2012-05-22 10:04:00


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Hijos de puta

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Putas, lo que se dice putas, ha  habido siempre.  Pero explotadores también. Incluso  antes. Estoy seguro de que  históricamente  tuvieron  que surgir primero los unos que las otras.  Y, sin embargo, el desprecio social, la estigmatización  como grupo y  la marginación  ha  recaído siempre sobre ellas. Y eso que  ese desprecio, el pueblo siempre  lo  ha dirigido  hacia el verdugo  y no  hacia la víctima inocente. Pero  ya ven: ¡paradojas de la historia!

Los  manuales  nos dicen que  fue en época de Solón (640-558 a. C.), cuando, en  la  civilización  occidental,  se  reglamentó   por primera vez  el ejercicio  de la prostitución y   pudo así establecerse la primera casa de tolerancia pública en Atenas. Entonces el Estado nombraba funcionarios especiales para llevar a cabo el control de los precios y del pago de las contribuciones debidas.  En esos momentos, el ejercicio de la prostitución, que anteriormente era considerada una actividad sagrada, pasó a ser plural  y  a adoptar tres formas  diferenciadas. Y es que entonces,  como ahora,   también había clases: Hetairas, una especie de prostitutas de lujo  que  eran las únicas mujeres cultas de Atenas y que eran accesibles solamente a personas de relativa influencia, con las que mantenían relaciones más o menos estables. Dicteriadas, que se encontraban en un nivel inferior de prestigio social y que participaban en las fiestas tocando instrumentos musicales para entretener a los invitados, con los que solían mantener después relaciones sexuales.Y, por último, las Aulétridas, que constituían la categoría más baja de las prostitutas. Trabajaban en burdeles legales y tenían que llevar una vestimenta especial. Se ponían a disposición de cualquier hombre por una pequeña compensación económica.

En Roma, unos años más tarde, la condición social de la prostituta pasó, en no mucho tiempo, de la más alta consideración que había tenido en Grecia al más bajo rango, prostituta-esclava. En Roma, toda mujer que ejercía la prostitución era asignada a un propietario (lenons) a perpetuidad y éste tenía la potestad de venderla a otro individuo, con la condición única de que aquélla siguiera ejerciendo su oficio. Nació así una especie de proxenetismo legalmente autorizado, bajo los auspicios del Estado.

Como en Grecia, también en Roma coexistieron diferentes tipos de prostitutas, aunque mucho más diversificadas: Delicatae, (ejercían en los burdeles). Lorettes, de origen francés y famosas por las grandes cantidades de dinero que solían recibir de sus clientes. Lupae o mujeres lobo, que merodeaban por los bosques cercanos a las ciudades y atraían a los clientes imitando los aullidos de ese animal. Copae, que servían en posadas y tabernas. Foraje, cuyo campo de acción eran los caminos.

Siempre igual

Ni en la Edad Media, ni en el Renacimiento, ni en la Revolución Francesa, ni en la  Era Industrial  ni en la  Edad Moderna  ha cambiado sustancialmente la situación.  En todo caso, ha empeorado.

En España, por ejemplo, y  en pleno siglo  XXI   asistimos,  a un claro auge  de la prostitución y, al mismo tiempo, a una gran transformación   en  sus formas de  ejercicio. El  factor más claro  es  el  considerable aumento  del número de mujeres  extranjeras   (entre un  80 y un 90 por ciento del total  de mujeres prostituidas) que, en unos casos,  han elegido la prostitución  como forma  de ganar más dinero  en menos tiempo, y en  otros, han entrado  en el sector   presionadas  de forma violenta  por proxenetas  o por  mafias  organizadas   que hacen del tráfico de mujeres y de su explotación sexual  un  pingüe  negocio. Es tan lucrativo que  hoy  no  bajan de 18.000  los millones de euros    -si lo prefieren, unos 3 billones de las  antiguas  pesetas- lo que podríamos  denominar  “cifra de  negocio”  del sector. Sector en el que  a día de hoy existe una  franca diversidad  de “producto”: entre  400.000 y 600.000 mujeres  que  ejercen la prostitución de calle, en barrios chinos, en zonas industriales, en  clubes, en pisos, en los llamados  “hipermercados del sexo”, y las llamadas chicas de compañía o de prostitución de lujo.

Mil nombres

A las prostitutas se les llama y  se les ha llamado  con mil nombres diferentes. Por supuesto, todos peyorativos: putas, fulanas, pingos, rameras, lavanderas, visitadoras, pupilas, matriculadas, clandestinas, olleras, cobertizas, nonariaes, meretrices, furcias, zorras, hetairas, mesalinas, pelanduscas, busconas, coimas, cortesanas, mantenidas,  mujerzuelas, pecadoras, golfas, mujeres públicas, busconas,  pellejas, horizontales, furcias, calientacamas, tías, zurronas, suripantas, prójimas, perdidas, bagasas, peliforras, lumias, daifas, calloncas, capulinas, pendones, pendangas, coimas, mesalinas, pecadoras, ninfas, gorronas, maturrangas, trotonas, gamberras, hurgamanderas, cantoneras, germanas, mundanas, mujeres galantes, de vida airada, de la vida, de mal vivir, del partido, mozas de fortuna, mancebas, barraganas, concubinas, mantenidas, adúlteras... entre otros muchos  adjetivos.

Y lo grave, lo paradójico, es que todo el mundo  coincide  en  afirmar que  las  “malas de la  película” no son ellas sino los chulos, los proxenetas, los  empresarios del sexo, los clientes. Y, vaya por Dios,  ninguno de ellos es  hijo de puta.


*José-Miguel Vila (periodista y autor de “Prostitución : Vidas Quebradas”)


    
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