Yo sé (porque me lo han dicho y mis fuentes son muy fidedignas) que andas estos días atormentado y picajoso como príncipe destronado porque la prensa no te quiere como antes. Obama te ha quitado todo el protagonismo y ya casi nadie se acuerda de ti. Malas lenguas me han asegurado que el otro día entraste en tus aposentos y pillaste a Carla descalza, guitarra en mano y cara melancólica componiéndole una canción a Barak y, te entiendo, eso ha sido casi el acabose. Desde entonces no os habláis. Pero no te apures, tú que tienes una formación europea y (supongo) clásica, sabrás que, como dijo Heráclito, todo pasa, nada permanece. Bien es cierto que semejante sentencia lo estás viviendo en tus propias carnes pero en la parte negativa.
Imagino que añoras los momentos en los que tus jefes de prensa te abrumaban con portadas y portadas en las que salían o tu firme trasero o tus michelines retocados. O las llamadas insistentes de un tal Zapatero que ahora sólo trata de comunicarse con la Casa Blanca.
Pero no te amohínes. Tú siempre serás nuestro príncipe europeo. Y, por si te sirve de algo, te voy a decir unas cuantas cosas que te diferencian de Barak
A muchas como yo nos gustan los hombres como tú. Bien es verdad que el presidente americano representa el hombre ideal para las suegras. Es deportista y tiene abdominales, hace los deberes con los niños y va a la compra. Tú seguro que ni calientas la leche, ni falta que hace, pero seguro que mantienes la temperatura en otros lugares que tampoco es moco de pavo.
Tus abdominales no están para rallar queso pero, don´t worry, cenar contigo a la orilla del Sena con velas y Chardonnay tiene que ser una experiencia arrebatadora. Obama seguro que en una cita te lleva a correr por Central Park y eso, a ciertas edades, abruma.
Además, nada es comparable al susurro de palabras románticas en francés. El inglés está muy bien para hablar del Dow Jones. Pero, ¿qué mujer en su sano juicio querría hablar contigo de bolsa?
Quédate tranquilo, en esta orilla seguimos fumando en los bares, acostándonos tarde y bebiendo vino antes de comer. Así que, ¿por qué motivo íbamos a cambiarte por un hombre tan sano y tan moderno?
Merkel se quejó de tus achuchones y ahí empezó tu declive. Error. Ella se lo pierde, si no la tocas a ella, tocamos a más. Encantada estoy con esa decisión.
Nicolás, con la mano en el corazón, sigues siendo mi feo favorito y no te cambiaré por nada ni por nadie en el mundo.