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Noli me tangere

domingo 22 de agosto de 2021, 16:40h

Este año, hace 125, que el patriota hispano-filipino José Rizal caía bajo las balas de un pelotón de fusilamiento en el paraje de Bagumbayan o parque de Luneta, cerca de la bahía de Manila; una ejecución motivada por acusaciones de sedición y asociación ilícita revolucionaria, tras denuncias torpemente amañadas por las ordenes religiosas que ejercían el poder real en la Filipinas colonial, fundamentalmente dominicos y franciscanos, en el contexto de un régimen surreal donde el poder fáctico fue calificado en su momento de “dictadura frailuna”. En realidad el ajusticiamiento de Rizal fue, en paráfrasis del poema de Agustín García Calvo que cantaba Chicho Sánchez Ferlosio: “… ni por fu, ni por fa/ ni culpa ni causia,/ ni pasión, ni ideología/ sino por guerra, la paz/ y porque la noche, día/ por la misma razón que aún/ cruje el arco y gime la lira”.

El ideario que le llevó al martirio se resumía en unas sencillas y elementales pretensiones con las que el escritor, filósofo, oftalmólogo, lingüista, pintor y poeta pretendía que Filipinas fuera una provincia de España, y no una simple Capitanía General; que Filipinas obtuviese, en consecuencia, representación parlamentaria en las Cortes Generales; que las parroquias, regentadas todas por sacerdotes españoles, fuesen gradualmente cedidas en parte al clero nativo; que se concediese a la gente de Filipinas libertad de reunión y de expresión; que se estableciese la igualdad legal entre la población filipina y la española.

Verdaderamente poca cosa y en todo ajena al filibusterismo del que sibilinamente fue incriminado y que empezó a gestarse en 1887 con la publicación en Berlín de su primera y más notable novela Noli me tangere, una obra que empezó a escribir tres años antes, en 1884, en la pensión de la calle Pizarro, número 15, hoy barrio de Malasaña, en la que residía, fundamentalmente por la cercanía, menos de trescientos metros, a la Universidad Central de Madrid de la calle Ancha de San Bernardo, en la que cursaba sus estudios.

El título del libro está tomado del Evangelio de San Juan, donde, en el versículo 17 del capítulo 20 Jesús le dice a María de Magdala o la Magdalena: “Noli me tangere”, literalmente y traducido del latín “no me toques”, aunque en el original en griego clásico también podría traducirse como “no me retengas”. En la versión del propio Rizal en carta a un buen amigo, el epígrafe se justifica de la siguiente forma: “El libro contiene cosas de las que nadie entre nosotros ha hablado hasta el presente; son tan delicadas que no pueden ser tocadas por ninguna persona. En lo que a mí toca, he intentado hacer lo que nadie ha querido: responder a las calumnias que por tantos siglos han sido amontonadas sobre nosotros y nuestro país”.

Ese mismo año de 1887 regresó por primera vez a Filipinas, tras cinco años de exilio académico, y a las pocas horas de su llegada fue llamado al Palacio de Malacayán, residencia oficial del Gobernador General Emilio Terrero, quien le informó de que la novela había sido considerada subversiva. Terrero era hombre culto y liberal, no tardó en aceptar los argumentos justificativos en contra de tal calificación por parte del autor. Aún así, le explicó que en su situación le resultaría prácticamente imposible resistirse a las presiones de la Iglesia Católica; algo que pronto se sustanciará en el dictamen emitido por la Universidad de Santo Tomás de Manila, en el que la novela era considerada: “… herética, impía y escandalosa en el orden religioso, y antipatriótica, subversiva del orden público, injuriosa al gobierno de España y a su proceder en estas islas en el orden político”, advirtiendo a la autoridad militar de que si finalmente se autorizase su circulación por las islas: “… causaría gravísimos daños a la fe y a la moral, amortiguaría o extinguiría el amor de estos indígenas a España y, perturbando el corazón y las pasiones de los habitantes de este país, podría ocasionar días más tristes para la Madre Patria”.

La situación de Rizal en el país que le había visto nacer se volvió insostenible y así se lo expresaba a un amigo austriaco en una misiva: “… mi libro ha hecho mucho ruido y en todas partes me preguntan por él. Parece que quieren excomulgarme. Soy considerado alemán, espía, agente de Bismarck. Dicen que soy protestante, masón, hechicero y un alma maldita. Se rumorea que estoy preparando planes de sedición, que tengo un pasaporte extranjero y que vago a través de las calles por la noche”.

El gobernador general, intentando evitar males mayores, le desterró a Dapitán, en la isla de Mindanao, donde Rizal fundó un hospital y una escuela, al tiempo que perfeccionaba un magno proyecto de gramática tagala. En el intento de lavar su imagen, se alistó voluntario como médico para ejercer junto a las tropas españolas que luchaban en Cuba, y a tal fin fue embarcado para el traslado a la isla, pero en Barcelona fue llevado a tierra y devuelto a Filipinas. Se le condenó a morir ante un pelotón militar, vendado y de espaldas por traidor. Consiguió que le liberasen de la venda pero no de la ignominia de morir sin mirar a sus ejecutores. Dicen que en el último instante consiguió volverse y morir con cierta dignidad.

Miguel de Unamuno, compañero de facultad dejó escrito: “… creo que fue España la que fusiló a Rizal. Y lo fusiló por miedo. Por miedo, sí. Hace tiempo que todos los errores públicos, que todos los crímenes públicos que se comentan en España, se cometen por miedo”.

Más recientemente, hace cinco años y coincidiendo con el 120 aniversario de su muerte, el periodista y amigo Javier Algarra escribió: “… su figura sigue siendo una gran desconocida en España. Y su muerte es uno de esos renglones torcidos que jalonan nuestra historia. En la víspera de su ejecución, escribió en “Mi último adiós”, que dice: “Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores; donde la fe no mata, donde el que reina es Dios». Sirva esa última encomienda como rúbrica de la voluntad de hermanamiento entre filipinos y españoles”.

Así sea. Y entretanto, en este siglo y cuarto de aquella ignominia, honraremos su memoria leyendo de nuevo su magnífica aunque durísima novela, y tomando un menú conformado con los platos que adoraba y que aparecen en su novela: Tinola, caldo de pollo y papayas verdes, jengibre, salsa de pescado y chayote, y Sinigang, dorada en caldo de tamarindo y verduras filipinas. Salud y kalusugan.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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