martes 06 de febrero de 2007, 20:56h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 11:55h
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes
No sé de quién fue la idea de celebrar el referéndum sobre el Nuevo Estatuto Andaluz nada menos que el Domingo de Piñata, que cae el 18 de febrero, pero, como diría mi sobrino Luis-Edua, sin duda alguna se trata de un cachondo. Porque, amadísimos, globalizados, megaletileonorizados y carnavaleados niños y niñas que me leéis, el buen rollito, el feeling, entre el eterno Manolo Chaves, presidente de la Junta de Andalucía y el no menos eterno Javier Arenas Bocanegra (conocido coloquialmente, por cierto, en Sevilla, como el Niño Arenas) ha propiciado que Andalucía, en el preámbulo de su nuevo estatuto de autonomía, sea considerada como “realidad nacional” sin que, por ello, se hayan hundido los cimientos de España, patria común e indivisible de los españoles, y ni siquiera los de la sede central del Partido Popular, que se encuentra en la madrileña calle Génova, a un pasito del famoso Club Financiero que suelo frecuentar en mis desplazamientos a la Villa y Corte.
Y, a cuenta del nuevo estatuto andaluz, el malvado del Vilariño se lo debe estar pasando mortal de la muerte, porque hasta Alberto Núñez Feijóo, el sucesor de Fraga Iribarne al frente del Partido Popular de Galicia, dice que le parece un texto demasiado españolista. Algo así como el canto del “Prietas las filas/ recias, marciales...”. Y esta opinión del líder de los peperos galaicos pues como que le ha sentado como unos langostinos de Sanlúcar (del Bajo de Guía, para ser exactos) en mal estado al bueno de Javier Arenas. Porque el siempre aspirante a posesionarse del sevillano Palacio de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta de Andalucía, dice que su alma es cuatricolor. Por un lado, rojigualda, como la bandera de España. Y, por el otro, blanquiverde, como los colores de la bandera andaluza. Vamos, que al mismo tiempo Arenas se considera español y andaluz. Algo así, como dirían los del Partido Andalucista, con el corasón partío.
Dice el Niño Arenas (demasiado rojillo, para el gusto de mi tío Manolo, el que vive en su cortijo del Aljarafe sevillano) contestando a su compañero de partido, el gallego Núñez Feijóo, que el Estatuto “es muy españolista y a mucha honra”. Sólo le faltó al pepero andaluz poner los brazos en jarras y añadir eso de “¿pasa algo?”.
Lo cierto es, pequeñines/as míos/as, que no debe ser tan verdad eso de que los sociatas y los peperos se llevan tan mal. No ha sido así en Andalucía y hay que ver como tanto los unos como los otros hacen campaña a favor del “sí”. Es más, incluso en el Parlamento andaluz, aparte de votar juntos, se apoyan para cortocircuitar cualquier iniciativa del Partido Andalucista, que defiende el “no” en solitario.
Es más, casi se podría hablar del espíritu del Betis (no por el invento futbolero del Ruiz de Lopera, sino por ser el nombre poético del Guadalquivir), que propició entre Chaves y Arenas esta cordial entente estatutaria para asombro de muchos, incluyendo el sector follonero del PP, que no comprendían el juego civilizado entre ambos líderes. ¿Quién dijo que aquí arriba, en la Catalunya de la Generalitat tripartita –presidida, eso sí, por un natural de la provincia de Córdoba—tienen la exclusiva del pactismo? Porque hay que ver cómo y de qué manera peperos y sociatas pactaron el Estatuto de Andalucía... Y es que el pescadito frito, los langostinos, las acedías, y unas hojitas bien cortada de Jabugo, más unas cañitas de manzanilla de Sanlúcar, suavizan muchísimo más que la piedra pómez las dureza de codos y de rodillas. Lo que yo os diga...