Emotivo homenaje a Nicolás Redondo organizado por UGT con motivo del 80 aniversario del histórico líder sindicalista. Emotivo fue, es cierto, pero con las glorias pasadas que hicieron posible la transición en España. Más allá de las ausencias, en la sede confederal de UGT estaban presentes los que fueron ‘fuerzas vivas’ y esforzados compañeros de aventuras políticas.
Allí estaba la Izquierda Socialista (IS, la corriente interna del PSOE) de ayer, de hoy y de siempre: Pablo Castellano –que parece haber hecho un pacto con no sabe quién para mantenerse en perfecta forma física y psíquica-; Alonso Puerta, dedicado ahora a la vida contemplativa tras su salida del Europarlamento en las últimas elecciones; el profesor Luis Gómez Llorente, ese socialista de pro que se enfrentó a la ‘vieja guardia’ del exilio en el Congreso de Pitaux -especialmente a Indalecio Prieto- y que, retirado del mundanal ruido desde 1982, abandona su cubil ‘catedralicio’ y baja de su pedestal de protomártir en rarísimas ocasiones; Antonio García Santesmases –organizador de las jornadas de homenaje a Nicolás Redondo y autor del libro “Historia, memoria y futuro. Nicolás Redondo (1927-2007)”-, y, cómo no, la representación vigente, actual de IS en la vida política intrapartidaria, Juan Antonio Barrio de Penagos, que ahora tiene que lidiar con la crisis que la derrota del 11-M ha abierto en el Partido Socialista de Madrid (PSM), antigua Federación Socialista Madrileña (FSM).
Pero hubo más y destacadísimas presencias: los sindicatos –José María Fidalgo, de CC.OO., además, claro, del ugetista Cándido Méndez- sentados codo a codo con la patronal pretérita –José María Cuevas, ex presidente de la CEOE-, y ambos codo a codo con la presidenta del Tribunal Constitucional, la siempre dispuesta y encantadora María Emilia Casas, antaño colaboradora de UGT. Y otras figuras del comunismo y del socialismo presente, pasado y ¿acaso futuro?: Paca Sauquillo, siempre muy activa en la defensa de la paz y de los derechos humanos y heredera de la ‘comuna’ del padre José María Llanos en el Pozo del Tío Raimundo, y Paco Frutos, secretario general de este PCE bicabezón –es decir, bicéfalo, o comandado al alimón por Frutos y Felipe Alcaraz- que está poniendo difícil la continuidad de Gaspar Llamazares al frente de Izquierda Unida.
Y allí estaban también el ex líder comunista Santiago Carrillo, de tan dilatada vida y experiencias, como el propio Redondo; Josep Borrell y su compañera sentimental, la ministra de Medio Ambiente, Cristina Carbona; el secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda –inevitable, claro, al ser interviniente el presidente Rodríguez Zapatero-; el ‘viejo compañero’ Agustín Ibarrola, con el que llegó a coincidir Redondo en la cárcel, o el defensor del Pueblo, Enrique Múgica.
Otros estuvieron ‘en carta’ o ‘en telegrama’, como el presidente de Asturias, Vicente Álvarez Areces; el general Sabino Fernández Campos; el socialista vasco José María Txiqui Benegas, o el presidente de Andalucía y del PSOE, Manuel Chaves, en cuya misiva, leída por el secretario general de UGT Madrid, José Ricardo Martínez, conductor del acto, decía sumarse al homenaje “con emoción y afecto”.
Una crónica periodística debería empezar por las ausencias, especialmente si son tan significativas como las que brillaron este sábado en Madrid. Pero el homenaje a Nicolás Redondo se merece acaso una inversión de los términos. Porque, efectivamente, al acto no han asistido –parece que ni siquiera estaban invitados por la organización, controlada por Antón Saracíbar- ni Felipe González ni Alfonso Guerra. Ni muchos otros, pero los dos citados fueron imprescindibles en la historia contemporánea de España, en la del socialismo y del ugetismo español y, sin duda, en la propia vida de Nicolás Redondo, y viceversa.
Fue Redondo el hombre que convirtió a ‘Isidoro’ en Felipe González –FG, en abreviatura-, quien hizo posible que aquel sevillano, auspiciado por los manejos de otro sevillano, Alfonso Guerra –a quien, por cierto, Alonso Puerta le cambia el apellido y le llama ‘Alfonso Beria’, él sabrá por qué-, fuera nombrado secretario general del PSOE en el XIII Congreso socialista en el exilio. Nadie duda a estas alturas de que el ‘Pacto del Betis’ -del que no se cansa de hablar Pablo Castellano- existió, y que, causalmente, Redondo tuvo una máxima responsabilidad en todo lo que ocurrió posteriormente en España con FG pilotando el cambio en el Partido Socialista –abandono del marxismo, en 1979- y luego al frente del Gobierno español –permanencia en la OTAN, y entrada en la CE, y durísima reconversión industrial, y… ruptura de la hermandad con UGT-.
Pero no, ni Guerra ni González estuvieron en este sencillo –y sentido- homenaje al hombresindicalista. Sin embargo, en el aire del salón de actos de la sede confederal de UGT en Madrid ha quedado aquella epístola que Redondo le remitió a Moncloa al ‘compañero presidente González’ en la que le devolvía los escaños ugetistas en el Congreso y se despedía con su más sentida frase, la que más duele, la que más lacera al ‘socialismo reconvertido’ de González y los suyos: “Tuyo y de la causa obrera”.
El acto se inició con un largo vídeo –más de 23 minutos- de recorrido por la vida de Redondo en la dura España del siglo XX: desde su nacimiento, en 1927, al paso de la guerra civil y la durísima represión franquista; los congresos del PSOE y de UGT en el exilio –el vídeo abordó de pasada el fundamental Congreso de Suresnes, en 1974; fundamental por lo que supuso de ruptura con más de la mitad del exilio (Llopis, Pasqual, Julio Rodríguez, Julián Lara...) y por lo que supondría luego para la España democrática-, el inicio de la transición y los debates constitucionales y la inevitable ruptura entre sindicato y partido ante un Gobierno socialista que, según la UGT, ponía escaso énfasis en el obrerismo en un momento de problemas económicos y de dura reconversión industrial. Y ahí se abordó cómo Redondo empezó entonces a reinventar y reivindicar el prietismo y el largocaballerismo que tan poca gracia hacían al tandem González-Guerra.
A lo largo de ese vídeo, el propio Redondo iba desgranando su pensamiento en cada momento histórico: la pérdida del sentimiento internacionalista en el PSOE de FG; la dicotomía “solidaridad o igualdad”, donde Redondo rechaza esa solidaridad entendida casi como beneficencia y apuesta por la igualdad, por la constitución de un Estado intervencionista que ponga las bases de un reparto equitativo de la riqueza, de los medios de producción. Eso es, para Redondo, hacer sindicalismo, y hacer sindicalismo es hacer clase obrera. Ése es, en el fondo, el sentido de ese “Tuyo y de la causa obrera” que tanto daño le hizo a Felipe González, el ausente, a finales de los ochenta.