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Luis Miguel Cobo (compositor musical): "Hay cosas que ni siquiera tienen nombre y que la música puede expresar"

  • "En estos tiempos sigue habiendo dos elementos imprescindibles para el compositor: el lápiz y la goma de borrar"
  • "El proceso creativo es un caos, una búsqueda"

miércoles 31 de octubre de 2018, 11:06h
Luis Miguel Cobo nació en Úbeda (Jaén), una auténtica belleza de pueblo andaluz de poco más de 35.000 habitantes, que la UNESCO declaró como Patrimonio Cultural de la Humanidad en julio de 2003. Comenzó a estudiar música desde muy pequeño, apenas con ocho años. No lo hizo forzado por la presión familiar (“nunca agradeceré suficientemente a mis padres su apoyo desde el principio”). Todo lo contrario porque, cuando llegó el momento de emprender estudios musicales superiores y Luis Miguel decidió que lo mejor era ir para Madrid, sus padres –él, todo el día trabajando en una pequeña tienda familiar de muebles; ella, ama de casa, madre de dos hijos-, estuvieron dispuestos a hacer el sacrificio necesario para que pudiera ir a la capital, aunque, ‘eso sí, tienes que ser el mejor’. No defraudó a sus padres porque Luis Miguel ha puesto música a la cabalgata de los Reyes Magos, en los teatros, en San Isidro, o en el homenaje que el Ayuntamiento madrileño hizo este mismo año al exalcalde Enrique Tierno Galván. No es exagerado afirmar hoy que la capital de España suena a Luis Miguel Cobo en buena medida. Y, por si todo esto fuera poco, este mismo año ha recibido también su primer premio Max por su música en Solitudes.
Luis Miguel Cobo (compositor musical): 'Hay cosas que ni siquiera tienen nombre y que la música puede expresar'
(Foto: Luis Miguel Cobo )

En el María Guerrero, en el Teatro Español, en el Bellas Artes, entre muchos otros teatros madrileños, suenan frecuentemente sus composiciones -más de 70 ya, relacionadas con el teatro-, en montajes de Luis Luque o Ernesto Caballero, dos de sus directores de cabecera. Pero su nombre está también ligado a grandes eventos, como El despertar de la Casa Batlló (2012), La Noche en Blanco en Bilbao, o la Cumbre Iberoamericana de Cádiz, entre muchos otros...

“Vine a Madrid para estudiar Música y, poco a poco, me fui quedando”, asegura. “En principio, no venía con idea alguna de vivir aquí. Simplemente buscaba un buen sitio para estudiar, y lo encontré en Madrid. Salvo cuatro o cinco años que estuve viviendo en Berlín (a partir de 1994), aquí me he quedado, y de eso hace ya casi treinta años”. La capital alemana es su segunda patria porque “allí me encuentro muy a gusto siempre que voy, y lo hago al menos una vez al año porque conservo un montón de amigos…”. En todo caso, a Cobo le gusta viajar para perderse en otros sitios, conocer sus gentes, sus hábitos, sus diferencias, porque todo eso “enriquece el espíritu y te abre la mente para encontrar nuevas formas de pensar, de trabajar, etc. Decía Baroja que ‘el nacionalismo se cura viajando’, y quiero creer que no le faltaba razón”.

Música aplicada y música de estudio

Podría parecer, a primera vista, que hoy, con ayuda de las nuevas tecnologías, a un músico tampoco le hace falta viajar mucho, ni siquiera moverse de su ciudad para poder componer, pero esa es –a juicio de Luis Miguel-, una óptica equivocada: “para hacer lo que yo hago fundamentalmente, es decir, música para el teatro y la danza, hay que pasar un tiempo importante conviviendo con las demás propuestas artísticas del montaje. De un texto se pueden hacer infinitas versiones, siempre en función de la visión del director de escena. Pero, a partir de esa particularidad, de esa visión concreta del texto, surgen las propuestas de las diferentes ramas artísticas que intervienen en cada espectáculo. Hay siempre un periodo previo de convivencia, los ensayos, en donde se pueden contrastar opiniones, armar para deconstruir juntos, etc., y todo eso es lo que posibilita que luego esa versión tenga una entidad propia. Somos como un gran monstruo de muchas cabezas”.

