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Las hojas muertas y el culo de Marilyn

lunes 25 de octubre de 2021, 09:51h

Es otoño, la segunda primavera de Camus, cuando cada hoja es una flor y cuando por las calles, funcionarios externalizados del Ayuntamiento recogen, abúlicos y displicentes, las miríadas de hojas muertas, y quien más quien menos rememora los días felices con los amigos y los amores idos. Tantos; tantísimos ya para mi. El viento norte se lleva recuerdos y arrepentimientos a la fría noche del olvido.

Yo no he olvidado la canción Les feuilles mortes y la tarareo con frecuencia, sobre todo en otoño que es tiempo de melancolía y fastidio universal cadalsiano, porque música y letra se parecen a todos nosotros cuando amábamos y éramos amados. Después, la vida y la muerte nos fueron separando. Despacio, sin hacer ruido. Y el mar borró en la arena los pasos de los amantes rotos.

Yo no he olvidado al toscano Ivo Livi, reciclado en parisino como Ives Montand, con su camisa negra y el pitillo en la boca siempre pinzado con los dedos índice y pulgar. Ya nadie fuma así. Y recibo su mirada al soslayo, y su rostro semihundido en la cabellera de Marilyn Monroe o mirando frente a frente a una Simone Signoret tumbada en la playa y falsamente sometida, como Debora Kerr en De aquí a la eternidad. Y evoco sus pies desnudos caminando sobre la arena. Despacio, tout doucement, sans faire de bruit.

Hace unos días, el 13 de octubre, se ha cumplido el centenario de su nacimiento, y ni la prensa francesa ni mucho menos la española, a excepción de Joan de Sagarra en La Vanguardia, se han hecho eco de la efeméride. Protagonizar treintaitantas películas, bastantes de ellas de culto; cantar incontables canciones memorables; conseguir encandilar a la máxima audiencia cuando reflexionaba sobre lo divino y lo humano en los platós televisivos; haber discutido de política a calzón quitado y en la misma mesa con John F. Kennedy y Nikita Khuschev; o haber sido un auténtico semidiós para sus paisanos y para medio mundo en los años sesenta y setenta, parece no haber sido bagaje suficiente para la conmemoración y la memoria del centenario.

Hijo de un comunista italiano y hermano de un comunista francés, sus propias convicciones y las de su pareja eterna, Simone, siempre estuvieron muy próximas a las del partido, aunque no llegaran a militar en el mismo.

Desde esa conciencia internacionalista, de igualdad y fraternidad, incluyó y siempre mantuvo en su repertorio canciones como Le temps des cerises/ Temporada de cerezas, que fue adoptada como marcha de la Comuna de París; Le chant de la Liberation/ El canto de la liberación o Le Chant des Partisants/ La canción de los guerrilleros o maquis, que fueron el himno de la Resistencia Francesa durante la ocupación nazi y cortinilla de emisión del programa Honor and Country/Honor y Patria de la radio británica BBC.

Con el tiempo, el mar se fue borrando en la arena. Despacio, dulcemente, sin hacer ruido. Junto a su inseparable amigo Jorge Semprún, camarada Federico Sánchez, descubrió un día que el comunismo no era la juventud del mundo, pero que sí había sido su juventud. “En aquellos días la vida era más bella y el sol más caluroso que hoy”.

Y luego estuvo la historia de Marilyn Monroe durante y después del rodaje de Let’s make love/El millonario.

Encuentros apasionados, de los que incluso parece que surgió un embarazo, desplantes y desencuentros, escenas violentas de celos que unas veces protagonizaba Simone Signoret y otras Arthur Miller. Convencimiento final por parte de Montand de que aquello no podía continuar, porque sería su ruina. De manera que a huir tocaba y así se lo comunicó a la diva. Se volvía a París. Pero en el aeropuerto y sin advertencia previa estaba Marilyn con un coche alquilado y lleno hasta arriba de botellas de champagne. Con el se dirigieron al aparcamiento del aeródromo internacional y allí estuvieron estacionados, sin salir del automóvil, cinco largas horas. Nadie ha podido ni siquiera sospechar que sucedió en el interior.

Segarra, desde La Terraza a la que se asoma en La Vanguardia también me ha recordado lo que le dijo Juan Marsé que había sentido cuando Semprún le presentó al actor y cantante francés: “… confieso que me impresionó estrechar aquella mano que debió acariciar el culo de Marilyn Monroe”.

Siempre se negó a volver a España mientras siguiera gobernada por un dictador sanguinario, pero en 1975 se presentó en Madrid con una carta firmada entre otros por Regis Debray, Michel Foucault, Jean Paul Sartre, André Malraux y él mismo, para solicitar la conmutación de la pena de muerte para José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Juan Paredes Manot y Ángel Otaegui. Ni los infrascritos ni el Papa Pablo VI, ni el primer ministro sueco Olf Palme, ni el hermanísimo Nicolás Franco pudieron detener la orden de fusilamiento de un irreductible que quiso morir como había vivido. “Maldito baile de muertos. Pólvora de la mañana”, Luis Eduardo Aute dixit.

A principios de los ochenta, Montand volvió a España para recibir el homenaje a toda su carrera en la Mostra de Cinema Mediterrani en Valencia. Lo primero que dijo fue que deseaba evitar manifestarse en temas políticos y centrase en la fiesta y en la alegría del encuentro.

Sobre su vida había pasado la historia de los setenta años quizá más cruciales del siglo XX, pero no era en nada proclive al recuerdo o la recapitulación en público. Solía justificarlo con la frase que da título al libro de su amada Simone: La nostalgia ya no es lo que era”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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