A pesar del desprestigio de los partidos políticos encasillados bajo el simplificador membrete de "partidocracia", resulta evidente la necesidad de contar con un régimen de partidos y movimientos políticos y trabajar por fortalecerlos.
En las democracias, son los partidos y movimientos políticos instancias intermedias claves entre los ciudadanos y la lucha por el poder y su ejercicio.
El Consejo Nacional Electoral (CNE) ha llamado a partidos y movimientos políticos a la inscripción. Según el CNE, tras la proclamación de los resultados electorales últimos, aquellos terminaron su existencia legal; esta debe acoplarse a las nuevas normas contempladas en la Constitución y en la Ley Orgánica Electoral bautizada como Código de la Democracia.
La inscripción pasa por presentar estatutos y programas de Gobierno, contar con una estructura nacional en al menos 12 de las provincias con mayor población, presentar un registro de afilados equivalente a por los menos el 1,5% del padrón electoral... Los partidos y movimientos conservarán sus nombres, símbolos y números con los que participaron en el último proceso electoral.
El nuevo registro es, al fin y al cabo, una formalidad que no será
demasiado difícil de cumplir, aunque pueda ser percibida como una formalidad reiterativa y hasta innecesaria. La cuestión de fondo es cómo conseguir que cobren vida no solo en los días de elecciones los partidos y movimientos políticos.
La debilidad de estos ha sido su carácter electoralista, la falta de democracia interna, los escasos y poco novedosos planteamientos ideológicos y programáticos, la incapacidad de renovarse y responder a las necesidades concretas de los ciudadanos, el manejo de la cúpula partidista o buró político sin una verdadera participación de afiliados y militantes. De la fortaleza del régimen de partidos y movimientos políticos depende en buena medida el desarrollo y la vitalidad de la democracia.