El músico jienense ilustra su afirmación y la concreta al distinguir entre la música aplicada, es decir, la que se hace en función de la pieza que se esté componiendo (obra de teatro, danza, película, corto, eventos, desfile de moda, etc.), y la música para ser simplemente escuchada, la que se hace por ejemplo para sacar al mercado un nuevo disco, o para tocar en un concierto. Hoy en día grabar con músicos de diferentes ciudades (Madrid, Nueva York, Londres y Pekín, pongamos por caso), es posible. Se parte de una propuesta inicial, que se envía a los distintos músicos, y estos pueden grabar sus partes en los estudios de su ciudad conectados por internet . “Las artes casi siempre han sido aplicadas –añade Cobo-, porque han partido de encargos previos. Cuando cualquier pintor del barroco tiene que hacer un fresco en la esquina del salón de un palacio, tiene que someterse a las dimensiones del espacio a pintar. Y, además, tiene que seguir los gustos y las indicaciones del solicitante (colores, motivos, temáticas, figuras, etc.), y no solo seguir sus gustos personales del propio pintor. Siempre hay personas que dirigen tu trabajo; la misma idea de la obra puede partir de un tercero –en el caso del teatro, a parte del dramaturgo, del director de escena-. Hay siempre alguien que guía, que tiene una visión general del resultado que quiere obtener con la obra de arte… Yo, más que una limitación, veo un acicate en la composición de música aplicada, para hacer volar la imaginación. Lo más duro, al menos para mí, es cuando tienes que empezar de cero. La página en blanco, yo la llevo fatal. En el proceso creativo, lo que más me cuesta siempre es empezar. En la música aplicada, los caminos generales están más o menos delimitados, luego se trata de profundizar en ellos con tu visión personal”.

Imaginamos que el músico tiene que hablar mucho con los directores de escena, o con los responsables de un evento, antes de ponerse a elaborar una nueva propuesta. Pero Luis Miguel nos saca del prejuicio al afirmar que “hay de todo. Algunos directores hablan muy poco y, simplemente, te muestran su trabajo con los actores. Otros, por el contrario, necesitan hacerlo antes. Tampoco los procesos son siempre los mismos. Es algo tremendamente personal. No es lo mismo trabajar en una obra de teatro con un texto fijo, que hacerlo en otra en la que se está construyendo una dramaturgia que va avanzando poco a poco; o en una pieza de danza, donde raras veces hay palabra, y en donde todo es mucho más abstracto. Todo tiene que ver con líneas, figuras, con movimientos, con composición visual… Esto es lo bueno de mi trabajo, que cada proyecto es siempre una nueva aventura, un reto. Cuando empiezas, nunca sabes dónde vas a terminar. No sabes ni cómo va a ser el proceso del director, ni cómo va a crecer la obra, ni qué orientación tendrán las versiones (más literales, clásicas, abstractas, contemporáneas,…)".

