El papa
Benedicto XVI acaba de reunirse con los obispos irlandeses (como se sabe, acusados recientemente, en cuanto que jerarcas responsables, de cientos y cientos de abusos sexuales contra niños, cometidos por sacerdotes de su país a lo largo de los últimos 40 años). En esta reunión, el otrora Prefecto para la Congregación de la Fe (y de las Buenas Costumbres) el cardenal
Joseph Ratzinger, ha tenido unas durísimas palabras, tomadas literalmente de los Evangelios, pues fueron pronunciadas por el mismísimo Jesús, contra todos los pederastas y abusadores de niños, en este caso especialmente los sacerdotes: “Más valiera que les colgaran de una piedra y les arrojaran al mar”.
El papa Ratzinger ha pronunciado esta sentencia dirigiéndose a los participantes en la reunión plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, donde se analizan los derechos de la infancia, y a los que ha recibido en el Vaticano. En este Consejo intervienen altos jerarcas de la Iglesia universal, y naturalmente de las de Irlanda, España, México y EE.UU, países, entre otros más, donde no pocos obispos y numerosos sacerdotes están o han estado implicados en los crímenes que Jesús, hace 20 siglos, y el Papa, hoy, condenan.
El discurso del Papa es “peligrosamente oportuno” en el tiempo, pues queda menos de un mes para que el Vaticano decida sobre el futuro de la Congregación de los Legionarios de Cristo, cuyo fundador,
Marcial Maciel, fallecido a los 83 años hace ahora 13 meses, abusó durante varias décadas de cientos de niños, nueve de cuyas víctimas venían denunciando públicamente (ante el Vaticano desde la década de los 50) estos abusos desde 1997, justo cuando Benedicto XVI era el receptor de esas denuncias, mientras el papa
Juan Pablo II colocaba a Marcial Maciel a su lado derecho durante todo su Pontificado.
Las sospechas sobre la conjura o complicidad de silencio del Papa y del cardenal alemán sobrevuelan desde entonces en los círculos más cercanos a las víctimas y a no pocos de los que conocían los abusos del intocable y mítico clérigo legionario mexicano, del que hoy ya se sabe que fue padre de no menos de 6 hijos, y al que sus correligionarios preparaban desde años atrás un proceso de canonización exprés. Curándose en salud, y nada más morir el papa polaco, Ratzinger se vio en la necesidad de silenciar la vida pública del fundador de los Legionarios, obligándole a llevar una vida privada alejada de la Liturgia y de la comunidad cristiana, si bien no se atrevió a suspenderle “a divinis” y derogarle de todas sus prerrogativas, tal y como el Derecho Canónico señala para los que cometen los delitos que el amigo del papa Wojtyla llevó a cabo durante tantos años, entre otros el de “absolutionis complicis”.
El propio Benedicto XVI encargó hace menos de un año a 5 obispos de los países donde Maciel cometió sus delitos (entre ellos España) una investigación “a fondo” sobre la pervivencia de los mismos (tal y como se sospecha) entre los sucesores del fundador, y sobre algunas otras importantes facetas de la vida en esta Congregación que no pocos consideran corrupta en sus orígenes, corrupta en su desarrollo y corrupta incluso en sus estatutos.
Las víctimas de Marcial Maciel y otros, a las que ninguno de los seis Papas que han permitido la pervivencia de esta Congregación se dignó acercarse, aún no han recibido ni la más mínima petición de perdón por el daño inflingido, ni por parte de los Pontífices ni por parte de los superiores de la orden. Si Benedicto XVI es coherente, tendrá que tomar, antes de un mes, medidas que lleven a la desaparición de esta turbulenta Congregación, o a su total refundación, previo reconocimiento de su complicidad en un silencio que ha aumentado hasta límites increíbles el dolor y el sufrimiento de aquellos niños, hoy torturados adultos. Complicidad compartida, por cierto, con su antecesor, ¡al que el papa alemán ahora quiere también canonizar! A ver a quién pone el papa Ratzinger la piedra al cuello, y a quiénes arrojará al mar, tal y como ha dicho en alto ante los sin duda avergonzados obispos irlandeses