¿Quién se beneficia con las cumbres presidenciales? El camellón de la carretera al aeropuerto y muy pocos más. Las cumbres son, en general, una lata para las ciudades que las organizan pero dan muy buena marca: será la nota de todos los diarios y noticieros de Estados Unidos y Canadá domingo y lunes. Gracias a ello muchos se enterarán de que Guadalajara existe; otros se acordarán de Guadalajara, porque ya la tenían olvidada. Eso no quiere decir que en automático unos u otros vayan a hacer maletas mañana mismo para venir de vacaciones, simplemente que estaremos en su radar y esa es la primera condición para que alguien tome la decisión de visitar una ciudad.
Pero el que la pasa bomba en cada cumbre es el camellón del aeropuerto. Nunca le hacen caso, salvo cuando vienen presidentes extranjeros (antes, cuando venía el Presidente de México le daban una barridita, pero ya ni eso). En 1991, con la famosa cumbre Iberoamericana, le dieron una arreglada mayor, al grado que pintaron todas las fachadas (bueno la verdad nomás las que se veían de la carretera), pusieron pastito nuevo y una cortina de ficus para tapara a los pobres. Los ficus se secaron por falta de agua y exceso de contaminación, y los pobres no desaparecieron a pesar de los esfuerzos de Salinas, para esconderlos.
En 2004 nos tocó otra cumbre, la de jefes de estado de Latinoamérica, el Caribe y la Unión Europea. Otra vez al camellón fue el ganón. “Bugambilias para todos”, gritó el jefe y, como todo se hizo faltando cinco para el ratito, no había en la ciudad suficientes bugambilias para sembrar una cada 30 centímetros a lo largo de 5 kilómetros, así que hubo que traerlas de los estados de alrededor y, cuando se acabaron esas, de los de alrededor de alrededor y así hasta Morelos. Las pobres plantas llegaron estresadísimas de su viaje en trailer para ser transplantadas de inmediato porque ya llegaban los presidentes. La reacción de las plantas fue tirar todas las flores y todas las hojas así que el día que terminaron de sembrarlas lo que había a lo largo del camellón era un montón de varitas acompañadas por su testigo de carrizo amarillo. Eso sí, estaban tan bien alineadas que parecían un impecable ejercito chino. En esa misma cumbre hubo un compromiso del que nadie se acuerda: en el marco del Consejo Metropolitano el gobierno del estado y municipios acordaron hacer un fondo para mantener los ingresos a la ciudad y principalmente el del aeropuerto. El camellón iba a tener un moderno sistema de riego por goteo. Pasó la cumbre, pasó la calentura y nadie se volvió a acordar del camellón. Incluso dejaron al proveedor, a quien le habían pedido que se preparara, con todo el material embodegado. Son las borrascas de las cumbres.
Opinión extraida del periódico Milenio 05/08/2009