Educación, intuición y talento

“Cuando recibo un texto y lo leo, ya empiezo a imaginar cosas –apostilla Cobo-. A veces no lo hago y prefiero empezar a escucharlo el primer día de ensayo en la lectura con las voces de los actores. Esta es una pequeña manía que tengo y que muchas veces me recriminan… Hay una cosa en la que confío muchísimo: la intuición. Y entiendo por ‘intuición’, la educación que tú has recibido, que está en tu cuerpo, en tu mente, en tu percepción, en tu forma de pensar. Es esa educación y estudio de años, una vez metabolizados, los que conforman tu estilo. La intuición, pues, es el fruto de los muchos años de aprendizaje… Y hay también una parte de algo inexplicable que es innato –porque es así-, que influye lo mismo que los genes del atleta que le hacen convertirse en un gran deportista, hay también personas que tienen unas condiciones especiales, que les hacen ser músico, arquitecto, médico o lo que sea. Eso se llama talento. Pero esto es algo muy pequeño porque, a partir de ahí, es fundamental la educación… (Espero que algún día nuestros gobernantes entiendan bien esto). En base, pues, al talento y a la educación, se forma la intuición. En mi caso, que no soy nada racional ni cartesiano, a veces hago una cosa y no sé muy bien por qué la hago. En todo caso, y sencillamente, porque me funciona… Me gusta ir a los ensayos, pero tampoco en exceso porque me encanta conservar la mirada del espectador, del que mira desde fuera. Dejarme sorprender. Cada obra te pide unas cosas que no sabes ni cómo ni por qué –es como magia-, te acaban saliendo…”.

Cuando Luis Miguel se pone a componer, aunque intente hacer del proceso algo lógico, no lo consigue. Comienza por ponerse una especie de objetivo ideal de trabajo, pero “en mi caso no es nada lógico. Después de pasar tantos años por el conservatorio y por cursos aprendiendo la técnica, me doy cuenta que el proceso de aprendizaje se extrae del caos que, al final, es la vida. El proceso creativo es un caos, una búsqueda interminable. Para enseñar a componer necesitas ordenar el caos. A partir de ahí, puedes analizar tu propio camino… Quizás por eso yo no suelo dar cursos, ni clases, porque mi trabajo es muy intuitivo. Creo que si me sentara en una mesa podría analizar ese proceso, definirlo y sacar unas pautas para poder ponerme a enseñar. Pero hasta hoy no he sido capaz de hacerlo”.

“La condición humana está por encima de todo”

Me maravilla –apunto a Luis Miguel-, que cualquiera de nosotros, incluso sin ser músicos, conocemos muchas más melodías que palabras. Melodías que, además, reconocemos al instante, al escuchar sus primeros compases… “Creo que era García Abril quien decía que tener una buena idea musical es muy complicado, pero tener una simple idea musical la puede tener cualquiera. Una persona mientras hace una tarea doméstica, por ejemplo, puede improvisar una melodía simplemente silbando. ¡Eso ya es música! Cualquiera puede hacer música. Luego, claro, hay que tener la técnica para saber desarrollarla si lo que quieres es hacer una sinfonía de treinta minutos… Ese es otro apartado, pero la idea ya está ahí”. Le apunto al respecto, que yo suelo defender esa misma idea, aunque avanzo un poquito más al afirmar que la diferencia entre cualquiera de nosotros y un genio es que esas buenas ideas este las tiene a diario; nosotros no… “Con los artistas, de todas maneras –nos dice ahora el ubetense - hay una especie de mito, que probablemente viene del Romanticismo, por el que se habla del genio atormentado, de aquello de apartarse a un castillo para crear piezas de piano, y ese mito creo que se derrumba en el siglo XXI. Creo que los genios existen en cualquier tipo de profesión no solo artística (un director de banco, un creativo de publicidad o un comerciante en el mercado de Chamberí…). Son las personas que persiguen la excelencia, eso se llama trabajo duro, ‘compromiso’ con tu profesión, no se llama genialidad”.

