Se ha dicho, a propósito de la exitosa liberación de Ingrid Betancourt y de sus compañeros de cautiverio, que las FARC se encuentran al borde de la derrota militar. Esta aseveración no es exacta. En realidad, las FARC escogieron el camino del fracaso cuando en la década de los ochenta del siglo pasado optaron por el secuestro y el narcotráfico como tácticas de guerra para llevar adelante la supuesta transformación política y social de Colombia.
La doctrina del fin que justifica a los medios no quiere decir que todos los medios sean válidos ni elimina en el tiempo la correlación medios – fines. Hay de por medio, como Norberto Bobbio lo planteó en su Teoría general de la política el problema de la legitimidad.
Por ello, todos los fracasos militares, incluidos sobre todo el de la inteligencia y el de las comunicaciones que caracterizan las guerras del siglo XXI, no son sino expresión de una pérdida de legitimidad moral y una ausencia total de representatividad política. Con su decisión de recurrir al secuestro y al narcotráfico, las FARC se apartaron de la línea política de las organizaciones de izquierda del siglo pasado, no todas por cierto porque muchas de ellas solo se quedaron en el voluntarismo y en el delirio, que tomaron las armas primero y después procedieron a firmar acuerdos de paz que aunque imperfectos trataron de lograr sociedades más justas e iguales en democracias pluralistas.
Las FARC, ha dicho Ingrid Betancourt en Semana son " una organización militar con un leve barniz político y un trasfondo de narcotráfico absoluto y de dinero fácil". Eso fue lo que escogieron y que en su momento les dio altos réditos.
Por ello lo sucedido con Ingrid Betancourt y sus compañeros va más allá de un problema táctico. Es un problema de visión política y de valores. Los detalles del cautiverio son simplemente horripilantes y no justifican ninguna lucha política y más bien recuerdan el horror de los calabozos y mazmorras edificados para romper la dignidad humana en nombre de principios abstractos como la liberación de los oprimidos, el destino de la humanidad. Esa porción de la izquierda latinoamericana que todavía coquetea con las FARC y considera a la democracia simplemente como un medio para hacerse con el poder e imponer desde ahí una supuesta dictadura del pueblo, debe expresar claramente y sin ninguna duda si está de acuerdo con esa organización guerrillera y con sus métodos. De lo contrario, la carga del pasado, seguirá gravitando como obsesión fatídica que los alejará cada vez más de sus sociedades.
No es por azar que los colombianos en una mayoría aplastante no estén de acuerdo con las FARC. Y tampoco, como hacía ver André Glucksmann en El País de Madrid que Ingrid prefería como opción en el rescate "una salida sangrienta que una vida de perros" asumiendo el riesgo.
"Yo creo en una Colombia democrática. Una Colombia capitalista porque creo que es la forma como un país puede prosperar, pero también creo que no se puede demorar la inversión social", reiteraba Ingrid Betancourt a la revista colombiana.