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La calidad de la democracia

La calidad de la democracia

martes 29 de septiembre de 2009, 18:23h
Actualizado: 27 de octubre de 2009, 05:19h

Tiene que ver tanto con la forma de gobierno, como con la forma de representación pública. Tiene que ver con el respeto al orden político y jurídico de un Estado de derecho que reglamenta las libertades ciudadanas y, al mismo tiempo, abre condiciones para la propia profundización de la democracia, siempre perfectible en pos de igualdad y justicia parta todos, pese a sus tantas derrotas.
De ahí la necesidad de las luchas por la democracia frente a los instintos totalitarios que conlleva el ejercicio del poder. A eso apuntan la calidad y la profundización de la democracia: a la superación de sus falencias, algunas de carácter predemocrático, como la no separación de poderes o la pretensión de controlarlos todos, y otros no democráticos, como la pena de muerte en algunos países o el desprecio al derecho a la vida, en otros. La calidad democrática apunta a la superación de groseros agentes que se escudan en formas democráticas, pero ‘enjuician’ a discreción a adversarios políticos, como en Bolivia. Son déspotas y totalitarios, aunque hubieran surgido de procesos electorales democráticos.
Así nos ha ido en casa y en América Latina en la trayectoria de reproducción del poder de algunos presidentes, como el sindicalista cocalero, hoy etnocentrista rabioso, Evo Morales; el inflexible economista Rafael Correa, el revolucionario impostor Daniel Ortega o la sucesión hereditaria de la pareja Kirchner, para terminar en el mesiánico militar Hugo Chávez. Y eso sin contar al camaleónico Manuel Zelaya, que no pudo hacer de las suyas con una mascarada electoral, como sí lo hicieron los otros con sus incontinentes elecciones y referéndums. Todos a gusto y placer de las exigencias tácticas y estratégicas que requiere el ejercicio del poder para “tener el poder total”, según Morales. Es decir, sin controles democráticos.
De ahí surge la instrumentalización de los procesos electorales en democracia, fenómeno político que el chileno Fernando Mires denomina ‘hibridocracia’, como “la forma que tienden a presentarse las dictaduras posmodernas”. Para Mires, “la hibridocracia no se refiere a la existencia de dos identidades paralelas, sino a un cruce entre dos identidades diferentes: el cruce entre una dictadura con una democracia. Es decir, dictaduras cruzadas con formas democráticas”. El fascismo, añade, eliminaba las formas democráticas; en cambio, las hibridocracias se presentan “como democráticas y revolucionarias, basadas precisamente en procesos electoralistas…”. Con esa carta de representación democrática y como forjadoras del ‘socialismo del siglo XXl’, los organismos internacionales las aceptan sin importar que en las hibridocracias, los ciudadanos “no eligen, sino legitiman con sus votos la reproducción de poder del autócrata”.
Como se preguntara Alexis de Tocqueville, en el siglo XIX, cuando hablaba de la democracia como libertad y descentralización política –vale decir autonomías plenas o federalismo–, “¿no valdría más dejarse nivelar por la libertad que por un déspota?”. Sobre todo hoy, cuando la contradicción política en Bolivia se juega el próximo 6 de diciembre, frente a un Gobierno que desprecia la democracia y la mal utiliza como instrumento electoral para legitimarse. De ahí que recurre a trampas y fraudes, ya no con el padrón biométrico, porque no puede, sino con el voto en el exterior, al que pretende manipular fiel a su instinto ‘hibridocrático’.

* Máster en Ciencias Políticas

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