Isabel Díaz Ayuso ha podido decir lo que ha querido durante años, pero ahora ha perdido el ángel. Sí, sostengo que parte de su éxito se debió a ese tener ángel tan útil en la vida y que abre muchas puertas sin demasiado esfuerzo.
Otra parte no menor en la receta de sus triunfos es la que recae en Miguel Ángel Rodríguez. Se trata de un hombre muy listo dedicado a las bambalinas de la política desde hace 30 años, con poder, red clientelar de apoyo y buena información de ataque y defensa.
Yo he solido defenderla (no a sus políticas sino a ella) de los ataques más o menos insidiosos a que se la somete con cierta frecuencia. Ayuso habla mucho, yerra mucho por ello mismo y dice cosas que sorprenden a todos, casi siempre para mal.
Ahora, la presidenta de la CAM se nos ha ido a los EEUU a visitar gente: se reunió con el alcalde de Sevilla (el AVE Madrid-Sevilla va mal en manos de Óscar Puente, pero no tanto como para quedar en Nueva York) y asistieron a un espectáculo de flamenco. A mí se me antoja un poco paleto todo esto, pero la gran catetada es la idea de importar la fiesta del 4 de Julio a España. Es decir, Ayuso pretende que Madrid, arrodillada ante el emperador, celebre el día de la independencia nacional de EEUU en 1783. Me pregunto si celebrarán ellos también y en justa reciprocidad la Verbena de la Paloma.
A finales de los 80, en lo que ahora son las urbanizaciones del Encinar de la Moraleja en Madrid, vivían los americanos de la base de Torrejón. Recuerdo que en el 89 llevé a la entonces mi novia al Independence Day que celebraron ese 4 de julio. Era divertido: hablábamos en inglés, comíamos comida chatarra made in USA y pagábamos en dólares. Una celebración típica, parecida a cuando en cualquier país los españoles expatriados celebran el 12 de octubre o los franceses el 14 de Julio. Cosa distinta es que los nacionales de un país celebren el momento fundacional de otro con el que, además, no tenemos lazos culturales o históricos de cierta solidez. Y es todavía más sorprendente que Ayuso se meta en este fregado innecesario justamente cuando EEUU tiene de presidente a un zafio que odia España y lo español, que desprecia nuestra cultura y lengua y que no hace aún dos semanas nos amenazó con hacernos sufrir como país (el 11/03 volvió a hacerlo). ¿Qué tiene Ayuso en la cabeza?
Este tipo de respuestas reactivas a medida que transcurre el día son propias de quien no tiene una estrategia ni, probablemente, unos objetivos medibles. Pero así se ha vuelto la política (la peor generación de políticos de la historia de España, Juan Manuel Moreno dixit) con individuos hipócritas y falsarios como el pesetero Gabriel Rufián, sin discurso ni profundidad de pensamiento como Yolanda Díaz que lleva repitiendo las mismas tres fraseciñas desde hace diez años o con orcos vociferantes sin ideas y muy energúmenos como Miguel Tellado, posiblemente uno de los políticos menos preparados del planeta. Y si miramos en los extremos ya la cosa llega a niveles de toxicidad letal: los desbarres de Ione Belarra más los gritos de la histérica de Irene Montero por el lado de la ultraizquierda comunista sólo son comparables a los gritos de un hombre tan ralo de ideas como el sargento chusquero sin mili Abascal o esa excrecencia salida quién sabe de dónde que es Alvise y los payasitos que le acompañan a todas partes, Vito Quiles y Bertrand Ndongo.
Los dos partidos centrales, los que por pura sindéresis deberían gobernar siempre en coalicion porque, juntos, representan al 70% de los españoles y me cuesta entender que, pudiendo hacerlo bien para la mayoría, los políticos prefieran, siempre e indubitadamente, hacerlo mal o muy mal para todos.
Estamos viviendo malos momentos, muy peligrosos por haber caído en manos de un imbécil megalómano con todo el poder del mundo, pero no ayuda tener seguidistas, pelotas y lamebotas por todo Occidente riéndole las gracietas y nadie, salvo Mark Carney, Canadá, y Mette Frederiksen, Dinamarca, se ha atrevido a decirle al reyezuelo naranja por donde sale el sol. Poco nos pasa y esto no ha hecho más que empezar. Estamos asistiendo a la caída en picado de los valores europeos y occidentales y con ellos se irán nuestro nivel y forma de vida.