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Fusión de civilizaciones

Fusión de civilizaciones

jueves 09 de octubre de 2008, 16:49h
Actualizado: 10 de diciembre de 2008, 21:52h
El 12 de octubre es una fecha importante para el mundo de habla hispana, sin duda alguna. En algunos lugares se le llama “Día de la raza”, pero personalmente le confieso mi amigo, que esa terminología no me termina por agradar. Porque me trae reminiscencias de un pasado que muchos queremos olvidar por sus connotaciones de tipo racista. ¿De qué raza hablamos?

Para mí, el descubrimiento de América fue un hecho circunstancial de una época de la España del Siglo XV en que se vivía entre afanes aventureros y expansionistas. Existía una realeza conquistadora y, si me apura, aburrida y deseosa de aventuras que significaran más tierras, más pueblos por someter. Enriquecida gracias a herencias conseguidas por la fuerza, apoyaba toda iniciativa que apuntara en la dirección de la acumulación de más y más poder. Por eso Colón obtuvo apoyos económicos que le permitieron echarse a la mar en busca de nuevas conquistas lejos, más allá de lo hasta entonces conocido.

“Las indias”, decían señalando con el dedo hacia el horizonte… Pero, ¿qué había allá? Nadie lo sabía. Misterio. Por eso eran pocos los que querían acompañarle en tal viaje sin un destino seguro. Entonces se recurrió a los “terceros hijos” de las familias enriquecidas al amparo del poder, “para la oficialidad”.  (Me contaba un historiador español, sin mucho rigor por supuesto, que en ese entonces los primeros hijos varones se enrolaban en los poderes de la administración cercana a la realeza -gobierno o ejércitos-;  los segundos ingresaban en la Iglesia, que también tenía un poder significativo. Y los terceros… bueno, a lo que se pudiera) Y como se necesitaba más gente para las tareas menores de los barcos y de las tierras conquistadas, la llamada “carne de cañón”, se buscó en las cárceles. ¿Qué eliges?, le preguntaban a los malandras, ¿viaje a “las indias” o quedarte entre las rejas de la cárcel? Muchos, obviamente, prefirieron la aventurera libertad a las malolientes mazmorras. Resumiendo: la “raza” que nos descubrió y conquistó venía integrada por algún meritorio aventurero, por caballeros simplones que buscaban tesoros y por muchos delincuentes ávidos de aires más puros. Entre medio, algún cura sincero y otro que también buscaba su notoriedad al “convertir” a los indios.

Tras esta introducción simple y anecdótica,  me gustaría señalarle, mi amigo, que no todo ha sido negro, ni todo blanco. Personalmente me quedo con la amplia gama de los matices, desde donde surgió la fusión europea con la definida indígena que habitaba a este lado del mundo. Los hispanos trajeron su tipología, con genes originarios de sus propios antepasados que recibieron a su vez aportes de árabes,  celtas o fenicios… (que invadieron también la península ibérica, en tantos vaivenes tribales). Los nativos de la que llamaron América, por su parte, aportaron las características antropológicas propias que fueron creando su propia identidad.

O sea que, tras el choque racial y cultural, se produjo la fusión.

Y eso sí que me gusta más: la fusión de las culturas, la alianza de civilizaciones distintas y distantes.

Recibimos de los conquistadores y entregamos lo nuestro, en una danza de ida y vuelta que nos ha permitido llegar hasta hoy, mirándonos de igual a igual, tratándonos en un idioma común. Entrelazando ambas culturas. Nos aportaron experiencias de vidas  desarrolladas y entregamos valores humanos y sociales definidos. Eso significa que nos fusionamos tras los traumas y nos convertimos en similares.

Aquí y ahora ya no existe aquello de “Madre Patria”, sino que hermana mayor, más desarrollada, con más historia por edad, pero siempre hermana. Y como tales congéneres nos debemos tratar. Por lo tanto, creo mi amigo que ha llegado la hora de mirar la historia pasada con ojos lejanos, con mirada más bien sonriente, pero con perspectivas futuras más amplias, más igualitarias,  de caminos comunes. 

Nosotros hemos crecido y madurado; hemos aceptado la fusión con generosidad y ahora exigimos un trato igualitario, un gesto permanente y sincero, un tendernos mutuamente las manos como apoyo para continuar creciendo juntos, como hermanos. Es el momento de recordar la fusión de civilizaciones en sus aspectos positivos y no de quedarnos  anclados en una historia interesadamente manipulada. Es la hora del mañana, sin duda, mi amigo.

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Miguel Ángel San Martín
Periodista  
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