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El verano de irás y no volverás

viernes 19 de agosto de 2016, 09:00h

La esperada fecha mágica en la cual Rajoy, una vez encaminado a un acuerdo con Ciudadanos, saldría disparado hacia una sesión de investidura, ha pasado con la misma cantinela del “no” de Sánchez. La sombra del sentido común preestablecido entre PP y Ciudadanos parece desvanecida por la terquedad del dirigente socialista que no coge el teléfono y parece desear terceras elecciones, haciendo evidente el desfase entre el pueblo español y sus actuales cuadros políticos. El tono y los modales mantenidos por la sociedad española durante estos largos meses de gobierno en funciones en la economía, la cultura, la ciencia y el deporte, demuestran que la nación no está enferma pero su dirigencia política está anémica. Tanto la parsimonia de Rajoy como la terquedad de Sánchez son síntomas de la misma enfermedad: la ínfima calidad política de los protagonistas del momento.

Las dificultades creadas por la irrupción de un mapa político distinto a la cómoda alternancia entre dos grandes partidos no fueron solo consecuencia de una crisis economicosocial de repercusiones imprevistas sino también de la impotencia de los dirigentes para abordarla, explicarla y ofrecer soluciones de salida atractivas para una población angustiada. La dispersión del voto hacia improvisaciones impropias de una nación desarrollada no se produjo solo por el malestar social sino por la ausencia de mensajes creíbles de renovación y regeneración con impacto suficiente para mantener al electorado agrupado en torno a unas alternativas relacionales de gobierno.

Que la enfermedad permanece lo demuestra la reiteración de las posiciones y resultados con ligeras diferencias entre unas primeras y una segundas elecciones, manteniendo el mismo panorama que dificulta una investidura clara. Lo peor es que los indicios demoscópicos insinúan, ante la hipótesis de unas terceras elecciones, que el panorama seguirá sin variar lo suficiente para resolver el problema. Es decir, que el paso de los meses no sirve para que los mismos políticos desatasquen la situación con nuevos proyectos o nuevos mensajes. Con estos personajes podemos seguir indefinidamente dando vueltas a la misma rueda, como un hámster.

Por ello hay que pensar que, sea cual sea la fórmula alcanzada a regañadientes para formar un gobierno inestable, sometido al capricho de un parlamento troceado, dicha fórmula no sería una solución con futuro sino un parche, urgentemente necesario, pero que puede despegarse ante cada nuevo conflicto sobrevenido. Unos cuadros políticos encastillados en los estrechos torreones partidarios, distantes de la sensibilidad popular y carentes de imaginación, buscan retocar sus defectos y curar sus llagas con recetas de curandero pero sin afrontar la necesidad de renovación que exige un cambio de rumbo y de personas. No se trata de cambios de edad o de cara, sino de cambios de mentalidad.

Es tópico llamar “harakiri” a la decisión con que las antaño denominadas Cortes Españolas abrieron paso a las actuales Cortes Generales. Se trata de un tópico injusto, pues los acuerdos que llevaron a la Ley para la Reforma Política que estableció el marco de libertades que dio paso a la actual era constitucional no fue un suicidio sino un acto de responsabilidad patriótica. Ahora se está necesitando un acto de responsabilidad parecida para desatascar una cañería parlamentaria obturada. Cuando el acto de investidura llegue a estar numéricamente claro se habrá sorteado un obstáculo que está entorpeciendo el curso de la vida política española durante un año, de presupuesto a presupuesto. Pero en lo que tienen que ir pensando los protagonistas de este embrollo es en hacer ese estilo de acto de responsabilidad patriótica mal llamado harakiri y dar paso a sangre nueva y nuevas ideas que traigan el vigor de la sociedad civil a la vida pública.

Siempre habrá que agradecer a los actuales protagonistas del atasco el frenazo en seco que, en malos tiempos, han sido capaces de dar a las mareas populistas que extraviaron a sectores importantes del voto popular tras la vulgar demagogia y la prehistoria marxista. Pero el futuro que se divisa, tras las vicisitudes de un largo verano, amenizado por los brillantes deportistas olímpicos de España, en contraste con esas aburridas carreras de sacos de la política española, es la de un tiempo de irás y no volverás. Se desatascará la cañería de alguna forma, hoy por hoy, insólita, pero antes de que se forme de nuevo el mismo tapón, hay que cambiar el diámetro de las tuberías. Tiene que correr más agua y más clara por los cauces de la participación y del protagonismo político.

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