La Argentina exporta, fundamentalmente, commodities y bienes agrícolas e importa, principalmente, insumos industriales y productos de consumo que completan líneas de producción locales.
Cuando la economía crece, las importaciones crecen fuerte también. Por lo tanto, los límites al crecimiento se encuentran en la oferta de dólares, para financiar esas importaciones. Durante mucho tiempo, con exportaciones más o menos fijas, ese financiamiento dependió del ingreso de capitales originado en la inversión extranjera directa y en el endeudamiento externo, o en flujos de “shocks de confianza” de los propios argentinos.
Cuando el endeudamiento llegaba a un tope, o se terminaba la confianza, por diversas razones, el flujo de dólares se cortaba y se frenaba el crecimiento por insuficiencia de fondos para impulsar las importaciones necesarias para producir.
Al frenarse el crecimiento, dejaban de aumentar los ingresos tributarios y con gastos expandidos en el ciclo de crecimiento, se agravaba la situación fiscal obligando a endeudarse más, El “ajuste” era devaluatorio, para disminuir el poder de compra en moneda extranjera, y así reducir las importaciones e inflacionario, para bajar el gasto público en términos reales, minimizando el conflicto político.
En ese contexto, tan dependiente del endeudamiento y la inversión extranjera, la “solución” conceptual consistió en tratar de bajar el “riesgo país”, de manera de sostener el flujo favorable de capitales.
Es decir, tratar de generar un clima que mantuviera el ingreso de divisas financieras para fondear las importaciones y el crecimiento.
Pero la política fiscal expansiva de la primera parte de los noventa, obligaba a flujos de fondos del exterior crecientes, que las sucesivas crisis de Asia, de Rusia, etc. interrumpieron. Los precios de los commodities se desplomaron, incrementando, aún más. la necesidad de divisas financieras, cuyo ingreso se había frenado por lo ya comentado.
La devaluación brasileña y la suba de la tasa de interés internacional actuaron como frutilla del postre. Ni dólares comerciales, ni dólares financieros, endeudamiento creciente “semivoluntario” con los organismos internacionales y el sistema financiero local, hasta que todo el esquema se tornó insostenible.
El default del 2001 primero, y las manipulaciones al CER que ajusta la nueva deuda, después, alejaron la posibilidad de retomar en cantidades y precio, el endeudamiento voluntario.
Las absurdas y cambiantes reglas de juego en torno al funcionamiento del mercado de bienes y servicios, la falta de definiciones en materia de renegociación de contratos en la provisión de servicios públicos y la intervención directa en sectores clave, limitaron, drásticamente, el monto de la inversión extranjera.
La Argentina renunciaba, explícitamente, a atraer capitales externos y a la posibilidad de repatriar los propios.
En ese contexto, la oferta de dólares pasó, entonces, a depender, casi exclusivamente, del valor de las exportaciones, y de que el producido de las mismas no se fugara.
En otras palabras, los dólares financieros eran reemplazados por dólares comerciales y financieros sólo en el nuevo flujo. Los “stocks” de ahorro acumulados permanecerían afuera “a buen resguardo”.
Se pasó, por lo tanto, del modelo “riesgo país”, al modelo “productivo”. De los dólares financieros “puros”, a una combinación de dólares comerciales producidos por el saldo de las exportaciones sobre las importaciones, que debían permanecer en el país, transformados en “pesos financieros”.
Pero así como el modelo riesgo país, dependía del clima financiero internacional y de una política local que creara confianza en la capacidad de repago del endeudamiento y de la rentabilidad para la inversión extranjera directa, el modelo productivo requiere de un buen clima internacional en materia de precios de los commodities y demanda global, pero también de una política local que favorezca el aumento de la inversión destinada a sostener un crecimiento “hacia fuera” generador de dólares provenientes de la exportación, en cantidades sustentables para financiar el crecimiento, en la medida que permanezcan “financieramente” en el país.
Pero, otra vez, una política de gasto público insostenible, más los mencionados desatinos intervencionistas, que restringieron las exportaciones en varios sectores y desalentaron la inversión, conspiraron contra la expansión fuerte de las ventas externas, más allá de la mejora de los precios de los commodities y la coyuntura brasileña.
La participación argentina en el comercio internacional no sólo es muy baja, sino que, además, está estancada.
En síntesis, el modelo de “riesgo país” fracasó porque no se hizo lo necesario para sostenerlo en el tiempo y el mundo financiero cambió desfavorablemente hacia finales de los 90.
El modelo “productivo”, por su parte, va en camino de fracaso, porque tampoco se hace, internamente, lo necesario para sostenerlo y porque, parcialmente también, tiene implícito parte del esquema de “riesgo país”, al menos en los nuevos flujos, para que los dólares que ingresan por una ventanilla no se vayan por la otra. Problema que se intenta moderar con restricciones cambiarias y controles más o menos directos a las importaciones.
El fracaso de este esquema se disimula, por el momento, gracias al buen “mundo”, y a un extraordinario Brasil.
Sin embargo, la Argentina de los próximos años necesitará de una combinación inteligente de estas dos alternativas.
Hace falta recuperar un flujo de capitales voluntario hacia el país, para permitir un gradualismo razonable en el rediseño de la política fiscal y financiar la inversión en infraestructura y energía demorada hasta ahora. Será necesario bajar los riesgos implícitos y explícitos de hundir capital en la Argentina.
Y hace falta, asimismo, que esa inversión y esa política fiscal, se pongan al servicio de mejoras de productividad que consoliden un modelo de crecimiento de la producción tanto en el sector agropecuario, como en una industria y en servicios de clase mundial.
Puede ser que el buen mundo y el extraordinario Brasil estén aquí para quedarse, pero con eso no basta.
Si no atraemos nueva inversión en cantidad, y esa mayor demanda mundial no la atendemos con aumentos de oferta, el modelo quedará reducido a la caricatura actual de reactivación inflacionaria, sostenida artificialmente por gasto público sin financiamiento genuino, por consumo acelerado por la huída hacia bienes y por restricciones crecientes a la globalización productiva