Cuando este artículo se publique, ya sabremos si en la consulta popular triunfó el Sí o el No. Lo más probable, según las últimas encuestas que fueron difundidas, es que la Constitución elaborada por miembros del Gobierno y asesores extranjeros y “retocada” por la Comisión de Redacción habrá sido aprobada y, junto con ella, el temerario régimen de transición que otorga poderes casi ilimitados al Presidente de la República.
Si eso ocurrió, si el Gobierno, luego de una agobiante campaña en la que usó sin pudor el aparato estatal y las prácticas de la “partidocracia”, consiguió que su Constitución entre en vigencia, significará que muchos ecuatorianos creyeron en las absurdas promesas de la propaganda oficial. Esta gente pensará que a partir de hoy todo cambiará para bien, que el Ecuador se convertirá en poco menos que el paraíso en la tierra.
Basándose en lo observado durante la campaña, no serán pocos los ciudadanos que esperarán recibir, cualquier día de estos, un cheque tan abultado como los que el Presidente entregó en alguno de sus mítines. Otros despertarán con la ilusión, casi el convencimiento, de que desde ahora los servicios que brinda el Estado serán eficientes y oportunos.
Los desempleados (al menos los mayores de 65 años a quienes el nuevo texto constitucional garantiza un trabajo remunerado) saldrán a la calle seguros de encontrar un empleo “digno” y los más optimistas, por no decir ingenuos, aguardarán impacientemente el final de la pobreza y las injusticias. Lamentablemente, nada de eso ocurrirá.
Y este pesimismo no se debe sólo a los deficientes resultados que ha alcanzado el régimen en los 20 meses que lleva administrando el Estado, sino también a la certeza de que un país no sale adelante gracias a una nueva Constitución, por más acertada que ésta sea.
Pero si el proyecto de Constitución, pese al triunfalismo del Gobierno, pese al dispendio y a las mañoserías, fue rechazado en la consulta, entonces sí habrá esperanzas de un mejor futuro, porque eso significaría que la gente ha entendido que la prosperidad es algo que se alcanza con un persistente esfuerzo colectivo y no gracias a las dádivas que un Estado todopoderoso nos arroje.
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