¿Realmente puede expresarse todo con la música?, preguntamos al compositor, y este nos responde que “no es solo que la música pueda expresar todo. Voy mucho más allá: es que hay cosas que ni siquiera tienen nombre y que la música puede expresar… La música está por encima de todo. Una cosa que ni siquiera se puede tocar y que es capaz de transmitir fuertes emociones, sensaciones, a personas de cualquier lugar del mundo, independientemente de su formación, de su origen, de su cultura…. ¡Es algo maravilloso! ¡Es un milagro! Y no hablo solo, ni exclusivamente, de la música que llamamos ‘clásica’. Yo he visto en grandes conciertos vibrar y saltar al unísono a 40.000 personas… conectarse todos gracias a la música. Cada uno tiene su música, según su espíritu, su forma de ser, su sensibilidad, su formación… Te puede gustar un estilo u otro, pero todo es música. Y la música está presente en todas y cada una de las diferentes situaciones de la vida. Cada persona tiene su propia música que va encontrando a lo largo de su vida. Da igual que seas un chico con 25 piercings encima y otros tantos tatús, o un señor de traje y corbata, al estilo más clásico, que la música siempre estará presente en tu vida. Es una de las manifestaciones humanas más poderosas”.

Situamos ahora a Cobo en el peor de los escenarios posibles para un músico: la pérdida del oído. ¿Te imaginas la vida sin poder escuchar música? “… Sí. Sería horrible. Pero la propia condición humana está por encima de todo, incluso de la acústica, o la música… ¡Lo importante es vivir! Al fin y al cabo todo eso (la música, la pintura, el teatro, la escultura…) son solo expresiones diversas de la condición humana, pero lo primero es lo primero… Miguel Narros, cuando estuvimos haciendo ¡Ay Carmela! , con Santiago Ramos y Verónica Forqué, contaba cómo en la Guerra Civil española las mujeres jóvenes estaban recluidas en los refugios en condiciones pésimas, pero llegaba siempre un momento en el que iban a galantear los hombres, y esas mujeres se olvidaban de la guerra por completo, se maquillaban con lo que tenían a mano, se ponían lo más limpio que les quedaba, se arreglaban el pelo como podían y, de repente, se sobreponían y gracias al amor la guerra desaparecía… ¡Eso es la maravillosa condición humana en la que yo confiaré siempre!”.

Él fue quien compró el primer disco que entró en casa de la familia Cobo. Se trataba de un LP de Louis Armstrong que Luis Miguel adquirió cuando solo tenía 10 u 11 años: “lo compré en un kiosko, me gustaba –y me gusta- muchísimo. El particular sonido de su trompeta, su voz, el jazz, ¡cómo tocaba...! Luego ya empecé a comprar música clásica… Recuerdo el primer radiocasete que entró en casa, con el cual se podía grabar. Me compraba cintas vírgenes y pasaba horas escuchando y grabando. Me hacía así mi lista de grandes hits, que luego etiquetaba en cada casete…”

La irrupción de la tecnología hace pensar en aquellos tiempos como si hubieran pasado ya dos o tres siglos. Nos imaginamos al músico ubetense todo el día clavado ante el ordenador, conectado a sus sintetizadores, manejando sus programas… Pero no, Cobo confiesa que “hay una cosa en la que hemos ido para atrás: abaratar tanto los costes a la hora de tener música original, y no tener que recurrir a los músicos para una grabación en directo. Esto lo hemos sufrido estos últimos años. Yo lo viví trabajando para el cine. Escribía mis partituras, y un par de semanas después iba al estudio para comenzar a grabarlas con músicos. Alrededor de la música había toda una industria. Había familias enteras de músicos, copistas, estudios de sonido, técnicos de reparación de todos los aparatos que componían esos estudios… Toda una lista de profesionales, cuya intervención en la industria de la música ha saltado por los aires… Ahora, una persona sola controla todo el proceso. ¡Y cuando digo todo, es todo!: Yo hago las programaciones midi, voy a los ensayos, compongo la música, edito las partituras, grabo los instrumentos que tenga que grabar y, finalmente, lo mezclo… Esto supone la eliminación de 7 u 8 oficios. Y eso es la tecnología y la falta de dinero, el recorte drástico de los presupuestos”.

