En un momento en que Europa intenta consolidar su frágil recuperación económica, se está formando una nueva crisis que supera las fronteras de Oriente Medio y golpea directamente el corazón de los mercados europeos.
Las advertencias del comisario de Energía de la Unión Europea el miércoles 3 de abril sobre un “choque energético prolongado” reflejan una creciente conciencia de que lo que ocurre en el estrecho de Ormuz y en Bab el-Mandeb ya no es un acontecimiento geopolítico lejano, sino un factor directo en la determinación de los precios dentro del continente.
Por el estrecho de Ormuz pasan alrededor de 20 millones de barriles de petróleo al día, es decir, una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, además de cerca de una quinta parte del comercio de gas natural licuado. Para Europa, que ha reconfigurado sus fuentes tras reducir su dependencia de Rusia, este corredor se ha convertido en una arteria difícilmente sustituible.
Con el aumento de las tensiones, los precios del gas han subido alrededor de un 70% y los del petróleo cerca de un 60%, lo que ha incrementado la factura energética europea en miles de millones de euros en un corto período.
Pero el verdadero riesgo no se limita a la energía. La escalada iraní, junto con la amenaza de que los hutíes utilicen el estrecho de Bab el-Mandeb, abre un frente paralelo que afecta a las cadenas de suministro.
Este paso conecta Asia con Europa a través del canal de Suez, y por él circula aproximadamente el 12% del comercio mundial. Ante cualquier interrupción, los barcos se ven obligados a rodear África, lo que añade entre 10 y 14 días a los trayectos y eleva los costes de envío en miles de dólares por contenedor.
Para España, que depende de importaciones industriales y agrícolas y de cadenas de suministro procedentes de Asia, este aumento de los costes de transporte se traduce en una inflación importada que repercute directamente en los precios internos. Asimismo, los puertos del Mediterráneo, incluidos los españoles, se ven afectados por los cambios en las rutas del comercio mundial, generando una situación de incertidumbre logística.
La crisis actual deja claro que Irán no solo influye mediante la confrontación militar directa, sino también transformando los corredores marítimos en herramientas de presión económica. La interrupción de Ormuz eleva los precios de la energía, mientras que la de Bab el-Mandeb incrementa el coste de los bienes; entre ambos factores se configura una ecuación inflacionaria que golpea al consumidor europeo.
En este contexto, la cuestión para Europa ya no es únicamente la estabilidad regional, sino la seguridad económica directa. Con la persistencia de las amenazas, el continente parece enfrentarse a una nueva realidad: su economía está más que nunca vinculada a la seguridad de los corredores marítimos en Oriente Medio.
Además, los repetidos ataques iraníes contra instalaciones energéticas y de producción de petróleo en los países del Golfo constituyen un intento de desestabilizar la economía mundial, lo que representa otro desafío aún más grave, cuyos efectos pueden prolongarse durante años.