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Delcy, my love

miércoles 21 de enero de 2026, 08:08h

Se cumple por estas fechas el primer año del segundo mandato del presidente Trump en Estados Unidos. Sí, el que se ha desvelado como el macarra estadounidense, el malote pelirrojo de patio de colegio que lleva solo un año imponiendo sus cambiantes reglas en el tablero geopolítico mundial y con ello sembrar el desconcierto, la desconfianza y el miedo en todos los demás. Y, por si a alguien le queda aún alguna duda, sus movimientos, desde luego, no están guiados por motivos altruistas, o por una irrefrenable bondad natural o humanitaria. No, Don Quijote y Donald Trump no se parecen nada en esos menesteres. El loco cervantino de la Mancha emprendía siempre sus alocadas aventuras guiado por el ánimo de hacer el bien, de “desfacer entuertos”, mientras que el superhéroe norteamericano busca solo su satisfacción personal e inmediata y le importa un carajo las consecuencias que puedan provocar sus caprichos de emperador malcriado.

Volvamos por un momento la vista al primer golpe de mano directo que ha llevado a cabo el presidente Trump en Venezuela, para detener y secuestrar al dictador Nicolás Maduro, trasladarlo a Estados Unidos para que sea juzgado por tráfico de drogas a gran escala, y de paso entregar el poder a Delcy Rodríguez, su hasta entonces vicepresidenta, por cierto tan chavista como el mismo Maduro. Lo de respetar el Derecho Internacional, para él, es solo una minucia a la que solo recurren los países débiles, los impotentes, y todos ellos son perfectamente despreciables.

Es decir, que por el momento, y sin un compromiso y un calendario claros fijados por delante para restituir efectivamente la democracia al pueblo venezolano, a Trump parecen interesarle mucho más sus campos de petróleo -desplazando así a chinos y rusos-, que la vuelta inmediata de la legalidad democrática al país caribeño. Y, probablemente, más aún que el petróleo venezolano, con este golpe de mano haya querido decir al mundo entero quién es su dueño. Y al que le parezca mal ya sabe que se expone hasta a una invasión o, como mal menor, a sus caprichosos aranceles a diestro y siniestro.

La intervención norteamericana en Venezuela, por mucho que se haya llevado por delante al despreciable Nicolás Maduro, desde luego supone una alteración profunda del status quo internacional, empezando por la misma ONU, cuyos modos y procedimientos le parecen inadecuados al "malote". Pero no seamos ingenuos, porque exactamente lo mismo que ha hecho Trump en Venezuela, es decir, pasarse por el forro de sus caprichos el Derecho internacional, Putin hizo otro tanto cuando invadió Georgia y Ucrania, y la comunidad internacional tampoco hizo muchos aspavientos por ello.

Más aún, y por traer aquí otro episodio estadounidense: en 2011, bajo la presidencia de Barack Obama, una unidad de élite del ejército norteamericano invadió el espacio aéreo de Pakistán, aterrizó en Abbotabad, ejecutó a Bin Laden, se llevó su cuerpo, y después lo lanzó al mar. Una operación que, incluso, recibió el visto bueno del presidente superprogre José Luis Rodríguez Zapatero, que desde el mismo Congreso de los Diputados aplaudió la operación organizada desde la Casa Blanca por su amigo Obama.

Como suele suceder siempre, también los países ven mejor la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio. Las relaciones internacionales están también regidas por reglas hipócritas que afectan a los intereses cambiantes en cada momento histórico de las grandes potencias mundiales, que unas veces recurren al Derecho Internacional y a la presión diplomática cuando les parecen herramientas suficientes, y otras a la fuerza como elemento disuasorio o, simplemente, para imponer sus criterios. Llegado el caso, los países amigos aplauden esa decisión o, en todo caso, callan. Los países enemigos, por el contrario, se rasgan las vestiduras y denuncian ofendidos las acciones que les perjudican a ellos o a sus aliados.

Hoy por hoy parece que son únicamente dos grandes potencias las que pueden hacer frente a los caprichos de Trump con acciones de similar calado: China y Rusia. Entre los tres se están repartiendo las áreas de influencia respectivas en el mundo. Europa, con su permanente afán reglamentista y su falta de autonomía en materia de defensa y seguridad, se está quedando fuera de juego -si es que no lo está ya y definitivamente- en los grandes movimientos de geopolítica internacional. El texto definitivo lo está poniendo ahora sobre la mesa Trump con el tema de Groenlandia: ¿será capaz Europa de hacer frente a los Estados Unidos de forma conjunta, tanto en el terreno diplomático, político y económico como, llegado el caso, en el militar? Probablemente, después de la ONU, sea la OTAN la segunda gran institución supranacional que salte por los aires en esta nueva época que ha marcado la segunda presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, pero que, como vemos, su área de influencia llega hasta el último extremo del mundo.

José-Miguel Vila

Columnista y crítico teatral

Periodista desde hace más de 4 décadas, ensayista y crítico de Artes Escénicas, José-Miguel Vila ha trabajado en todas las áreas de la comunicación (prensa, agencias, radio, TV y direcciones de comunicación). Es autor de Con otra mirada (2003), Mujeres del mundo (2005), Prostitución: Vidas quebradas (2008), Dios, ahora (2010), Modas infames (2013), Ucrania frente a Putin (2015), Teatro a ciegas (2017), Cuarenta años de cultura en la España democrática 1977/2017 (2017), Del Rey abajo, cualquiera (2018), En primera fila (2020), Antología de soledades (2022), Putin contra Ucrania y Occidente (2022), Sanchismo, mentiras e ingeniería social (2022), y Territorios escénicos (2023) LInkedIn: https://www.linkedin.com/in/josé-miguel-vila-8642271a/

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