre vuelve a reemplazar la meritocracia intelectual. Sin embargo no solo ellos son responsables. Yo soy responsable por mi miedo, y por no decir muchas veces lo que pienso. Cada uno sabrá el propósito de su silencio cómplice. El callar que otorga poder y hasta impunidad.
No aplaquemos nuestro anhelo de un país mejor porque nuestros números o la macro luzca bien. La calidad institucional debe preocuparnos. No solo por una cuestión ética sino porque de no preocuparnos, a mayor o menor plazo, nuestros números y nuestra macro serán el “castigo” de nuestro silencio.
Alicia Caballero
Directora de la Carrera de Economía de la Universidad Católica Argentina (UCA)