Todo esto ha hecho necesario que la forma de moldear la música haya cambiado radicalmente porque “también esta forma de trabajar anterior, entraña un tiempo del que, en general, no se dispone ahora en una producción para la escena. Los directores y coreógrafos quieren resultados en tiempos de vértigo. Hoy se hace música en teatro y danza, casi de forma instantánea, casi compones sobre la marcha, a medida que vas viendo las escenas en los ensayos. Antes, había que hacer una especie de arreglo en piano de lo que tú proponías, lo cual exigía también del director una gran dosis de imaginación para pensar también esa melodía en un violín, en un saxo, en un grupo de rock, o en lo que fuera. Ahora, con la tecnología, tienes todo eso casi en el acto. Puedo mostrarles la música tal y como va a ser, uno o dos días después de que surja la idea. Luego, desde ahí, hasta la fecha del estreno vas perfilando todo, pero la primera presentación de la idea es casi instantánea. Esta es la parte buena del avance tecnológico, lo que podríamos denominar su democratización; la mala, como te digo, es que la industria ha perdido”.

“El espectador más duro conmigo mismo soy yo”

A la hora de reaccionar sobre el trabajo del artista, Cobo escucha todo tipo de opiniones: “Hay quien se te acerca para felicitarte porque se ha emocionado y le ha parecido que tu trabajo es fantástico. Estos suelen ser los habituales, porque muy poca gente lo hace para decirte que no le ha gustado nada”. ¿Ni siquiera los mejores amigos se atreven?, le preguntamos, y el andaluz, después de pensarlo un poco, se lanza a afirmar que “uno siempre está abierto a todo, pero nadie se atreve a decirte ‘fatal’. A mí, al menos, no me lo dicen. Pienso, que hay que aprender a recibir tanto las buenas como las malas críticas de forma constructiva, leer entre líneas. Cuando te dicen que algo está fantástico o que no les ha gustado, hay que tener siempre un filtro para saber interpretar esas opiniones y buscar los porqués. De todas formas, hay algo que nunca engaña: tú mismo, que eres quien sabe siempre si algo ha salido bien o mal. El espectador más duro conmigo mismo soy yo, que estoy por encima de cualquier crítico, de cualquier director, o de cualquier intérprete, entre otras cosas porque soy quien más tiempo pasa conmigo, quien conoce en profundidad el camino de creación de cada música y, por tanto, tengo más información y puedo evaluar más duramente el resultado”.

Nos preguntamos también por la posible causa que pueda explicar el hecho de que una tierra como la andaluza dé el mayor número de artistas por kilómetro cuadrado, no solo de España, sino de Europa entera. “No sé muy bien qué decirte sobre esto, la verdad –reflexiona Luis Miguel-. En mi caso, desde luego, creo que es determinante nacer donde he nacido porque Úbeda está llena de arte. Yo jugaba con el balón dando patadas contra una cochera que, más tarde, supe que era Patrimonio de la Humanidad. Pero, igual que yo, todo el mundo, en una ciudad de unos 35.000 habitantes. Cuando vivía allí, por ejemplo, existía una banda de música de adultos, otra de jóvenes, tres corales, una asociación cultural, amigos de la música, que luego levantó uno de los festivales de música más importantes de España. Había tan poco dinero y tantas ganas, que era frecuente que nosotros mismos tuviéramos que trasladar el piano para tocar en el centro cultural de no sé dónde ante muy pocos espectadores. Ahora, existe una infraestructura magnífica que reparte conciertos por lugares muy hermosos de la ciudad, y muchísimos espectadores vienen de todo el mundo. Se acercan al festival a escuchar a Ainoa Arteta, Josep Carreras, la Joven Orquesta Nacional, la sinfónica de Munich o la orquesta y coro de RTVE, entre muchísimos otros artistas muy importantes en la música actual”.

