En la ceñidísima votación del “tijeretazo” de
Zapatero lo peor no fueron las posiciones contradictorias de populares y socialistas. Porque, aún predominando escandalosamente el partidismo de corto plazo sobre el interés nacional, existen justificaciones relativas por ambas partes. Los socialistas no quieren acortar su mandato y defienden como gato panza arriba sus escaños y sus posiciones de gobierno. Los populares quieren seguir mejorando y consolidando sus buenos pronósticos electorales y no podrían asumir en ningún caso la traición al Pacto de Toledo en lo referente a las pensiones. Lo peor han sido las abstenciones de los tres grupos de dimensión regional –CiU, UPN y CC– que ayudaron a prorrogar la vida del muerto-vivo Zapatero, como diría
D. José Blanco que, como buen gallego, sabe apreciar el paso de las almas en pena.

Si el PP hubiese optado por la abstención –hipótesis aparentemente más templada– las abstenciones de aquellos tres grupos se sumarían al efecto de distanciamiento y soledad de mal calculado recorte gubernamental, aunque el gobierno se saliese con la suya ante un bloque mayoritario ausente. Hubiese sido un aviso muy serio y una base de coincidencia mayoritaria que hubiese hecho imaginable una próxima moción de censura de la que le seria difícil desentenderse tras la primera coincidencia. Pero, habiendo voto negativo del PP, esas aparentes abstenciones se convirtieron en un voto de apoyo a Zapatero por mucho que trataran de disfrazarlo “de boquilla” los discursos críticos pero inoperantes de los portavoces que no actuaron como tales abstencionistas sino como salvavidas del desafortunado presidente.
Los tres partidos regionales no defendían ninguna afinidad ideológica ni ningún plan de solidaridad nacional. Partidos más cercanos en ideas al PSOE le dieron la espalda. Los falsos abstencionistas solo jugaron a la compra-venta de favores y, en el fondo, a regodearse en el resentimiento provinciano de elegir lo peor para España a cambio de mejorar sus mediocres objetivos de “cabezas de ratón”. Sin su oportuno salvavidas no hubiese pasado nada grave ni en España ni en Europa. Simplemente, el presidente Zapatero hubiese visto más clara la conveniencia de adelantar elecciones o de suscitar una moción de confianza en vez de empecinarse en la prórroga estéril de un equipo fracasado. Con estos salvadores venales y la reactivación de algunos sectarismos históricos habría que decir ¡cuidado! a algunos entusiastas de los adelantos electorales. Caben todo tipo de confabulaciones de los peores socialistas con los peores ventajistas y disgregadores. No han salvado una mala coyuntura económica. Solo han prolongado los pasos de ultratumba del muerto Zapatero y de su “santa compaña”.