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La industria de la imbecilidad

La industria de la imbecilidad

martes 22 de mayo de 2007, 14:31h
Actualizado: 19/09/2007 18:26h

Debemos confesar que nos  formaron bajo una educación bizarra. En los últimos años no hay duda que los gobiernos se encargaron de avances tecnológicos, de guerras, de la opresión que domestica. Trivialidad,  bufonadas de lo cotidiano que petrifican lo sensible. Etiquetas fraudulentas cubrieron el sentido común en todo el planeta y un automatismo robótico generó la fatuidad vaciando todo contenido. Y aquí estamos, querido lector, aquí estamos. En el dogma de la ambición, la urgencia y la infelicidad.

G. C. Lichtenberg – a leerlo, ya – lamentaba que la historia se compusiera únicamente del relato de los hombres despiertos. En 1951, Jean Schuster escribió: “Cuando, una noche, todos los explotados sueñen que es preciso terminar y cómo terminar con el sistema tiránico que los gobierna, entonces, tal vez, la aurora surgirá en todo el mundo, sobre las barricadas”. No deja de ser bello. Utópico y bello. Las familias bien constituidas no pensarán lo mismo ni las escuelas dominicales ni los espectadores que sueñan participar en Gran Hermano o Bailando por un sueño. Así es, todo mezclado, ricos y pobres, todo mezclado. El espíritu es otra cosa. De eso saben los artistas, los amantes y los solitarios. Sutil, el tema, cálida lectora.

¿Cómo hacer? nos preguntamos una y otra vez. La lectura puede ser un camino. Hay otros, sin duda. La lectura debe emocionarnos de lo contrario nos embalsama, nos fosiliza. Alguien dirá que no es una obligación leer. De acuerdo. Alguien dirá que hay gente feliz sin libros y sin ópera y sin pintura. No nos oponemos. Ahora bien, ¿qué gente es? ¿Cuál es la felicidad, el gozo, el placer de sus vidas? ¿Cómo medirlo, cómo sentirlo, cómo saberlo? Bien, sigamos. Uno no dice que nos da felicidad la lectura. También nos aproxima al dolor, a la angustia, a la existencia. A una realidad diferente. Teóricamente nos hace más profundos, más humanos. Por otra parte advertimos que sobrevive la mediocridad y sucumbe la mirada crítica. Se perpetúa la industria de la imbecilidad.

La humillación implantada por los grandes medios de comunicación se convierte en orgullo. Mojamos la medialuna con placer mientras vemos crímenes, violaciones, casas destruidas y pornografía. Hay gente feliz sin libros, qué duda cabe. Está lo formal y lo vulgar, los profesionales que se lavan los dientes con prolijidad, se miran al espejo y sonríen. En el fondo una sociedad que ostenta apatía, movida por fuerzas de una ignorancia supina. La maquinaria está en marcha una vez más. Con nuevas técnicas, con formas disimuladas. Coordina una voluntad envenenada. El resentimiento, el sentido de inferioridad. Mientras tanto lo pasamos lo mejor posible. Cerramos los ojos, la culpa está en otra parte, la responsabilidad también. ¿Somos infieles? ¿A qué somos infieles? Y eso de la fidelidad ¿cómo se construye? Y la felicidad, ¿qué es la felicidad? Esta sociedad -tal vez no quiera verlo, tal vez le moleste lo que hoy escribo, tal vez me odie sin conocerme- esteriliza hasta el vacío absoluto. Después vienen los delirios colectivos, la señal de los tiempos, las fachadas monótonas, los almuerzos familiares, los cumpleaños de quince. La broma deja de ser graciosa, la adulación se convierte en hábito, la fatuidad un latido de nuestro corazón. Pero en el fondo -usted sabe tan bien como yo- la verdad está en el amado y en la amada, en el instante en que sus miradas se aíslan de la Tierra , en el momento que sus cuerpos flotan. Y son primitivos, lúcidos, rebeldes.

Nuestro querido John Berger lo explica mejor: “El perfume me devuelve a mi primera infancia, al primer jardín que conocí, y de pronto, desde aquel tiempo tan lejano, vuelven ambos olores, desde mucho antes que el lilo o la mierda tuvieran nombre para mí”.

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