Es mucho más común que el amante de la música se decante, al menos en principio, por un instrumento determinado. Por la composición, quizás después, y aun así esta no es una elección tan generalizada. Cobo no sabe muy bien por qué empezó a interesarse tan claramente por la composición: “ese es un misterio de la vida. Recuerdo que cuando estaba en solfeo y aprendía las corcheas, al día siguiente hacía una pieza con corcheas. Si tocaban las semicorcheas, hacía otro tanto… No tenía piano en casa e iba a clase antes de mi hora a tocar y cuando entraba la profesora me decía: ‘¡ya estás con las tonterías…!’, y yo simplemente estaba improvisando en lugar de estar estudiando lo que se supone que tenía que estudiar… La composición para mí ha sido siempre una forma de salirme del carril, de hacer lo que escuchaba por dentro…”. Eran otros tiempos, claro, porque -nos refiere-, la anécdota de que con un profesor de piano estaba obligado a mantener mientras tocaba, sobre las muñecas una moneda de 25 pesetas. Era la forma de mantener la posición correcta del cuerpo, según aquel profesor: “algo totalmente horrible para las manos porque, cuanto más flexibilidad tengas, más puedes controlar el peso del cuerpo y mejor puedes tocar… Eran cosas de otro tiempo”. Con todo, Luis Miguel afirma haber tenido siempre muy buenos profesores, a alguno de los cuales todavía saluda cuando se acerca por Úbeda. Nos refiere varios nombres, pero el mayor énfasis lo pone en Don Santiago, un jesuita del colegio en donde estudiaba, que todavía sigue en su ejercicio ministerial, aunque ya no da clase: “a los alumnos que mostrábamos interés por la música nos hacía una especie de reuniones informales en su casa en donde se tocaba el piano y la guitarra, analizábamos música, cantábamos, hablábamos de historia, escuchábamos barroco… ¡Eso es impagable! ¡Es pura vocación, amor a la cultura, generosidad!”. El Don de Santiago se perdió por el camino con los años, y “hoy Santi –que es como lo llamo ahora- es una de las personas que cuando tenía muy pocos años más me abrió la mente a la vida, a la música, al arte, a la cultura…”.

Me gustaría que el artista nos concretase ahora cómo es su proceso de creación. De qué programas y elementos se vale hoy un compositor moderno. Supongo que hay algo más que las clásicas partituras en blanco y un piano, ¿no? “Hay dos cosas imprescindibles: el lápiz y la goma de borrar… Incluso te voy a simplificar más: la goma de borrar, más que el lápiz. Pero no solo en la música. En general, hoy en España habría que utilizarla mucho más –comenta con fina ironía-… A partir de ahí, estudiar, implementar, tratar de montarte un estudio extraordinario en tu casa… Pero antes es imprescindible ese primer trabajo e ir a la esencia de la música. Para encontrar una perla, primero hay que buscarla con cuidado…”.

Como estamos ya abusando del tiempo del músico, ahora le pedimos que nos dé un solo nombre vinculado a la música, el que más le haya calado: “¡Ufff, muchísimos! Es que soy una persona muy enamoradiza, y desde Luis Armstrong han sido muchísimos más los músicos de los que me he enamorado... BACH, Bela Bartok me encanta, pero el otro día, por ejemplo, estuve viendo el musical West side story, y volví a sentir lo grande que es Leonard Bernstein. Y lo digo no solo por esta pieza, claro, sino por su gran capacidad para hacer música. Es un músico flexible, divertido, brillante, gran pedagogo, crítico y, a pesar de todo, siempre conectado con la realidad de su tiempo, fue un gran vividor. ¡Qué maravilla que, de pronto, un señor tan sabio se marque un West side story tan fresco! Me alucina su compromiso con la educación, con la música popular, con el folklore esencial, su capacidad de haber sabido crear esa estilización y construir un universo tan popular alejándose de las grandes óperas de repertorio…”.

