Eso de la publicidad callejera
lunes 13 de octubre de 2008, 11:26h
Actualizado: 20 de octubre de 2008, 12:24h
Que no se preocupe Rosa Díez. Que no se preocupen los hombres-anuncio: las disposiciones anunciadas la semana pasada por el Ayuntamiento para regular la publicidad en las calles nunca se llevarán a efecto. Son otro brindis al sol. Y bien que me pesa porque creo que son, no sólo necesarias, sino insuficientes.
La ciudad, sobre todo el Centro, está saturada de todo tipo de mensajes publicitarios, desde fotocopias pegadas en farolas y fachadas hasta lonas en grandes edificios. Está claro que Madrid no se ve, oculta tras la publicidad, sobre todo la de plástico y luminosos. Y no es menos evidente que el Ayuntamiento contribuyó a ello con los desgraciadamente famosos “chirimbolos” y más recientemente con los “pantallazos”. Si el Municipio no da ejemplo ¿qué fuerza moral tiene para exigirlo a los ciudadanos?
Hace dos años el Alcalde anunció una medida similar que permitiría eliminar, dijo, unos doscientos mil luminosos. No ha desaparecido ninguno y se han instalado muchos más. En muchas fachadas comerciales se amontonan –y desmoronan- decenas de carteles, pegados unos encima de los otros mientras que las aceras muestran un nauseabundo rastro de mierda que deja el pegamento.
Vivo en la frontera entre Lavapiés y Embajadores, un barrio histórico urbanísticamente destrozado por los miles carteles de plástico de los mayoristas orientales. Hasta la casa donde vivió el arquitecto Ribera los tiene, símbolo de la desidia en la conservación de la estética urbana madrileña. La Gran Vía, formidable escaparate de la arquitectura más espectacular el primer tercio del siglo XX, está degradada por el plástico y el neón.
También se ha anunciado una cruzada contra los trípodes y caballetes anunciadores que invaden las aceras. ¡Extraordinario! Pero el Ayuntamiento debería dar ejemplo quitando ya los postes que colocó en el centro de las aceras y cruces de peatones donde los paseantes despistados se rompen la crisma y los invidentes el alma. En Madrid no se puede pasear por las aceras. Lo impiden decenas de trastos de todo tipo y cientos de motos, autorizadas por el municipio a estacionar en el espacio llamado peatonal.
Hubo una primera sentencia anulando esa autorización pero el Ayuntamiento, que tanto dice defender a los peatones, la recurrió. Kioscos, tenderetes de los kioscos de periódicos, cabinas de teléfono, farolas, semáforos, veladores de terrazas, bancos, papeleras, maceteros, postes de señales, señales de tráfico, chirimbolos cilíndricos, chirimbolos cúbicos, banderolas-soporte de publicidad, “muppies”, pantallazos, motos, bolardos, cajetines de semáforos o señales eléctricas, manteros, hombres-estatua, pedigüeños... ¿Creen que con todo eso en las aceras Madrid es una ciudad cada vez más peatonal?
Las ordenanzas municipales, aprobadas por el Pleno para que no sean anuladas por los tribunales, deben hacerse cumplir por la Policía Municipal, que debe sancionar sus infracciones. Pero a la Policía Municipal hay que ordenarle que las haga cumplir, tanto las que prohíben vender alimentos en las calles (menos a los orientales por lo que parece) que las que prohíben cagar y mear en cualquier esquina, lo que se hace abundantemente como atestiguan las pituitarias.
Y si se prohíbe algún tipo de publicidad callejera, también serán los encargados de hacer cumplir la norma. Pero, como afirmaba al principio, todos tranquilos: no pasará nada y Madrid seguirá oliendo a pis, los peatones tendremos que caminar por la calzada del tráfico y las paredes y suelos estarán llenos de residuos publicitarios. Al tiempo.