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Llorar y aplaudir

domingo 17 de mayo de 2020, 14:50h

Cuenta la leyenda que Esculapio fue un hombre–dios, por ser hijo de la humana Coronis y del dios Apolo. Él dedicó a la medicina su vida entera; y lo hizo tan bien que, tras su muerte, fue declarado dios, sin oposición arriana alguna. Toda su familia se dedicó a la medicina en sus múltiples facetas y también fue divinizada. En su templo, se producían milagros, igual que ocurre hoy día en otras latitudes. Si bien, por aquello de “a Dios rogando, pero con el mazo dando”, el templo contaba con una escuela de medicina, que ahora llamaríamos alopática, entonces aún sencillamente natural, pero bien aderezada con misterio sacerdotal por la parte divina, empatía y compasión por la parte humana.

De aquel paradigma de dedicación provino Hipócrates, ya en la historia del siglo de Pericles, cuyo saber dio origen al Corpus hipocraticum, el primer vademécum médico, que incluye una deontología contundente, de sentido común simple y validez moderna.

Ante el acoso de la enfermedad que padecemos, el virus viene a jugar el papel del lobo de la opereta de Prokofiev, titulada Pedro y el lobo –mira por dónde- en la que Pedro caza al lobo y lo mantiene vivo, defendiéndolo incluso de los otros cazadores que querían darle muerte. Pedro desobedece a su abuelo, ¿la OMS actual?, hace de saltimbanqui para atrapar al lobo por el rabo y se interpone ante los cazadores para que estos no disparen y le ayuden a llevar al lobo en procesión hasta el zoo, donde puede seguir dando rédito didáctico, porque nunca falta un roto para un descosido.

Pues bien, teniendo al lobo estabulado y aullando, la población queda presa de pánico, llora de impotencia ante su ferocidad. Los cuidadores suplantan ahora el papel de Pedro, sufren las dentelladas del lobo, son sus primeras víctimas, pero protegen a la masa gregaria y amedrentada, porque no hay diosa Panacea que garantice un tratamiento eficaz. Por esto, la grey aplaude.

Es curioso, y llena de espanto, el sentido gregario que invade al universo de los cuidadores y al de sus clientes o usuarios, que antiguamente eran pacientes. La relación médico-paciente, la que se basaba en la confianza, la rompieron los sindicatos, de clase corporativa. El médico especialista se aloja dentro de un equipo, un cuerpo social más bien. Cuando recibe a un usuario, confirma, sin alma, que la persona que tiene delante es quién debe ser y, a continuación, escribe y escribe en un ordenador lo que le dice, o cree que le debe decir, el usuario. Nada que ver con Esculapio.

El usuario queda anonadado ante la amplitud y extensión de la corporación médica hospitalaria: en cada visita es atendido por un profesional nuevo y distinto, que comparte con los anteriores el modo de relación frío y anodino y el hábito de escribir. Es como si el antiguo paciente hubiera de relacionarse ahora con Fuenteovejuna, donde todos los fuenteovejuneros compartieran una misma praxis, y cada acto médico fuese idéntico al anterior e indiferenciado, tal vez porque todos los funcionarios sanitarios obedezcan a un mismo protocolo, tácito, de cuya obediencia depende su soldada. La atención primaria es otra realidad más personal, en línea tradicional, aunque hoy derivativa y de trámite. Ninguna de ambas praxis es hipocrática, a tenor de la deontología del siglo V antes de Cristo quien, por cierto, también fue médico.

El paciente antiguo puede llorar por la falta de empatía y compasión, actitudes imposibles en Fuenteovejuna; puede llorar por sufrir y verse convertido en usuario, o cliente, a pesar de sí mismo; puede llorar de asco por ser un objeto que no merece información sobre su propio caso; puede llorar por intuir, que no saber, que siendo viejo, e inútil a efectos productivos, se ha convertido en una carga social y el protocolo quizás lo haya condenado bien a no tener respiradores ante la amenaza del virus (decisión política real), bien a que le den placebos por si Esculapio, entretanto, hace algún milagro, bien a morirse de asco y desesperanza en un rincón de la vida, bien a que lo seden y apuntillen, sin preguntarle, tal como hacía el Dr. Montes en el Severo Ochoa, hecho demostrado judicialmente. La eutanasia no es hipocrática, ni cristiana, ni legal. Pedro, como de costumbre, dijera que tampoco es ideológica.

Los especialistas de hospital son tan cercanos que muchos ya no utilizan bata, visten de calle, incluso de tienda de moda y prendas de marca, no por remarcar estatus, ni impresionar un poco al usuario, sino por epatarlo mejor, que el márquetin ha de ser deslumbrante. Sin duda, la bata es uniforme, un símbolo sacerdotal, antiguo y de clase, que separa y amenaza a la singularidad; y en el hospital, no se admite otra singularidad que la de Fuenteovejuna, todos a una, cada uno de su guisa y manera.

En España, fácticamente, el 60% de los más de 27.000 muertos por Covid-19 los ha puesto la ancianidad. La muerte fue a buscar a los viejos a su escondrijo, oportunistamente, allí donde no había sanitarios, ni mascarillas, ni antivirales, porque Iglesias, el sumo responsable político, sigue esperando a que haya presupuestos de 2021, para abastecer esos establecimientos, aún atestados de viejos decrépitos. No parece sino que, al ser tantos los viejos, conviniera hacer limpieza.

El enfermo antiguo, joven o viejo, puede llorar, pero tiene que aplaudir, por tener una sanidad pública, de calidad, universal y gratuita que, ni Sancho Panza, inspirado por don Quijote, hubiera decretado en su ínsula Barataria. Pero, en las alturas, hay quien recurre a la sanidad privada, tal que ha hecho la Vicepresidenta Calvo, porque podía hacerlo, váyase usted a saber por qué.

El Colegio de Farmacéuticos, a través de sus 20.000 oficinas de farmacia, ha ofrecido tres millones de test por semana para averiguar la implantación del virus y los anticuerpos generados, por aquello del efecto rebaño... El filósofo Illa no se ha dignado responder siquiera. Posiblemente, haya otros intereses espurios y ajenos al bien común; o pudiera ser que, simplemente, reina desconfianza debida a la rivalidad de clanes. Son especulaciones que se derivan del silencio. Un silencio prepotente que exige aplaudir, manda callar y obliga a no llorar ni por los muertos propios.

Mientras, el lobo de Pedro sigue aullando y asustando al rebaño. El aullido el pánico y el rebaño se recluye sumiso en su aprisco, por orden de los pastores, que azuzan los perros, camuflando modos y usos dictatoriales so pretexto de higiene preventiva. Y hay que aplaudir.

La coda: Alemania, que dobla la población de España, cuenta menos de siete mil muertos por Covid-19. Las guarderías infantiles, que acogen a los niños hasta los seis años, han permanecido abiertas para los hijos de personas obligadas a trabajar. Todo el mundo ha podido salir de casa con sus hijos, a pasear, correr, patinar, montar en bicicleta, etc.. Las familias enteras han podido desplazarse en sus vehículos, cuando lo han necesitado, sin que nadie les haya preguntado de dónde venían, ni a dónde iban. Actualmente, llevan más de 15 días trabajando. Van a iniciar las clases en todos los ámbitos académicos, al tiempo que abran bares y restaurantes. Han abierto fronteras con sus vecinos, sin imponer cuarentenas. Ni lloran tanto, ni aplauden.

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