Hablando con tanta pasión de la figura de Bernstein no nos extrañaría nada que alguna vez Luis Miguel hubiese estado tentado por la aventura americana. Él nos confirma esa intuición diciéndonos que “una vez me postulé a obtener una beca Fullbright y me quedé a las puertas de conseguirlo. Luego, en vez de seguir intentándolo en ediciones posteriores, no lo hice. En ese momento decidí que el sueño americano había dejado de interesarme… Ahora, a veces escucho mucha música de compositores que han pasado por allí con una de esas becas en Berkeley, que es la cuna de la música aplicada, y termino por tener siempre la sensación de que todo suena un poco parecido. Claro que ese es un sello, es un estilo, y quizás tenga que ser así… No sé si tomé la decisión acertada en ese momento o no, pero ahora no me atrae nada esa opción. De cada una de las decisiones que he adoptado en mi vida, o que han propiciado las circunstancias -uno no siempre decide- no me he arrepentido, en todo caso, las he vivido siempre con mucha ilusión y pasión”.

Su música en Solitudes le ha valido este año el primer premio Max de su carrera –aunque también estuvo nominado antes otra vez-, y le ha provocado una mayor responsabilidad: “ahora voy a tener que hacer las cosas mejor todavía… Después de esto, el compromiso con el teatro y con la profesión debe de ser más fuerte aún”. Pero un Max no significa que, a partir de ahora, vayan a lloverle contratos y nuevos clientes. Cobo lo relativiza desde ese punto de vista al afirmar que “de esto no se entera tanta gente. Yo no veo el premio como un trampolín, sino como un agradecimiento de mis compañeros de profesión, después de unas 70 obras de teatro y otras tantas para danza, a las que he puesto música, a mi constancia en el trabajo, a mi forma particular de hacer las cosas… Lo tomo así, como una palmadita en la espalda para seguir trabajando con ánimo y tratar de mejorar cada día”.

Le pedimos también que se decante por alguno de los músicos españoles (Falla, Granados, Albéniz, Rodrigo…), pero Cobo nos sorprende con otro mucho más actual: “como esos ya los conoce todo el mundo, te voy a citar mejor a José María Sánchez Verdú. Me parece que es una de las puntas de la cultura musical española de estos momentos. Desgraciadamente, no está siendo reconocido como debiera. Estrenó en el Teatro Real de Madrid la ópera “El viaje a Simorgh”, hace ya algunos años; también se dedica a la pedagogía (está dando clases en el Conservatorio de Zaragoza, en Düsseldorf, o en Friburgo ); vive entre Berlín y Madrid, y tiene una forma muy personal de hacer música, un estilo inconfundible, y creo que es una de las personas que está abriendo caminos nuevos a la música española a nivel mundial”.

Vamos ahora al rock, y a citarle a algunos de sus más claros exponentes: Dylan, Rolling, Beatles, Springsteen…, y vuelve a darnos un quiebro: “Radiohead… Para mí es el grupo que ha sabido entender la electrónica y la acústica y fundirla mejor con el sonido del rock. ¡A mí, me vuelven loco! Aunque yo soy más de música electrónica, que rockero. Soy más del Berghain de Berlín que de un concierto en WiZink Center”.

¿Y Lebrijano, Camarón, Paco de Lucía…?: “¡Enrique Morente! –proclama sin dudarlo un instante-. Lo conocí en Granada y era un maestro exquisito, un señor que fue una verdadera pena que nos dejara tan pronto, un gran innovador… En este sentido admiro la carrera de El Niño de Elche por su arrojo, por arriesgarse a descubrir terrenos intransitados en el flamenco. Y, cuando se pone serio a, Miguel Poveda.”

Lo dejamos aquí. Luis Miguel Cobo -vaqueros, zapatillas deportivas y camiseta oscuros, y una gorra de visera sobre la cabeza-, abandona sobre su Babieca de dos ruedas la terraza del Café de Oriente en este veroño que se resiste a dejar los treinta grados al sol. Probablemente vaya camino de su estudio, quién sabe si para componer la sinfonía de su vida, escuchar a Radiohead o ponerle música a un nuevo montaje teatral. Las ideas, desde luego, no puede tenerlas más claras, así es que lo que haga, seguro que será bueno...

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